'Jane por Charlotte': mujeres en serio, no en serie

El magnífico homenaje que Gainsbourg ha dedicado a su madre, Jane Birkin.
Charlotte Gainsbourg y Jane Birkin (2021).
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Charlotte Gainsbourg y Jane Birkin (2021).

Voy corriendo, como siempre, por las calles de Madrid. Hoy ha granizado, el tráfico es espantoso. Llego a toda prisa a los cines Yelmo Ideal, en pleno centro, con la sensación de no poder cumplir con todo lo que tengo pendiente. Literalmente, es imposible.

Entonces la veo a ella, de pie, a medio metro de mí. Es Charlotte Gainsbourg hablando por teléfono con total despreocupación. Desacelero. En cualquier caso, no es posible que la película empiece sin ella. Va ataviada del modo en que iría cualquier neoyorkina, con vaqueros wide leg, camiseta blanca y cazadora de cuero negra, todo ello de forma extraordinariamente amplia. Me resulta reconfortante, en una etapa en la que las mujeres parecemos exhortadas a una homogeneidad insultantemente tóxica, ver a alguien cuya belleza se escapa de los márgenes del canon. Jane por Charlotte es igual que ella: un canto a las mujeres en serio, no en serie.

Me siento con premura. Observo la sala repleta, no podría sumarse un alma. Entra Gainsbourg con caminar tímido, mirando al suelo mientras sus deportivas blancas marcan un paso pudoroso y raudo. Se aposta bajo la pantalla y habla de su documental, el magnífico homenaje que Gainsbourg ha dedicado a su madre, Jane Birkin.

“Es una película que empecé por egoísmo, pero que me ha revelado quién es ella y quién soy yo”, señala, mientras parece que su reserva invade todo su rostro. “Mi madre no quería participar en ella; tras rodar las primeras escenas en Tokio, no pude proseguir con el proyecto. Tiempo después, cuando revisó el material, no comprendió por qué había rechazado hacer la película. Así que lo retomamos dos años después”. De pronto, hace una pausa: “Pero no hablemos más de él”, apostilla mientras nos mira de soslayo: “Ved el documental, no quiero seguir hablando y que luego os decepcione o no sea lo que esperáis”.

Me extraña su vacilación, esa repentina inseguridad, teniendo en cuenta que la película viene avalada por su excelente acogida en Cannes y en San Sebastián.

Las luces se extinguen mientras Gainsbourg sale huidiza de la sala. Solo son visibles sus deportivas blancas, casi reflectantes. Enseguida entiendo por qué la directora (y también cantante y actriz) no quiere seguir adelante con las explicaciones. Sin duda, ya lo ha dicho todo en este particular testamento vital titulado Jane por Charlotte.

Es una cinta de revelación sutil, casi transversal. Se aproxima de puntillas a la imagen que socialmente se tiene asociada a Jane Birkin, la de una mujer exitosa, de voz inclasificable y bella, quien fue icono de moda imponiendo, precisamente, ese estilo desenfadado y oversize que ahora luce su hija.

No obstante, de inmediato se descubre que Jane por Charlotte es un documental distinto, que no pretende rendir tributo a esa Birkin, sino a la que nadie conoce, a la madre, a la amiga; a una persona que flaquea, que tiene insomnio, a la que le da pánico salir a escena o cantar sin teleprompter. Es una Birkin humana, optimista, enferma; una madre infantil, como se autodefine, una joven de 16 encerrada en un cuerpo de 75; una mujer que tuvo varios hijos y parejas y desgracias.

“Una persona que flaquea, que tiene insomnio, a la que le da pánico salir a escena o cantar sin teleprompter. Es una Birkin humana, optimista, enferma”

Esto no solo me hace pensar en Birkin, sino también, o quizá sobre todo, en Agnès Varda, de la que Birkin fue protagonista, amiga y musa. Fue Varda quien filmó Jane B. par Agnès V. (1987), el título que inspiró el que ahora nos une, Jane por Charlotte.

A pesar de su temática, con esa estructura impresionista y ese aire experimental, a medio camino entre lo retro, lo psicoanalítico y lo lisérgico, hay un aspecto que es, quizá, el más interesante en todo este diario filmado. Algo inadvertido, pero que supone una actitud de resistencia.

En una sociedad de superhéroes y películas teen, en la que la imagen se sitúa por encima del contenido y en la que existe una brutalidad sin cortapisas, que dos mujeres se sitúen frente a una cámara reflexionando sobre la esfera privada, la maternidad o la vejez resulta un absoluto acto revolucionario. Temas como el cáncer se fusionan con la fama, el insomnio, las drogas, la muerte y los espectros del pasado. Y lo hacen sin pretensiones ni formalismos, sino como puro devenir conversacional.

Observar una sala de aplastante mayoría masculina conmovida por los sucesos de dos mujeres adultas se me antoja de una madurez exquisita, señal de que la delicadeza puede ganar terreno a la frivolidad en un mundo adicto a lo contingente.

La cinta se despide dejando en el público la sensación de haber sondeado las entrañas de una familia desconcertada, dolorida, enamorada y extraordinaria, de la que hemos aprendido qué es la vida: aquella experiencia trascendente en la que se nos acompaña, pero para la que nadie nos enseña a vivir.

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