La vida como un guion de Asghar Farhadi (o eso creía)

La vida como un guion de Asghar Farhadi (o eso creía)

Lástima que, a veces, los caminos se crucen y acaben en una cuneta donde casi nadie es ganador.

El cineasta Asghar Farhadi, en Cannes 2022.
El cineasta Asghar Farhadi, en Cannes 2022.Joe Maher via Getty Images

Qué enemistad tan absurda la de Bette Davis y Joan Crawford. En eso pienso mientras el atasco, ya kilométrico, llega más allá de lo que mi visión alcanza. Acabo de participar en una pieza para Televisión Española sobre estas dos divas y en ello me recreo. Ha salido bien. Adelanto unos metros, pero pronto aminoro. Sigo haciéndolo hasta que freno, la carretera está imposible.

De repente, todo va hacia delante, no sé por qué. Pienso que mi coche, ‘inteligente’ y acostumbrado a tomar sus propias decisiones, me ha desplazado. No me doy cuenta de que me han dado un golpe hasta que los vehículos circundantes comienzan a preguntarme si estoy bien. Atravieso los carriles mareada y aparco en el arcén contrario, donde ahora está quien me ha golpeado. Bajo con mi chaleco reflectante muy aturdida. El otro conductor se aproxima a mí, se disculpa, me pide perdón en repetidas ocasiones. Dice que no me ha visto. Mis manos tiemblan y los brazos me pesan, no puedo escribir. Su copiloto, una adolescente malhumorada, hace que su móvil bulla. No me mira, pero reprende a su padre cada vez que se le acerca.

La sensación de irrealidad me invade. Miro al arcén, hay una medalla rota de plástico, de piñata, cuyo texto rezaría, de estar completo, Winner. Pero no hay ningún ganador en una cuneta, pienso al mirarla. Me pregunto quién sería su propietario y por qué estaría allí. Puede que algún niño. Espero que no.

Completamos el parte y sigo mi camino. Salvo el aturdimiento, el temblor y el mareo, me siento bien. Necesito estar bien. Lamento que ese coche me haya golpeado, que él y yo nos hayamos encontrado en esas circunstancias. Se me hace imposible no pensar en Asghar Farhadi, en esos guiones suyos intrincados y moralmente ambiguos que tanto admiro. Pero ese tipo de historias, pienso, son complejas de vivir. Yo acabo de vivirlo.

El embotamiento se convierte en dolor al cabo de dos horas. Las cervicales, los brazos, las lumbares, toda yo. Maldigo mi suerte, el puente y sus atascos. En la sala de espera, dos jóvenes norteamericanas no se entienden con el enfermero. Me agobia escuchar su conversación infructuosa y llena de circunloquios; desde mi asiento ejerzo de traductora. A mi lado, una mujer se retuerce de picor por una vacuna.

Analgésicos, antiinflamatorios, varias radiografías y conversaciones eternas con seguros. Yo, que hace tres horas estaba pensando en Bette Davis y en Joan Crawford, tengo que verme ahora así. Pequeñas decisiones que desembocan en drama, pienso, mientras invoco de nuevo a Asghar Farhadi.

Sus giros argumentales, su dolor polifónico, la difícil solución ética de sus planteamientos. Para mí Farhadi es un mito.

Admiro mucho a Farhadi. Hace años, cuando rodaba Endless Cinema, el director aceptó a participar en mi documental. Tres veces lo intentamos, pero por distintos motivos, el mismo día se suspendía la cita. Aun así, lo menciono en el metraje, es uno de mis directores fetiche. Sus giros argumentales, su dolor polifónico, la difícil solución ética de sus planteamientos. Para mí Farhadi es un mito.

Por ello me sobrecoge, tres días después del golpe, leer un reportaje sobre él en The New Yorker. El texto de Rachel Aviv me conmociona, Farhadi habría robado (supuestamente) la idea de su última película, Un héroe (2021), a una alumna suya llamada Azadeh Masihzadeh.

Según el reportaje, Masihzadeh habría acudido a uno de sus talleres en el Instituto Karnameh de Artes y Cultura de Teherán, donde el director ofreció un curso de cine documental. Fue entonces cuando Masihzadeh le habló de Shiraz, localidad de donde ella provenía. Allí encontró una historia fascinante: el caso de Mohammadreza Shokri, un preso que, durante un permiso penitenciario, encontró un bolso con dinero, el cual devolvió. A Farhadi la historia le pareció interesante, así que animó a Masihzadeh a proseguir por su cuenta. Su escaleta derivó en el documental All Winners, All Losers (2018) que fue presentado en varios festivales.

En 2019, Farhadi desarrolló otro curso al que Masihzadeh se presentó, pero, al verla, el director se quedó sorprendido. Le pidió que se vieran otro día en una oficina, donde le hizo firmar un documento legal en el que aseguraba que su película All Winners, All Losers estaba basado en la idea que Asghar Farhadi había propuesto en el taller que impartió en 2013. Es decir, lo contrario de lo sucedido. Ella le preguntó si iba a dirigir una película relacionada con su documental, pero él lo negó, aduciendo que había escrito su historia antes de que su pupila rodase su cinta. Masihzadeh acabó firmando, por supuesto, pero sintió que había vendido su alma.

Eso ha desencadenado innumerables y penosos procesos para demostrar su autoría, pero la fama de él, las circunstancias del derecho respecto a la propiedad intelectual en el país y otros muchos factores han complicado el camino de la directora.

Pese a ello, Masihzadeh demuestra una inagotable conmiseración hacia el cineasta, señalando que no quisiera que Farhadi jamás dejara de dirigir. Ante todo, es un director admirable, ganador de dos premios Oscar para su nación por Nader y Simín. Una separación (2011) y El viajante (2017). Ella quiere tener su camino y que él tenga el suyo. Lástima que, a veces, los caminos se crucen y acaben en una cuneta donde casi nadie es ganador.