Natación identitaria

Lia Thomas, que ostentaba el puesto 462 en el ranking de natación masculina, ganó la liga universitaria femenina de EEUU.
Lia Thomas.
Lia Thomas.
Icon Sportswire via Getty Images

Lia Thomas, deportista que el año pasado ostentaba el puesto 462 en el ranking mundial de natación masculina, ganó el pasado jueves la final de la liga universitaria estadounidense femenina, colocándose en el primer puesto del ranking mundial de natación femenina. Su cambio de identidad de género, digo, de sexo, digo, de género… le ha hecho ascender de golpe 461 puestos. Los deportistas pasan estrictos controles de dopaje que garanticen que no están cometiendo ninguna trampa en la competición. No existen controles de dopaje del género. Aquéllos que hayan seguido la carrera de Lia en una y otra temporada no habrán notado ningún cambio, salvo el de su bañador. Pero eso es porque, como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos.

“Su cambio de identidad de género, digo, de sexo, digo, de género… le ha hecho ascender de golpe 461 puestos”

Confieso que nunca entendí bien esa frase de Saint-Exupéry. ¿Quiere decir que lo esencial es invisible, así, a secas? ¿Para qué añadir entonces “a los ojos”? ¿Quiere decir que lo esencial es invisible a los ojos, pero visible, pongamos, a las orejas? Efectivamente, en la transmigración del alma de Thomas hay muchas cosas invisibles más allá de su identidad, quizá porque no se ven o quizá porque simplemente no están: la justicia, la racionalidad, el juego limpio… Puestos a seguir tirando del hilo de la cita de El Principito, ¿saben qué es lo más esencial que es invisible en esta historia? La nadadora del final de la fila, la que debería haber subido al podio y no lo ha hecho, la que con seguridad llevaba años entrenándose y ha visto cómo sus esfuerzos se volvían inútiles por absurdos surrealistas.

En las redes se suele llamar “peaktrans” al momento en el que una persona bien intencionada, que en principio se sentía proclive a apoyar la visión queer de los problemas de la transexualidad y el transgenerismo, descubre de pronto que no hay buenas intenciones que justifiquen un discurso tan delirante. Y tan dañino. Lo que está en discusión no es si Lia Thomas es una mujer o un varón, sino si vivimos en una sociedad en donde la subjetividad se impone a los demás por encima de la verdad más elemental, o si podemos llegar a un acuerdo acerca de la realidad al que todos nos sometamos, para no vivir en un manicomio narcisista, por ejemplo, el vestuario por el que se pasea desnudo Thomas entre las nadadoras mostrando sus genitales y sus gigantescas espaldas, según han contado las propias interesadas.

“Lo que está en discusión no es si Lia Thomas es una mujer o un varón, sino si vivimos en una sociedad en donde la subjetividad se impone a los demás por encima de la verdad más elemental”

La posmodernidad nos ha intentado convencer de que la objetividad no existe, y que todo —la ciencia, la política, la moral— son discursos que no trascienden sus propias palabras, significantes apoyados en otros significantes, todos iguales en su valor de verdad. Imagínense la música celestial que esta ideología reaccionaria supone para los que quieren imponer sus privilegios, sus delirios, la perpetuación de las relaciones de poder. Pero la realidad es tozuda. La grotesca injusticia que ha tenido lugar esta semana puede haber tenido un lado positivo, al provocar un peaktrans planetario, cuya indignación e incredulidad se ha podido palpar en las redes sociales en directo. #SaveWomenSports. Sí, por favor, salvemos el deporte femenino, y, con él, la racionalidad.