Ketty, de trabajar 12 horas al día por 900 euros a gestionar 15 cocinas en Alemania: "Solo una persona ha sido horrible conmigo"
“Me imaginaba que los alemanes serían fríos y severos”, asegura.

Cada año, miles de personas deciden dejar atrás su país de origen para buscar en el extranjero algo que sienten que no encuentran en casa: oportunidades laborales reales, estabilidad y una forma de vida con más calidad. No siempre es una decisión fácil, ya que implica distancia, adaptación y empezar casi desde cero, pero para muchos se convierte en la única forma de construir un futuro mejor.
La historia de Concettina Sbaudo, conocida como Ketty, es uno de esos ejemplos, quien dejó Sicilia hace nueve años y, desde entonces, ha rehecho su vida y su carrera en Europa. Tras años de empleos precarios en su provincia natal, donde llegó a trabajar jornadas de 12 horas por apenas 900 euros mensuales, tomó la decisión de partir y buscar mejores oportunidades en el extranjero, concretamente en Alemania.
Ketty se instaló en una pequeña localidad cercana a Düsseldorf, donde empezó en trabajos modestos como repartos, comedores y lavaplatos. Con el tiempo fue ascendiendo hasta convertirse en la responsable que hoy coordina las cocinas de quince guarderías en las regiones del Ruhr y de Düsseldorf. Ella misma señala en declaraciones recogidas por Il Fatto Quotidiano que en Alemania tuvo “la posibilidad de una carrera” que en su opinión habría sido impensable en Italia.
Mucho más que un mejor salario
El contraste entre su vida laboral en la isla y la experiencia en el extranjero es uno de los aspectos que más remarca Ketty cuando habla de su nueva vida. Nacida en Siracusa y criada en Sicilia, recuerda cómo las redes y los contactos personales marcaban el acceso al empleo; mientras que en Alemania se valora la meritocracia, la estabilidad contractual y el reconocimiento profesional, algo que le ha permitido desarrollar una carrera y sentirse valorada.
También admite que aprender alemán le costó tiempo, pero que la integración social fue más amable de lo que esperaba. “Me imaginaba que los alemanes serían fríos y severos. En cambio, la mayoría de las veces, todos son amables y comprensivos. En nueve años, solo una persona ha sido horrible conmigo”, asegura la mujer, que reconoce que esa experiencia le ayudó a derribar muchos de los prejuicios que tenía antes de mudarse al país.
Más allá del trabajo, Ketty destaca diferencias culturales que han marcado su día a día: la organización del tiempo libre, la autonomía que se concede a los menores, quienes viajan solos en tren desde edades tempranas; y una vida urbana en la que la gente respeta la privacidad ajena. “Todo aquí es hiperburocrático, ese aspecto es el más estresante”, cuenta, y añade que la vida social tiende a ser formal y menos íntima que en Italia.
Hoy Ketty subraya que lo que más valora no es solo el aumento salarial, sino sentirse respaldada por sus superiores y animada a seguir creciendo profesionalmente. Su historia refleja una realidad cada vez más común: la de muchos trabajadores del sur de Europa que, ante la precariedad y la falta de oportunidades, deciden marcharse al extranjero en busca no solo de un mejor sueldo, sino de un mejor entorno laboral.
