No, no puedes fiarte de Nutriscore

El semáforo nutricional presenta fallos a la hora de detectar alimentos poco saludables.
Ejemplo de etiquetado Nutriscore.
Ejemplo de etiquetado Nutriscore.

Nutriscore saltó a la palestra cuando el Ministerio de Consumo decidió eliminar el aceite de oliva del sistema de etiquetado de alimentos. La razón para excluir este producto del semáforo nutricional que pretende implementar el Gobierno es que no recoge los beneficios del aceite de oliva, al que otorga una C, un aprobado raspado.

La noticia abrió la caja de Pandora y muchos nutricionistas han cargado duramente contra este modelo, señalando sus errores y denunciando que es incapaz de detectar alimentos poco saludables.

Qué es Nutriscore

Nutriscore es un semáforo nutricional que puntúa los diferentes compuestos e ingredientes de un alimento y le asigna una letra y un color en función de lo recomendable que sea su consumo. La A es un sobresaliente y la E es un suspenso en toda regla. Nació con la intención de facilitar la vida al consumidor, para que pudiera comprobar de un vistazo en el etiquetado del producto si era o no saludable.

“Parece una buena idea, pero no lo es porque no es capaz de detectar la calidad del alimento ni el origen, por ejemplo, de la grasa. Por eso el aceite de oliva tiene mala puntuación, porque es un alimento muy energético, pero la grasa es saludable”, cuenta la nutricionista y tecnóloga de alimentos Beatriz Robles.

Tal y como explicó Alberto Garzón en un hilo de Twitter en defensa del semáforo, Nutriscore nació en Reino Unido y su implantación es opcional. Francia lo aprobó en 2017, pero no sin problemas. En España, se anunció que se implantaría en 2018, con María Luisa Carcedo al frente de Sanidad.

El algoritmo de Nutriscore es público y cualquier ciudadano puede comprobar qué parámetros tiene en cuenta. Robles explica que el sistema puntúa de manera positiva la presencia de frutas, verduras, frutos secos, flora o proteína. Al contrario, restan puntos la grasa, el azúcar, la sal o el alto valor energético de un alimento. “Sin identificar si, por ejemplo, esas grasas son saludables o no”, sentencia la nutricionista.

Los fallos del semáforo

Que los parámetros de Nutriscore sean públicos hace que se pueda “jugar con las recetas”, algo que Robles confirma que ya está sucediendo. “Puedes subir un poco la fibra y bajar el azúcar y con eso ya pasas de una D a una B. El juego de porcentajes es una realidad”, declara la experta, que recuerda que hay que tener en cuenta que esto solo puede hacerse con alimentos procesados. “La receta del aceite no tiene más, pero la de unas galletas se puede modificar fácilmente”, cuenta la tecnóloga. Además, aclara que las recetas pueden cambiarse manteniendo el sabor y un ejemplo son los productos light.

Conseguir una buena puntuación en Nutriscore también es una baza para que una empresa pueda publicitar sus productos como saludables con el aval del semáforo nutricional. Es el caso de este anuncio de los cereales Chocapic Bio.

Ante las deficiencias del algoritmo, ¿es mejor nada que Nutriscore? “Antes pensaba que no, pero para tener esto, mejor nada. Nutriscore no es capaz de detectar la calidad nutricional de un alimento y solo añade más ruido”, sentencia Robles.

Con este sistema, es el consumidor quien sale perdiendo. “No puede ser una herramienta universal porque no es capaz de identificar los alimentos insanos, a los que aún encima califica en ocasiones como sanos. Para entenderlo hay que saber cómo funciona la etiqueta y el algoritmo, pero no es intuitivo ni conocido para el consumidor medio. Es un etiquetado que avala alimentos insanos”, explica la nutricionista. Cualquier persona ve una A o un B en un paquete en el supermercado y lo mete directamente en el carrito, sin pararse a pensar cómo se ha llegado a esa puntuación.

Otras opciones de etiquetado

Nutriscore no es el único sistema de etiquetado para orientar al consumidor. De hecho, la OMS recomienda los llamados perfiles nutricionales. Robles explica que este tipo de sistema clasifica, en primer lugar, los alimentos por categorías y si pertenece a una categoría en la que hay un exceso de azúcares, sal o grasas saturadas, tendría una calificación mala de base. Es el caso de, por ejemplo, bollería o postres lácteos. A partir de ahí se otorga una nota más o menos buena, pero la puntuación de partida ya va a ser mala y el consumidor ya sabrá que no es sano.

Otro sistema es el que se conoce popularmente como el de los sellos negros, implementado por países como Chile. Estos sellos se colocan en la parte frontal del producto y alertan del alto contenido en azúcares, en grasas y en calorías del mismo. Además, en los alimentos dedicados potencialmente a niños, como los cereales de desayuno, no está permitido incluir reclamos publicitarios ni colores vivos.

El Ministerio de Salud de Chile ha visto desde la entrada en vigor del sistema cambios en los hábitos de consumo de la población y se ha reducido en un 25% la compra de bebidas azucaradas, en un 17% de postres envasados y en un 14% de cereales.

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