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26/12/2020 13:11 CET | Actualizado 26/12/2020 13:11 CET

Sé abuela, 'my friend'

Una de las tareas más fecundas que se pueden emprender es convertirse en abuela de alguien. Así, como suena.

YakobchukOlena via Getty Images

Las abuelas son el único colectivo que, sin ningún tipo de activismo, ha conseguido una posición de notoriedad e influencia en nuestra sociedad. De puertas para afuera todos somos muy adultos y muy autosuficientes, pero frente a nuestras abuelas nos enterramos en la blandura. Su calculada mezcla de croquetas, aforismos y cuidados nos retornan a ese estado algodonoso de la infancia en el que, gracias a ellas, nos sentíamos los más rápidos, las más listas, los más guapos.

Las abuelas son mujeres fuertes y sabias, y ven mucho más allá de lo que la mayoría de nosotros vemos. Pero sobre todo, las abuelas aman. Incondicionalmente. Es verdad que sus atenciones a veces resultan excesivas, como ese caldo que espera en un termo a quien regresa de una borrachera, ese dinero de contrabando calculadamente introducido en el bolsillo a la vez que el beso, o esa rotundidad con la que afirman que sí, que esos pantalones le hacen un buen culo a la nieta, en contra de la opinión de su madre. Las abuelas comprenden a la perfección aquello que Rita Pierson defendía con vehemencia, y es que todo niño merece tener un campeón a su lado, alguien que nunca deje de creer en él. Alguien que le defienda a capa y espada, que no le falle, que siempre le dedique una sonrisa y que siempre le abrace con pasión. Y eso es una abuela.

La cuestión es que, en estos tiempos tan inestables e inciertos que vivimos, no solo los niños se merecen a ese campeón, sino que todos nosotros también. O quizá no nos lo merecemos, pero lo necesitamos. Alguien que apueste por nosotros incondicionalmente, que no nos busque fallos y sí virtudes y que siempre nos dirija ese tipo de mirada apreciativa que nos hace sentir seguros.

Una de las tareas más fecundas que se pueden emprender es convertirse en abuela de alguien. Así, como suena

Es verdad que esa posición la cubren normalmente las abuelas, pero también lo es que hay mucha gente que, desafortunadamente, ya no la tiene. Y es cierto también que, en ausencia de la titular, esa posición debería ser cubierta por familiares, por amigos y, desde luego, por las parejas. Sin embargo, la experiencia muestra que precisamente esas personas son a veces las más críticas y las más exigentes, vaya usted a saber por qué. Por eso, en más ocasiones de las que sería sensato, mucha gente va tristemente por la vida sin abuela. Y ahí es donde podemos marcar la diferencia y jugar un papel crucial en la vida de nuestros semejantes.

En efecto: en estos tiempos en los que parece que cada uno puede decidir casi todo sobre sí mismo, una de las tareas más fecundas que se pueden emprender es convertirse en abuela de alguien. Así, como suena. Eso sí, tiene que ser una misión secreta, pues si nuestro objetivo conociera nuestros planes el asunto tendría mucha menos gracia.

Convertirse en abuela clandestina de alguien significa estar pendientes de esa persona, reforzar todo lo que hace, sea lo que sea, y recogerla con ternura cuando tropieza y cae. Y, sobre todo, transmitirle la clara e inequívoca sensación de que es amada y de que no está sola. 

Decía RuPaul que su manera de aparecer en escena de una manera gloriosa es comportarse como si estuviera entrando en el salón de su casa, con su madre observándole arrobada. Ahora que las madres están tan ocupadas, e incluso llevan a gala ser malas madres, quizá la figura que mejor encajaría en esta sugerencia es la de la abuela. O, si nos lo proponemos, la de cualquiera de nosotros.