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29/09/2015 06:51 CEST | Actualizado 28/09/2016 11:12 CEST

España entra en tiempo muerto

Decisivas, históricas y trascendentes, pero todo sigue igual. El 28-S salió el sol y no llegó el Apocalipsis. Cataluña sigue fracturada, más si cabe que nunca, pero nadie moverá ficha. Al final, tendrán razón quienes sostenían que las del 27-S eran unas elecciones menos importantes de lo que parecían porque todo dependerá del resultado que en diciembre vuelvan a arrojar las urnas. Y es que no será éste, sino el próximo Gobierno de España quien ponga en marcha el inevitable proceso de cambio.

Decisivas, históricas y trascendentes, pero todo sigue igual. El 28-S salió el sol y no llegó el Apocalipsis. Cataluña sigue fracturada, más si cabe que nunca, pero nadie moverá ficha. Al final, tendrán razón quienes sostenían que las del 27-S eran unas elecciones menos importantes de lo que parecían porque todo dependerá del resultado que en diciembre vuelvan a arrojar las urnas. Y es que no será éste, sino el próximo Gobierno de España quien ponga en marcha el inevitable proceso de cambio. Hasta entonces, todos los partidos tomarán posiciones, pero España entrará en tiempo muerto. Y todo, pese a que Bruselas ha trasladado su preocupación por que la situación política y el bloqueo institucional genere más inestabilidad económica. Agarrénse porque vienen curvas, y bien cerradas.

Ni los independentistas están por la labor de escuchar los avisos de la UE; ni el Gobierno del PP moverá ficha; ni Artur Mas entregará su cabeza ni Mariano Rajoy se sentará a dialogar con los independentistas. Pierdan toda esperanza de aquí a las generales.

En Cataluña, Junts pel Sí tendrá dificultades para formar gobierno, y muchas más para una declaración unilateral de independencia, pero no renunciará con facilidad a su hoja de ruta. Si como algunos creen, la solución pasa por una negociación que en lo emocional reconozca la nación catalana y en lo práctico, un nuevo trato fiscal, eso no llegará ni hoy ni mañana, tardará meses, quizá años, lo necesario para poner en marcha un inevitable proceso de cambio de nuestra arquitectura institucional y política. Y, desde luego, no será Mariano Rajoy la persona que pilote esa transformación que unos llaman segunda transición y otros, nuevo proceso constituyente. Gane o pierda las elecciones, en el PP le dan ya por amortizado. Si gana porque necesitará a Ciudadanos y Albert Rivera podría exigir su salida del tablero. Si pierde, los motivos son obvios. En todo caso, la ofensiva interna contra el actual presidente del Gobierno ha empezado. Aznar ruge y tiemblan los cimientos de la calle Génova. Ayer habló alto y claro: las catalanas han sido el quinto aviso de los electores del PP y no se puede desoír. "Estamos en el peor de los escenarios", dijo.

Los populares sienten que la formación de Albert Rivera se ha convertido en referente nacional indiscutible de un panorama, donde lo nuevo cotiza al alza, y no ocultan la preocupación por el avance imparable de sus siglas. Lo mismo ocurre en las filas del PSOE, después de que el llamado cinturón rojo de Cataluña se tiñera de naranja, salvo en Cornellá, el pasado domingo.

En el PSOE huyen, de momento, de una nueva batalla interna, pero también saben que si Pedro Sánchez no logra la presidencia del Gobierno el próximo diciembre, habrá cisma. Nadie se ha atrevido en público -aunque sí en privado- a atribuir al secretario general el pírrico resultado del PSC, tras perder cuatro escaños respecto a los anteriores comicios. Al fin y al cabo, los socialistas catalanes partían en las primeras encuestas de 8 escaños, la mitad de los que finalmente lograron. Un resultado que en Ferraz atribuyen a una acertada estrategia de campaña de los de Miquel Iceta y a la presencia continua de Pedro Sánchez en aquella Comunidad. Sea como fuera lo cierto es que quienes aguardaban al 27-S para volver a ajustar cuentas con el líder del PSOE han decidido esperar a un diciembre que barruntan negro, especialmente en Cataluña -por la crecida de Cs-, y en Madrid y Valencia, donde Podemos está más fuerte que el PSOE.

Y si el panorama no pinta despejado para el socialismo, para Podemos tampoco. Tras el discreto resultado de las andaluzas, los de Pablo Iglesias vuelven a pinchar en Cataluña. Han pagado el precio de diluirse en una sopa de letras irreconocible, su errónea concepción de la centralidad y la falta de contundencia en el discurso sobre la independencia. Hay quien advierte, desde dentro, que las fuerzas política consolidadas han arrastrado a Podemos a la vieja política en apenas una año de existencia, y que la formación ha pagado en las urnas el coste de no ser él mismo. El pésimo resultado del domingo hará, sin duda, que la formación se replantee la convergencia con IU y las candidaturas de unidad popular, además de los pasos a dar en Cataluña ante los distintos escenarios que se abren para la gobernabilidad. A diferencia de Rajoy y Sánchez, Iglesias no tiene rival interno que le quiera mover la silla.

Pero de este 27-S, sólo Ciudadanos sale reforzado, con una hoja de ruta clara y un líder consolidado. El veredicto de las urnas ha obligado prácticamente a todas las fuerzas políticas a parar su reloj y repensar posiciones antes de diseñar la estrategia de las elecciones generales. Así que lo dicho: hasta diciembre, tiempo muerto

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