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04/07/2013 07:40 CEST | Actualizado 02/09/2013 11:12 CEST

Ante un niño hiperactivo... ¡Muéstrele un gato!

Yo abogo por intervenciones tempranas sin fármacos, si estas intervenciones se instrumentan bajo el estímulo poderoso de la emoción placentera. Tratamientos complementarios llevados de la mano de la seguridad y protección que representa en los niños el cariño de la madre o el padre.

- ¡Oye Pedrito! ¿Tú has visto alguna vez un gato intentando cazar un pájaro?

- ¿Quieres ver cómo lo hace?

- Mira, ven, te lo voy a enseñar en el ordenador

- Creo que te va a gustar, pero tú mismo vas a tener que ayudar al gato pues es un poco tonto y despistado.

Niños con problemas para mantener la atención por lo que se les explica en el colegio y que son además inquietos e hiperactivos son un problema cotidiano para padres y maestros. Y en particular para estos últimos, pues su conducta no solo interfiere con su propio aprendizaje sino que, muchas veces, lo hace además con el normal desarrollo de la clase y el aprendizaje de los demás. Es el síndrome del déficit atencional e hiperactividad (ADHD). Hoy, el aumento del diagnóstico de ADHD en muchos niños comienza a ser un gran problema tanto médico como social.

El síntoma cardinal en estos niños es el cambio rápido y constante de su foco de atención hacia todo lo que le rodea, sean las explicaciones del maestro, el gesto del compañero, el color del lápiz del niño de más allá, lo que dice el otro o los movimientos de una mosca volando. Cambio que se debe, en parte, a su hiperactividad que le empuja. Y es esto lo que les impide seguir las explicaciones de los maestros, pues les incapacita para mantener el foco de su atención tiempo suficiente como para lograr que el sistema neuronal cognitivo trabaje adecuadamente. Los mecanismos neuronales de la atención ejecutiva requieren de un tiempo mínimo (milisegundos en cada secuencia atencional) para poder engarzar los conceptos de una manera coherente. A resultas de ello el niño no aprende bien, no memoriza bien y por tanto sufre retraso con respecto a los otros niños de la clase. El niño no es torpe. Ni tonto. Ni lento. Ni retrasado. La maquinaria cerebral para aprender de ese niño puede ser normal e incluso superior. El problema es que a los circuitos neuronales de su cerebro que aprende no les llega la información con ese tiempo mínimo necesario para su procesamiento.

A estos niños se les puede ayudar a mejorar su situación con fármacos, con anfetaminas y derivados. El problema de estos tratamientos es que no sabemos sus consecuencias a largo plazo sobre el cerebro. Pero también se les puede tratar con intervenciones tempranas sin fármacos. Y estas últimas son entrenamientos a través de los cuales, evocando su emoción, se les haga despertar su curiosidad y con ella aumentar un tiempo más largo su atención y con esta última la puesta en marcha de aprender y memorizar adecuadamente. Y hoy comenzamos a saber que estos tratamientos pueden ayudar mucho si son mantenidos a lo largo del tiempo. Son intervenciones que pueden ser dirigidas por médicos o psicólogos pero también complementadas en casa, si el padre o la madre tienen tiempo y cariño suficiente para hacerlo. En cualquier caso, asumamos que la madre o el padre pueden ayudar directamente y le puedan mostrar al niño el juego del gato y el pájaro que esbocé al principio de este artículo

Llevamos a Pedrito, que tiene 4 años, delante de una pantalla de ordenador y le mostramos el juego diciéndole antes que seguro que él es muy bueno en ayudar al gato a cazar el pajarito. Y comenzamos. En la pantalla aparece un gato y también un pájaro que, sobre el agua, cruza un pequeño lago. También se ven las dos orillas del lago. Una desde la que el pájaro se lanza al agua y la otra, la de la orilla opuesta, a donde supuestamente llegará el pájaro nadando. Al niño se le pide que mueva el gato, usando un joystick, a lo largo de la orilla a la que se supone que llegará el pájaro y en donde, eventualmente, lo cace. (El pájaro nada en línea recta, lo que deja entrever el punto de la orilla aproximado donde va a llegar).

Este juego se puede seguir de otro en el que en la pantalla del ordenador aparecen 5 líneas mostrando en la primera 8 peces, todos mirando en una dirección menos uno, y así en las líneas siguientes en las que aparecen otros animales de configuración más compleja y que requieren más tiempo de atención para captar si se encuentran orientados como todos los demás o no, por ejemplo, un cangrejo con sus apéndices y patas extendidas. En todos ellos el niño tiene que señalar, con su joystick, el animal que mira al contrario. Y finalmente, pasado un cierto tiempo, y si hay progreso en el interés del niño, se le muestran estímulos más abstractos como por ejemplo una pantalla con números cuya representación es de tamaño grande o pequeño. En este último caso se le pide al niño que señale, de la línea de números, el que es más pequeño y más grande en cantidad (1 y 9) siendo la representación del número 1 en tamaño grande y el 9 en tamaño pequeño. Obviamente todo ello, y ante cada acierto del niño, debe seguirse de una cierta recompensa y el aplauso por lo que hace. Como es obvio las recompensas pueden ser expresadas de muchas maneras, comenzando por ejemplo con la sonrisa abierta de la madre, que sin duda, y para la mayoría de los niños, es la recompensa máxima.

Pues bien, estos juegos repetidos varias veces producen una mejora en el tiempo y las capacidades atencionales de los niños con estos déficits Es más, hay un estudio mostrando que solo la aplicación durante 5 días de cuanto acabo de señalar, produce una mejora en la atención ejecutiva de estos niños (atento a lo que una persona les explica, o leer o hacer números) Yo, personalmente, abogo por intervenciones tempranas sin fármacos, si estas intervenciones se instrumentan bajo el estímulo poderoso de la emoción placentera. Quiero decir, tratamientos complementarios a los que pueda llevar un psicólogo o un médico, llevados de la mano de la seguridad y sentimiento de protección que representa en los niños el cariño de la madre o el padre. Valdría la pena que pensáramos sobre ello.