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03/11/2012 10:09 CET | Actualizado 02/01/2013 11:12 CET

James Bond sigue desafiando a la gravedad

En fin... ¡qué subidón de adrenalina! Desde la escena de Estambul hasta el tiroteo final en las Highlands de Escocia, esta película es un espectáculo enormemente entretenido e incluso sentimental, y dotado de un héroe atractivamente humano (aunque nunca humanitario).

¿Qué mejor que unas bodas de oro para la saga bondiana? Porque es verdad: la franquicia quincuagenaria tiene un brillo decididamente áureo: desde Auric "Dedo de Oro" Goldfinger hasta Francisco Scaramanga, el hombre de la pistola ídem. La imagen de la chica bañada en oro es uno de los iconos inmortales del celuloide, y la finca donde Ian Fleming escribía sus historias de sangre, sexo y traición se llamaba... ojo dorado: Goldeneye. El oro forma parte de la esencia de James Bond.

Por eso, la película del cincuentenario llegó acompañada de expectativas muy doradas. Además de devolver a Daniel Craig al servicio activo después del desigual recibimiento dispensado a Quantum of Solace, una propuesta que algunos describieron como una mala imitación de las películas de Jason Bourne, Skyfall también llega a las pantallas del mundo con la misión de celebrar cincuenta años de escapismo triunfal. Medio siglo de guiones descabellados, gadgets de fabricación pública y mujeres dotadas de nombres ridículos.

Hoy ya nadie duda que Craig fue una elección inspirada. Tiene una presencia y un aire de amenaza natural. Aporta el talento de un intérprete serio a un personaje que en el fondo es liviano; hace aflorar toda su capacidad lúdica y toda su ridiculez esencial, pero no lo parodia, limitándose a confirmar con rotundidad que el intrigante y carismático personaje al que da vida está hecho de una madera diferente a la de sus elegantes predecesores. Es, probablemente, el mejor Bond desde Sean Connery, puede que incluso... Bueno, no nos dejemos llevar por el entusiasmo... Vamos con los hechos. Con su cara de palo y esa rubiez pajiza no del todo inglesa, el actor británico ha evidenciado cualidades sobradas para encarnar a un icono de la cultura popular: un personaje rebosante de cool, aplomo, magnético atractivo sexual y una mano fatalmente destructiva en su relación con las mujeres. La clave de su factor X es que no parece menos capacitado para interpretar a un villano bondiano.

Dicho esto, el cincuenta aniversario de la saga era el momento adecuado para echar el resto. Las películas de James Bond son astutas urracas que afanan las joyas más nuevas y brillantes del celuloide. La decepcionante Quantum of Solace se resintió de su excesivo empeño en poner la mano en la caja de la saga Bourne. Pero Skyfall es mucho más sutil a la hora de inspirarse no sólo en la actual oleada de películas de superhéroes más oscuros que antes, sino también en el mundo que nos rodea. Este filme contiene alusiones a terroristas anónimos, robos de datos, pirateo informático e incluso mediáticas investigaciones gubernamentales: pero nada es lo bastante específico para marcar el desarrollo de la historia. Esta es una película de 007: la atmósfera lo es todo. No tiene que ser contemporánea, sino parecerlo. El resultado es un entretenidísimo espectáculo de acción que avanza valientemente hacia delante mientras mira de vez en cuando sobre su hombro, hacia el pasado. Y es que en eso consiste la franquicia Bond: en una mezcla de tradición y progreso, siempre en evolución y siempre revivificadora. Aquí tenemos al director Sam Mendes (American Beauty, Revolutionary Road) dando a la serie una imagen majestuosa, una oscuridad de tono y mucho espacio para respirar, además de algún que otro guiño para iniciados, un Aston Martin DB5 de Goldfinger, unos cocodrilos a la manera de Vive y deja morir. Y, sobre todo, tenemos a un adversario delicioso: el pintoresco, siniestro y escalofriante Silva (Javier Bardem), una especie de Hannibal Lecter que quiere vengarse del MI6 por no apreciar su talento. Pero, a diferencia de sus predecesores, que vivían en mansiones renacentistas y trabajaban en silos dotados de todos los adelantos tecnológicos, Silva es un hombre austero que habita en las polucionadas ruinas de una remota isla.

¡Qué gran hallazgo este loco carcajeante! Su entrada en escena es antológica. La hace desde la lejanía, un punto en el horizonte, emitiendo un sinuoso comentario sobre lo que pasa cuando las ratas se pelean entre sí. Gradualmente, su perturbador rostro se va perfilando, todo un hallazgo visual por parte de Mendes y su director de fotografía, Roger Deakins. Silva es intensamente rubio, de pelo y de cejas, un efecto "malo nórdico" que su acento español complementa o contrarresta de una forma extraña. Tiene la curiosa y siniestra costumbre de estremecerse y chasquear la lengua con desdén de esteta cuando 007 insiste en frustrar sus planes. Pero lo importante es que James tiene el mismo color de pelo. Así que se trata de un duelo de rubio contra rubio, y tanto el Bond de Craig como el villano de Bardem parecen los descendientes modernos del oxigenado Robert Shaw de Desde Rusia con amor. Silva, en muchos sentidos, está cortado por el mismo patrón que el agente del MI6, y en los dos casos hay mar de fondo emocional con M.

Mendes sabe que si omite las delicias tradicionales de la saga, se arriesga a que le llamen aguafiestas, y por eso su tratamiento parece calculado para respetar la fórmula al tiempo que avanza hacia delante. Así, la cinta ofrece algunos toques visuales espectaculares: motocicletas recorriendo el tejado del Gran Bazar de Estambul, luces de neón reflejadas en los cristales de un rascacielos de Shanghai; los paisajes de Escocia en el sombrío desenlace. En cambio, la intervención de las chicas Bond (una glamourosa colega del MI6 interpretada por Naomie Harris y una mujer fatal encarnada por Bérénice Marlohe) es meramente simbólica. Skyfall también adolece de cierta repetición perezosa, parte del humor verbal resulta mecánico y Bond, como siempre, es capturado y escapa con demasiada facilidad. El elemento turístico -sobre todo la parte de Macao- tampoco está logrado. Sólo en la segunda parte del filme, que transcurre íntegramente en el Reino Unido, se pone Mendes, por fin, a repartir las cartas que todo director de la saga está obligado a suministrar. Aquí es donde puede confeccionar una mezcla más rabiosa y coherente de acción, emoción e historia, con ese clímax apropiadamente apartado y solitario entre 007 y su último antagonista.

En fin... ¡qué subidón de adrenalina! Desde la escena de Estambul hasta el tiroteo final en las Highlands de Escocia, esta película es un espectáculo enormemente entretenido e incluso sentimental, y dotado de un héroe atractivamente humano (aunque nunca humanitario). En conjunto, la puesta en escena es admirable, la imagen adecuadamente tenebrosa y las extrañamente conmovedoras últimas escenas tienen esa elegancia elegiaca y esa aura trágica que 007 al servicio secreto de Su Majestad británica sólo apuntó. Craig consigue salir de la sombra de Sean Connery. Es el único Bond que quizás también podría haber encarnado a Alec Leamas, el triste héroe de la novela de John Le Carré El espía que surgió del frío. Junto a él, Judi Dench demuestra que podría haber interpretado a Smiley, que es más de lo que se puede decir de Stella Rimington. En definitiva, a pesar de su título, Caída del cielo, 007 es un héroe que sigue desafiando a la gravedad.

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