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01/12/2013 09:46 CET | Actualizado 31/01/2014 11:12 CET

Viví la prostitución como una sucesión de violaciones

Mi llegada a la prostitución, a los 17 años, fue el resultado de una infancia terrible. Mi madre me abandonó, mi padrastro abusó sexualmente de mí. Me habían humillado, me habían hecho creer que era un objeto sucio. El daño ya estaba hecho. En la adolescencia, me vi en la calle.

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He vivido de la prostitución y salí de ella hace 28 años. Aunque he pasado a ser formadora y conferenciante, la experiencia me marcó para siempre; es algo indecible. Si he escrito mi libro, ha sido para acabar de una vez con la vergüenza en la que estaba enclaustrada desde hace más de dos décadas. Sí, nos callamos. ¿Por qué? Algunas veces porque tenemos miedo, pero otras muchas porque somos rechazadas, consideradas zorras, sin ningún valor. Es mucho más cómodo escuchar a las que alaban la libertad de elección, y que no se quejan.

Me deprimen mucho las reacciones que se oyen en el debate actual. ¿Por qué se muestra tanta complacencia y tantas ilusiones cuando la realidad es tan cruda y tan violenta? Yo he vivido la prostitución como una sucesión de violaciones, sin dejar de preguntarme cómo todos esos hombres podían venir tan tranquilos. Ni uno solo se preocupó por mi miseria. Pagaban por eso, para comprar el derecho a poder preocuparse sólo por sí mismos. Yo era menor de edad, estaba hecha una pena, y ninguno de ellos, nunca, manifestó el mínimo interés por mí. Somos putas, estamos ahí para eso. Vienen para desfogarse. También tengo que reconocer que aunque alguna vez hubiera dado con un cliente simpático, habría mentido, como siempre: "Soy mayor de edad, no hay problema, estoy aquí porque lo he elegido así". Hay que hacerles creer a toda costa que nos gusta nuestro trabajo, aunque sea para evitar que se pongan violentos, lo cual puede ocurrir en cualquier momento. Sinceramente, no son el tipo de personas en quien alguien confiaría por completo. Tenemos demasiada vergüenza, demasiado miedo; en mi caso, mi proxeneta no estaba lejos de ahí. A los clientes les gusta decir que en la prostitución hay mucha transparencia. Pero es una farsa, un engaño, una mentira.

Mi llegada a la prostitución, a los 17 años, fue el resultado de una infancia terrible. Mi madre me abandonó, mi padrastro abusó sexualmente de mí. Me habían humillado, me habían hecho creer que era un objeto sucio. El daño ya estaba hecho. En la adolescencia, me vi en la calle, me hice bulímica y comenzó mi viaje. Ahí hice amistades, ojeadores que trabajaban para una red de proxenetas. Uno de ellos era tan seductor, se ocupaba tan bien de mí... por fin alguien que pensaba en mí. Me había cautivado. Una mujer del grupo se portó como una madre conmigo, me dio mucho cariño; no podía decirle que no. Cuando me pidió que le enseñara los pechos a un hombre a cambio de un billete, me sorprendió mucho. Pero habría hecho cualquier cosa con tal de mantener su afecto. Así, sin darme cuenta, me vi en la calle Saint-Denis, vigilada noche y día. Experimenté más violencia de la que uno pueda imaginar. Para aguantar, bebía hasta que no me tenía en pie. Y luego, caí en la droga. Sólo pensar en el olor de esos hombres, en su sexo y en las agresiones que me hacían sufrir me sigue produciendo hoy ganas de vomitar.

Había entrado en un ciclo infernal. Lo había pasado fatal por los abusos de mi padrastro, y seguía pasándolo fatal con la prostitución. Cada vez me avergonzaba más de mi existencia. La vergüenza me acorralaba: vergüenza por ser víctima de incesto, por ser prostituta, por ser alcohólica.

No pude salir de ahí sola. Aunque creo que he sido fuerte, al final tuve que recurrir a Alcohólicos Anónimos, a monjes budistas y al Mouvement du Nid (Movimiento del Nido). Empecé a ir a psicoterapia, algo muy doloroso, pero que me ayudó a comprender cómo había recaído en mis fracasos, cómo mi falta de autoestima me había hecho tomar decisiones erróneas y me había llevado a manos de esos abusadores.

Cuanto más avanzaba por esa vía, más se alimentaba mi pasión por la psicología, las relaciones humanas, la comunicación y el desarrollo personal. Hoy en día, me dedico a formar a la gente sobre la cuestión de la violencia, y también colaboro con instituciones penitenciarias. Sé de lo que hablo cuando explico a las personas en prisión que se puede salir de ahí. Llegó un momento en que, aunque no era capaz de ver un documental o una película sobre la prostitución, me entraron ganas de contar mi testimonio. Así que me pasé cuatro años escribiendo mi libro, reviviendo el sufrimiento acumulado; una auténtica prueba para mí. La escritura me ha liberado.

Creo que hay que apoyar la proposición de ley para la penalización de los clientes. Penalizar a los clientes es concienciarlos de que no tienen derecho a imponer sus exigencias a mujeres vulnerables, tanto económica como psicológicamente; recordarles que son cómplices de los proxenetas que trafican en todo el mundo para poder responder a sus supuestas necesidades.

En cualquier caso, ya no hay odio en mí. Pienso que entre todos esos hombres, hay algunos capaces de tomar conciencia de sus actos abusivos. Pero para que eso sea posible, hace falta que nos atrevamos a salir de la sombra. Al igual que existen terapias de grupo para mujeres violadas, es necesario que las prostitutas hablen. Que dejen de esconderse.

Las leyes deben actuar como barreras de contención. Sólo con la ley se podrá proteger a los más débiles, a los que están en situaciones más precarias, esto es, a las personas prostituidas. La prostitución no es un infortunio. Nuestro mundo ha evolucionado porque algunas personas se han levantado y se han dicho a sí mismas que podían lograrlo: el fin del apartheid en Sudáfrica, la abolición de la esclavitud y tantas cosas más... Siempre tengo en mente una frase de Gandhi que me ayuda a avanzar: "Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo". Así que, todos, manos a la obra. Esta ley va a ayudarnos.

Traducción de Marina Velasco Serrano

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