Por favor, habilita JavaScript para ver los comentarios de Disqus.
Veronika tuvo que rascarse la espalda para que la ciencia entienda que el problema no era la vaca

Veronika tuvo que rascarse la espalda para que la ciencia entienda que el problema no era la vaca

Un experimento en Austria demuestra cómo el ganado aprende a usar herramientas de forma flexible y señala un sesgo histórico en la forma en que miramos a las vacas.

La vaca llamada Veronika ha demostrado que puede usar una escoba para rascarse
La vaca llamada Veronika ha demostrado que puede usar una escoba para rascarseAntonio Osuna-mascaró

Durante décadas, la imagen de la vaca ha estado asociada a la idea de la torpeza. Se ha utilizado en infinidad de chistes, para la caricatura de otros y también para retratarnos como una especie cargada de prejuicios. Casi sin cuestionarlo, hemos asumido que no valía la pena preguntarse de qué son capaces; que su facultad mental es tan limitada que no requiere ni nuestra curiosidad ni nuestro respeto. 

Esa mirada, perpetuada durante siglos, acaba de darse de bruces con algo tan mundano como el palo de una escoba. En un prado de Austria, como esos por los que se paseaba y cantaba Julie Andrews en Sonrisas y Lágrimas, una vaca llamada Veronika ha sacado a la luz un problema que poco tiene que ver con el ganado, pero mucho con la forma en que el ser humano lo observa. ¿Cómo? Pues rascándose el lomo con un sencillo y simple palo.

Así lo documenta un estudio publicado en la revista Current Biology, que no es una anécdota simpática ni una curiosidad aislada. Se trata de la primera evidencia científica del uso flexible de herramientas en el ganado bovino. El trabajo, firmado por investigadores de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena, describe un comportamiento reiterado, consistente y medible, que obliga a revisar los criterios con los que se ha evaluado la inteligencia de estos animales hasta la fecha.

Veronika tiene 13 años y vive como mascota en un entorno rural de Carintia. Desde hace tiempo utiliza palos y utensilios para su aseo, pero los investigadores decidieron comprobar si ese comportamiento respondía a algo más que al puro azar. Para ello, realizaron siete sesiones de diez ensayos en las que colocaron frente a ella una escoba con dos extremos claramente distintos: uno con cerdas rígidas y otro liso, el mango. En 70 pruebas, Veronika recurrió a la herramienta en 76 ocasiones, y no lo hizo de manera indiscriminada.

Cuando se rascaba el lomo, donde la piel es más gruesa, empleaba el cepillo mediante movimientos firmes. En cambio, cuando dirigía la escoba hacia zonas sensibles como la ubre o los pliegues del vientre, cambiaba de estrategia y aplicaba el mango con gestos mucho más cuidadosos. Además, ajustaba el agarre antes de iniciar el movimiento y recolocaba el instrumento si la posición no era la adecuada. Su reacción no era automática: existía una anticipación funcional en sus acciones.

«Al principio pensamos que usar el mango era un error», explicó el biólogo Antonio Osuna-Mascaró en declaraciones a El País. «Pero empezamos a ver un patrón. Veronika estaba adaptando la herramienta a la función. Lo que parecía no funcional, ella lo había convertido en funcional». Ese tipo de ajuste anticipado —seleccionar y modificar el empleo de un objeto según el objetivo— se ha documentado hasta ahora casi exclusivamente en primates y algunas aves de alta capacidad cognitiva.

El hallazgo llegó al laboratorio por una vía cada vez más habitual. Alice Auersperg, bióloga cognitiva y coautora del estudio, comenzó a recibir correos tras publicar un libro sobre innovación animal. La mayoría carecía de interés científico, según contó a National Geographic. «Había mensajes del tipo “mi gato usa una caja de Amazon como herramienta”», relató. Entre todos ellos apareció un vídeo distinto: una vaca rascándose con un rastrillo de forma claramente dirigida. «Parecía intencional», explicó. Lo suficiente como para viajar a Austria y comprobarlo sobre el terreno.

El entorno en el que habita Veronika resulta clave para entender el hito. No se trata de una vaca criada en una explotación intensiva; ha alcanzado una edad poco habitual en el ganado y ha vivido en un espacio con estímulos constantes. Eso no la convierte en una excepción extraordinaria, sino en un caso revelador. «No creemos que Veronika sea la Einstein de las vacas», señaló Osuna-Mascaró en The Guardian. «Creemos que sus condiciones le han permitido expresar capacidades que otras vacas no pueden desarrollar».

Otros especialistas coinciden en esa lectura. Christian Nawroth, investigador en cognición de animales de granja, afirmó a The New York Times que el comportamiento observado resulta «muy convincente» y pone de relieve una brecha persistente entre lo que se espera de estos animales y lo que realmente son capaces de ejecutar. «Sabemos que tienen emociones y comportamientos complejos, pero seguimos subestimándolos», explicó.

Esa subestimación no es fortuita. Los humanos conviven con el ganado desde hace unos 10.000 años, pero han dedicado mucha más atención científica a especies exóticas que a los animales que han criado y explotado durante generaciones. «Sabemos más sobre la cognición de animales de islas remotas que sobre las vacas que viven con nosotros», criticó Osuna-Mascaró en El País. «Cuando las miramos, no vemos individuos con capacidades por descubrir. Vemos objetos de explotación».

El caso de Veronika no convierte a las vacas en genios ni obliga a reescribir por completo la historia de la inteligencia animal. Pero sí deja una pregunta incómoda flotando en el aire. Si hemos tardado milenios en documentar un comportamiento así en uno de los animales con los que más tiempo llevamos conviviendo, quizá el problema no sea la falta de facultades del ganado, sino nuestra falta de interés en mirarlo como algo más que un recurso. Veronika no ha descubierto nada nuevo. Simplemente ha hecho visible lo que llevábamos siglos sin querer ver.