Clara Sánchez: "La reencarnación me encanta, me seduce mucho porque está en nuestra naturaleza y es un alivio"
La novelista de Guadalajara acaba de lanzar su nueva novela 'Lo inexplicable'.
La escritora y académica de la RAE Clara Sánchez regresa a la primera fila de la literatura con Lo Inexplicable: una historia sobre la reencarnación que combina suspense psicológico y realismo sobrenatural, género policial y fantástico, hasta hacerla adictiva.
Asegura la autora, ganadora del Premio Planeta en 2013, del Alfaguara en el 2000 o del Nadal en 2010, que le gusta sorprender y sorprenderse con cada novela "porque sino es un rollo", pero que hay temas recurrentes en todas sus historias, como el tiempo, la inadaptación...". "En todas mis novelas hay alguien que se cuela en un mundo que no es el suyo y que nos va a narrar desde la sorpresa de lo que está sucediendo y que ve por primera vez. Entonces aquí hay dos narradores que se encuentran en esa situación: uno es Alicia, la niñera, que entra en un mundo que no es el suyo, que es esa familia, aparentemente normal; y el otro es Rafael, el bebé", explica sobre esta historia.
En esa realidad nueva para Alicia se cruza ese bebé, ese bebé que es un poco extraño...
Que a ella le parece extraño y que nos parece a todos. Es extraño porque realmente hace cosas fuera de tal, pero si nosotros observamos a un bebé, si lo observamos, es que todos hacen cosas muy extrañas porque es como si tuviesen superpoderes. O sea, de los cero a los tres años, la de cosas que hacen: empezar a gatear, a andar, a hablar, a comer... O sea, aprenden a hacer cosas increíbles en muy poco espacio de tiempo. Mira, yo soy madre y soy abuela desde hace tres años. Entonces, con mi hija, bueno, la edad marca mucho la perspectiva, o sea, cuando tienes un hijo resulta que estás en edad laboral, estás creciendo, estás con tus rollos sentimentales y no puedes prestarle esa atención de observación al niño, lo atiendes pero no lo analizas.
¿Y ahora con tu nieta te ha pasado?
Con mi nieta me he quedado completamente asombrada, pero con ella y con todos los niños. Es que iba al parque infantil y eran como soldados entrenándose: se suben por las cuerdas, se tiran desde cualquier sitio... Son como soldados, parece que están entrenándose para la vida, para lo que les viene.
Pero es la biología...
Se adaptan con una destreza... Es como un soldado, tú mandas a uno a Afganistán, pero antes tiene una preparación, digamos que la vida es Afganistán y ellos se están entrenando. Hacen cosas asombrosas. Mi casa está llena de escaleras y recuerdo un día que mi nieta, siendo un bebé que apenas gateaba, se situó bajo las escaleras y empezó a mirar, como a calcular, a mirar arriba para ver cómo lo podía hacer... A mí me sobrecogió y se subió todas las escaleras. Pero no es que mi nieta sea nada especial, quiero decir que lo hacen todos los niños, pero no nos damos cuenta de esos pormenores que son increíbles.
Entonces, este niño, Rafael, que su nombre tiene ya mucha presencia, aparte de ser un niño con todos los atributos que tiene un bebé de por sí, resulta que empieza a hacer cosas un poco más extrañas y eso da un poquito de cosa. Pero Alicia, que no tiene hijos, le observa mucho porque no es la madre ni el padre, es alguien de fuera cuyo trabajo es estar con él y cuidarle, y tiene esa situación de privilegio de poder observarle. Ella no está segura de si esto es fruto de su imaginación o de si realmente está ocurriendo. Es un poco como le sucede a la institutriz de Otra vuelta de tuerca de Henry James, que no sabe si esos fantasmas que está viendo son frutos de su imaginación o están ahí. Es un poco la duda que al final forma parte del suspense de la novela.
Y juegas mucho con la idea de la vida eterna y la reencarnación...
Sí, juego con esa idea.
¿Crees en ella?
Yo estoy abierta a todo, porque no entendemos nada. ¿Qué entendemos de esto? No entendemos nada. Está la física cuántica, pero tampoco. Lo que te quiero decir es que a mí, o sea, como que las religiones y tal, sobre todo las culturas orientales, nos aportan como ciertos alivios mentales o ciertas directrices, ¿no? Para que no nos quedemos aquí pegados en esta triste cosa que es vivir y morir. Entonces, por ejemplo, la resurrección a mí no me vale, porque para la resurrección, hablando de vida eterna, necesitas un Dios, un agente externo que opere el milagro. Sin embargo, la reencarnación me encanta, me seduce mucho porque está en nuestra naturaleza, porque no necesitas una intervención divina, simplemente podemos creer, podemos creer en esa trascendencia de que nos vamos a ir reinventando en otros seres. Y es un alivio. Esto alivia muchísimo. Es una manera de jugar con la realidad. Alivia mucho porque alivia de la presión de la muerte: yo ya no voy a tenerle tanto pavor a la muerte porque, a lo mejor, luego estoy viviendo otras existencias y otras realidades. Y al mismo tiempo alivia de la presión del tiempo, que es uno de mis temas, que nos determina, nos limita, nos presiona y no sabemos lo que es. Hay científicos que se preguntan si de verdad existe el tiempo, con las vueltas que se le ha dado el tiempo desde Newton hasta la física cuántica. O sea, no sabemos lo que es.
¿Te inspira el tiempo como gran incógnita?
Como concepto físico, me interesa muchísimo. El tiempo como gran incógnita, como un misterio que hemos inventado para arreglarnos en el día a día, pero que no nos soluciona nada. Entonces a mí el tiempo, el tiempo de las arrugas y de mi edad, no me interesa porque es irreversible, me interesa el gran concepto. Entonces la reencarnación nos alivia porque estamos llamando tiempo a la muerte. Si la muerte es relativa, el tiempo también lo es.
En definitiva, la reencarnación quita presión a la muerte, porque podemos pensar que nos reencarnamos en otras existencias y, si ya no hay muerte, pues el tiempo pierde esa rigidez. Y también quita presión a la soledad, porque si alguien se ha reencarnado en nosotros, digamos que tenemos una pequeña compañía en nuestro interior y lo podemos ver en el día a día. O sea, es como dar explicación a cosas. Por ejemplo, el sexto sentido, la intuición. ¿Sabes? Es como si tuviésemos ahí un pequeño alien que nos avisa, un algo, con una pequeña compañía. Los escritores esto lo notamos mucho. A veces escribes y dices, pero bueno, ¿esto lo he escrito yo? Es como si nos lo hubiesen dictado’. Santa Teresa lo decía, ‘esto es como si me hubieran dictado’. Es decir, tienes como alivia el sentimiento de soledad.
Pero entonces es la posibilidad de la reencarnación lo que te seduce, ¿no?
Eso es. Esa posibilidad a mí me seduce muchísimo, vitalmente por todo lo que te he dicho y literariamente porque me permite jugar con la realidad. O sea, yo me levanto por la mañana y la realidad es como una locomotora que me aplasta: tengo que hacer lo de Hacienda, tengo que arreglar la lavadora, tengo que... La realidad me abruma. Entonces, ¿qué pasa? Que esto me permite jugar con la realidad, no de ser yo víctima de la realidad, sino de que la realidad esté a mi disposición. Pero tampoco es inverosímil la posibilidad, pero no pensando en la reencarnación en plan Dalai Lama: ¿y si pensamos en nuestro código genético? O sea, nosotros somos hereditarios y esa es una forma de reencarnación. Nosotros no hemos salida de la nada y arrastramos una herencia y en código no vienen solamente de los ojos marrones o azules,hay muchas cosas más.
¿El libro es un juego?
Claro, yo estoy jugando con la realidad porque estoy harta de que la realidad me apabulle.
¿Por eso escribes?
Por eso y por otra cosa que me ofrece la literatura. Siempre se habla de la soledad de los escritores, que estamos rodeados de soledad... Pero eso no es lo fundamental, para escribir lo que tienes que tener es concentración. Y eso no es sinónimo de soledad. La concentración es fundamental.
Con esta, has escrito 17 novelas. ¿Has vivido periodos de desconcentración?
Sí, los tengo siempre. Me gusta mucho el día a día, a mí me gusta mucho la rutina y la vida normalita. No soy aventurera. Para mí la vida es imponente y la siento con mucha intensidad, y entonces no me paso de la raya. Todo me preocupa mucho, entonces sólo me faltaba ir al Ártico. No quiero, no quiero sentir más de lo que siento.
¿Quieres decir que esa es tu rutina de concentración, esa es tu inspiración, la vida normalita, la vida ordinaria?
Y en lo ordinario está lo extraordinario. Y ese es el poso y lo único que yo puedo ofrecer en mis novelas, que es ese poco de extraordinario que haya lo ordinario.
Tú llevas mucho tiempo en el circuito literario. ¿Crees que ahora los escritores van un poco más de estrellas?
Bueno, también depende del carácter. En alguna novela digo que por encima de la belleza y de la inteligencia está el carácter, porque he vivido con personas con muy mal carácter. El carácter te puede amargar la vida... Yo, afortunadamente, tengo la dosis justa.
Porque también hay que tener cierta dosis de carácter...
Necesitas vanidad para creer que alguien pueda leer lo que escribes. Pero el ego hay que atarlo muy fuerte porque puede hacer sufrir mucho.
¿Cómo está actualmente el ambiente en la RAE y cómo estás tú?
Yo en la RAE estoy muy bien porque tengo las dos facetas de filóloga y de escritora. Entonces, claro, lo que estoy haciendo en la RAE es algo que va conmigo, lo que he hecho toda la vida y estupendamente. Y luego hay una cosa, porque se habla mucho de la RAE, las polémicas... Trabajamos mucho y la muestra está en todo lo que sacamos adelante, diccionarios, libros clásicos... O sea, se trabaja como no se ha trabajado nunca en la Academia.
Y luego, lo que es el ritmo interno y la convivencia, a mí no me ha impresionado porque yo he trabajado en la empresa privada mucho tiempo, en oficinas, en jornadas de 8 horas, con gente que yo no he elegido bajo el mismo techo, que eso te enseña muchísimo. Realmente lo que a mí me ha venido bien fueron esos trabajos para aprender de la gente, aprender a lidiar, aprender que en un sitio donde hay mucha gente hay recelos, hay envidias, hay afinidades, hay generosidad, hay complicidad, hay complicidad.... Entonces voy a la Academia y todo eso que viví me viene de perlas, porque cada uno viene con su bagaje, con su historia, con su vida y su ego y es normal. Que haya esas cosas, a mí no me parecen anormales, me parecen normales.