Marta Jiménez Serrano: "El problema de la vivienda tiene consecuencias íntimas y sentimentales en cómo nos relacionamos con el concepto de hogar"
La autora publica su nueva novela, 'Oxígeno', en la que narra su experiencia personal a punto de morir tras una intoxicación por monóxido de carbono.

En un principio Marta Jiménez Serrano no quería escribir Oxígeno (Alfaguara). En su nueva novela, la autora de Los nombres propios (Sexto Piso) narra su propia experiencia personal al borde de la muerte tras una intoxicación por monóxido de carbono que sufrió hace cinco años, en plena pandemia.
Pero este libro no es solo un relato de cómo se sentía y cómo su cuerpo iba dejando de funcionar, sino un reflejo de situaciones a las que se puede enfrentar cualquier persona: una casera que se desentiende por completo de todo lo relacionado con su piso, incluida su seguridad, la ansiedad, los recuerdos de la infancia o la relación con la muerte.
En El HuffPost nos citamos con Marta Jiménez Serrano en la fría mañana de invierno en la que la novela llega a las librerías para charlar con la autora de sus razones para escribir, cómo ha cambiado su vida tras esta experiencia y qué siente cuando la califican como 'la voz de su generación'.
Cuentas en Oxígeno que no querías escribir este libro pero que tenías que hacerlo, ¿cuándo te diste cuenta de que necesitabas plasmarlo y cómo te ha ayudado?
Yo siento que me he rendido ante el libro. No sé si ha habido tanto un momento de decir ‘sí, lo tengo que escribir’, sino que al final, pues, de manera muy natural me iban saliendo reflexiones sobre el tema, iba volviendo a ello. Era un libro que no me apetecía escribir, pero hubo un momento en que me rendí a la evidencia, ‘en esto es en lo que estás pensando’, entonces hay que escribirlo.

Me ha ayudado mucho escribirlo para colocarlo. Lo que más me ha ayudado es la terapia, pero yo creo que ahí la terapia y la escritura tienen algo de común de poner en palabras y yo creo que poner en palabras ayuda mucho y la propia escritura del libro en ese sentido también ha sido terapéutica.
¿Te resulta en general terapéutico escribir y poner en palabras, como tú dices, las cosas que te van pasando?
Yo creo que sí, lo que no quiere decir que la escritura sea terapia, ni que la sustituya. Pero creo que hay una parte que para mí es un poco mi modo de entender el mundo, de entender las cosas que me pasan, de entender las cosas que me rodean, entonces cuando consigo plasmar eso en un texto sí hay algo terapéutico, mucha satisfacción y una manera de procesarlo.
En libro reflexionas sobre lo diferente que podría haber sido todo y la cantidad de cosas que te habrías perdido en estos años, ¿eres ahora más consciente de esta fragilidad?
Sí, soy más consciente, pero sobre todo soy mejor consciente. Porque creo que también es fácil entrar en la rueda del pánico y estar todo el rato ‘bueno, nos podemos morir en cualquier momento y entonces hay que disfrutar todo el rato’ y yo creo que ese discurso nos lleva a una ansiedad acelerada que se parece muy poco al disfrute. Soy más consciente pero también estoy más tranquila y sobre todo tengo muchísima conciencia de que no depende de mí, entonces no sirve de nada preocuparse de la muerte, de los accidentes, de las enfermedades. Es como ‘bueno, si va a ocurrir que ocurra, yo sigo con mi vida’.
Al final esa ansiedad por disfrutar, más que disfrutar es ejercer presión sobre ti misma, ¿no?
Absolutamente. Yo creo que vivimos en una sociedad que está obsesionada con el placer y la felicidad, pero claro, si convertimos los placeres en obligaciones, dejan de ser placeres. En cualquier plano, desde tener que ver todas las pelis que han salido hasta tener que comerte toda la comida que hay en la mesa... hay un momento en que eso lo que genera es más agobio o más ansiedad que verdadero placer. Yo creo que el placer está muy vinculado con la tranquilidad. Si no nos relacionamos desde la tranquilidad es muy difícil disfrutar realmente.
En el libro hay momentos verdaderamente asfixiantes, ¿querías que el lector sintiera o se imaginara lo que tú estabas viviendo?
Sí, totalmente. Yo quería meter al lector en esa asfixia y en esa cierta tensión narrativa. Yo soy un spoiler del libro, está claro que sabemos cómo acaba. Entonces me esforcé mucho en mantener la tensión narrativa aunque supiéramos el final. Este fue uno de los retos del libro y estuve muy pendiente de generar esa tensión y creo que la generé en parte pues a través de esa asfixia y de esa tensión de meter al lector en lo que me estaba pasando a mí para que hiciera el viaje con el personaje.
Dedicas el libro a los trabajadores sanitarios, a tu expareja, a tu psicólogo... sin ellos la historia sería diferente, ¿es un recordatorio de que solos no vamos a ningún sitio?
Absolutamente. El libro está dedicado a las personas que me cuidaron en ese momento, bueno, y a mi psicólogo que me sigue cuidando cada día. Y es que no somos nada sin los demás. Me preguntaban el otro día si el individualismo es bueno o malo. No, es que el individualismo es irreal. Vivimos en comunidad.
Creo que ahora nuestras comunidades son tan grandes y a veces están tan despersonalizadas, ¿no? Antes vivíamos en pueblos pequeños y conocíamos a todo el mundo y creo que la despersonalización nos hace olvidarnos de la comunidad, pero la comunidad está ahí igual. En casos extremos como este está claro que los servicios de emergencia, los bomberos, mi psicólogo cumplen un papel fundamental, pero estamos confiando en la comunidad todos los días. Cuando nos subimos a un autobús confiamos en la comunidad. No podemos vivir sin los demás y esa ilusión de independencia y autosuficiencia es absurda.
Las partes del libro en las que hablas de tu casera, que se desentiende completamente de todo lo relacionado con el piso, son situaciones que cualquier persona de tu generación puede identificar, ¿querías plasmarlo no solo como parte de tu historia sino también de la realidad del momento actual?
Totalmente. El reto del libro en general era hacer de una anécdota individual una experiencia universal. Todos nos relacionamos con la muerte, todos nos relacionamos con nuestros recuerdos, todos nos relacionamos con el amor o con el cuidado y con la vivienda salió solo. Fue como empezar a reflexionar sobre por qué había pasado lo que había pasado, cómo la casera no se había responsabilizado y también incluso qué concepto podemos tener de hogar o cómo nos relacionamos con nuestras propias casas si tenemos que cambiar de casa cada nueve meses, si no nos dejan habitar realmente los espacios que alquilamos porque no puedes pintar la pared.
Me parecía que era un reflejo de los tiempos. En mi caso tuvo estas consecuencias pero en realidad es un reflejo de todo lo que está pasando con el tema de la vivienda, que es un problema económico y social, pero que tiene unas consecuencias íntimas y sentimentales en cómo nos relacionamos con nuestro concepto de hogar.
Desde que se publicó Los nombres propios tu nombre ha ido asociado a esa frase de 'la voz de una generación', ¿te sientes cómoda con esa etiqueta? ¿Quieres dar voz o reflejar las situaciones las que se enfrenta tu generación?
A ver, yo no quiero dar voz a nada (risas). No me siento incómoda. Como te decía antes, yo escribo para entender el mundo que me rodea, entonces a mí me gusta escribir de mi tiempo. No sé si en algún momento... pero no me imagino escribiendo ni una novela histórica ni una distopía futurista.
El material del que me nutro siempre es lo que me está rodeando y me gusta mucho escribir sobre mi tiempo. En ese sentido entiendo que de manera muy natural se van reflejando los problemas de mi generación en mis libros. No me molesta y tampoco lo tengo muy presente. De verdad, escribo de lo que a mí me interesa y he tenido la grandísima fortuna de que a los lectores también les interese. Pero yo creo que si lo planificase no me saldría.
En la faja te comparan con escritoras como Nora Ephron o Joan Didion, ¿te entra un poco de vértigo o es más felicidad por hacer lo que te gusta?
He aprendido a disfrutarlo. Antes hablábamos de la ansiedad y de disfrutar... Yo he tenido que aprender a disfrutar de la profesión que tengo, que es una profesión con muchos picos y muchas particularidades. Pues claro, le pido a Alana Portero unas palabras y me dice esas palabras, claro que me impresiona, pero he aprendido a disfrutarlas más que a abrumarme por ellas. A tomármelas también en su justa medida, para mí es un honor y me da más felicidad que otra cosa.

Hablando de autoras, Comerás flores, de Lucía Solla, ha sido uno de los fenómenos literarios del año pasado. Tú que has sido testigo del proceso, ¿cómo lo estás viviendo?
Estoy ultraorgullosa, ultrafeliz. Lucía fue alumna mía, vino a mi taller de escritura, vi ese libro crecer ante mis ojos, vi cómo se lo curró y estoy pletórica, vamos. A veces pienso ‘qué buen ojo tuve’ (risas). Pero estoy muy contenta y me da muchísima alegría porque a mí me pasó que cuando yo intenté convertirme en escritora padecí mucho la falta de referentes.
Es una profesión muy rara. Yo siempre he dicho ‘ojalá hubiera habido unas oposiciones porque yo las habría hecho y me habría convertido en escritora’. Pero es muy difícil. Poder acompañar a alguien y ver su felicidad y que el libro vaya bien para mí es una satisfacción total.
¿Te llena poder ser un referente y que otras escritoras puedan recurrir a ti aunque sea simplemente para hablar de su experiencia?
Sí, me pasa incluso con lectores. Para mí es muy bonito ver que sí puedes estar abriendo un caminito por el que luego puede pasar otra gente. Eso es algo que yo eché muchísimo en falta. Siempre lo cuento, pero es que yo cuando era pequeña quería ser como Jo March, la protagonista de Mujercitas. La había visto en la peli no había leído el libro. Y siempre pienso ‘qué ternurita que mi referente de escritora era un personaje de ficción’. Entonces cuando vienen lectoras o alumnas, sí que siento que ellas ven que porque yo lo he hecho se puede hacer y para mí es de las cosas más bonitas que me ha dado esta profesión.
Después de tanta promoción, de este libro tan intenso, ¿qué te apetece hacer en el futuro?
Tengo varias ideas. Estoy terminando un poemario que hacía mucho que no escribía poesía. Tengo un par de ideas de narrativa y estoy tomando muchísimas notas, estoy leyendo mucho también. Aprovecho las promos para leer, que hay mucho tren, y ahora estoy disfrutando de la promo. A mí me va muy bien las dos caras de la profesión. Me encanta escribir, es lo que me gusta, es lo que yo hago, pero también es verdad que escribir es super solitario y estás ahí en pijama en tu despacho haciendo una cosa que es tu bucle. Es cansada una promoción, pero a mí me gusta también la parte de comunicar lo que he hecho, ponerlo en común con los lectores y entrar en contacto con el otro lado.
No siempre es lo habitual porque a muchos escritores les pesa un poco la promoción.
Lo entiendo porque son cosas tan distintas que igual eres una persona muy introspectiva y te gusta estar en tu casa y puede que no te guste. Yo creo que se nota en mi literatura también, a mí me gusta comunicar. Me gusta que el mensaje llegue al otro lado, entonces me gusta la promoción y son dos caras que creo que necesito las dos. Necesito la sociabilidad y necesito estar en mi casa en pijama.
