Adiós al lujo silencioso: por qué lo hortera y ostentoso ha vuelto a ser el símbolo de estatus de los muy ricos, según los analistas de tendencias
La discreción ha pasado a verse como algo aburrido.

Durante años, la máxima del lujo fue clara: cuanto menos llamativo, mejor. Los verdaderamente ricos no necesitaban exhibir logos, joyas deslumbrantes ni mansiones imposibles para demostrar su posición. El llamado “lujo silencioso” dominó la moda, la decoración y el estilo de vida de las élites. Sin embargo, eso parece haber cambiado.
Según varios analistas de tendencias que conversan sobre el tema en Bussiness Insider, la ostentación ha regresado con fuerza y vuelve a convertirse en una herramienta para mostrar poder, éxito y estatus. El exceso ya no se esconde. Ahora se exhibe.
Multimillonarios que convierten sus bodas en espectáculos de dimensiones casi cinematográficas, celebridades que presumen de retoques estéticos visibles, relojes imposibles, joyas exageradas y decoraciones dominadas por el dorado. Lo que hace apenas unos años podía considerarse de mal gusto ha pasado a interpretarse como una nueva declaración de autoridad.
Tras la crisis financiera de 2008, mostrar riqueza de forma explícita se convirtió en algo incómodo. Las élites optaron entonces por prendas sin logotipos, colores neutros y experiencias exclusivas reconocibles solo para quienes pertenecían al mismo círculo. Era una sofisticación discreta basada en el famoso “si sabes, sabes”.
Ahora, sin embargo, la discreción parece aburrida
Expertos en consumo y cultura apuntan a que esta nueva etapa tiene mucho que ver con las redes sociales y la transformación de la riqueza en un espectáculo permanente. En plataformas donde todo compite por captar atención en cuestión de segundos, la sutileza pierde terreno frente a lo impactante. Cuanto más llamativo sea el mensaje visual, mayores son las posibilidades de destacar.
El concepto tampoco es nuevo. A finales del siglo XIX, el economista y sociólogo Thorstein Veblen acuñó el término “consumo ostentoso” para describir cómo las nuevas fortunas utilizaban el gasto exagerado como forma de demostrar su posición social. Mansiones gigantescas, fiestas desmedidas y objetos de lujo funcionaban como símbolos visibles de éxito.
Más de un siglo después, algunos expertos creen que la historia se repite
La diferencia es que ahora el escaparate es digital. Los algoritmos de TikTok e Instagram amplifican determinadas estéticas y convierten el exceso en tendencia. El gusto deja de construirse lentamente a través de referencias culturales para adaptarse a aquello que consigue más clics, visualizaciones y comentarios.
En este contexto, lo hortera deja de ser un error para convertirse, en algunos casos, en una elección deliberada. Mostrar que se ha podido pagar una cirugía estética evidente, una fiesta descomunal o un accesorio extravagante también comunica poder económico. Lo importante ya no es parecer refinado, sino que nadie pase por alto el mensaje.
Al mismo tiempo, esta estética conecta con un cierto rechazo hacia las élites tradicionales y sus códigos de comportamiento. Frente a la exclusividad basada en el conocimiento del buen gusto, emerge una riqueza más ruidosa, menos preocupada por la aprobación cultural y más interesada en exhibir sus logros sin complejos.
Sin embargo, el debate sigue abierto. Para algunos, esta vuelta del maximalismo representa una liberación tras años de minimalismo y neutralidad estética. Para otros, sin embargo, es el reflejo de una cultura obsesionada con la visibilidad y el consumo constante.
