Jesús Contreras, catedrático de Antropología de la alimentación: "El marketing y la tecnología han destruido nuestra capacidad de identificar lo que vamos a comer"
Alega que gracias a la tecnología alimentaria, es posible modificar textura, sabor o apariencia hasta crear alimentos que imitan a otros sin serlo realmente.

En los escaparates y supermercados de hoy hay un mensaje que se repite: "de verdad", "auténtico", "artesano". No es casualidad. Para el antropólogo Jesús Contreras, esta obsesión por la autenticidad es la prueba de un problema más profundo: hemos perdido las referencias básicas para identificar los alimentos.
Su diagnóstico es claro. Según explica, la combinación de avances tecnológicos y estrategias de marketing ha transformado radicalmente nuestra relación con la comida hasta el punto de que "han sido destruidas las referencias culturales de la alimentación". Es decir, cada vez resulta más difícil distinguir qué es realmente lo que tenemos delante.
La industria de lo "auténtico"
El auge de etiquetas como "real" o "de verdad" no responde tanto a una mejora de los productos como a una necesidad del consumidor. En un entorno dominado por alimentos estandarizados, procesados y replicables en cualquier parte del mundo, lo auténtico se ha convertido en un reclamo comercial de primer orden.
Desde pequeños comercios que reivindican productos locales hasta grandes cadenas que prometen "mozzarella 100% real" o "pollo auténtico", todos compiten por apropiarse de esa idea. Incluso marcas industriales recurren a este lenguaje, evidenciando hasta qué punto la autenticidad se ha convertido en un valor de mercado.
La paradoja es evidente: solo tiene sentido vender algo como "real" cuando existe la sospecha generalizada de que lo demás no lo es.
Alimentos que ya no parecen lo que son
El problema, según Contreras, va más allá del lenguaje publicitario. La propia composición de muchos productos ha cambiado. Gracias a la tecnología alimentaria, es posible modificar textura, sabor o apariencia hasta crear alimentos que imitan a otros sin serlo realmente.
Ejemplos cotidianos abundan: productos que parecen pescado pero contienen poco o nada, preparados que simulan queso sin serlo o carnes procesadas con porcentajes reducidos de materia prima real. Las etiquetas, en muchos casos, revelan mezclas de almidones, agua, aromas o ingredientes de menor calidad.
Esto no significa necesariamente que sean "falsos", pero sí que se alejan de la idea tradicional del alimento. Y ahí está el núcleo del problema: los criterios culturales que antes permitían reconocerlos se han difuminado.
Tecnología útil, pero ambigua
La innovación alimentaria también ha traído beneficios claros: mayor seguridad, precios más accesibles, disponibilidad constante y productos con mayor duración. Sin embargo, ese mismo progreso ha contribuido a diluir las fronteras entre lo natural y lo transformado.
En palabras de Contreras, la manipulación de los "atributos sensoriales" —color, textura, sabor— ha sido clave en este proceso. Hoy, lo que vemos, olemos o saboreamos ya no es una garantía fiable de lo que estamos consumiendo.
Una reacción del consumidor
Ante esta incertidumbre, los consumidores buscan refugio en lo reconocible. De ahí el auge de productos ligados a un origen concreto, a métodos tradicionales o a sellos de calidad como las denominaciones de origen.
Se trata, en el fondo, de recuperar una conexión perdida: saber qué se come y de dónde viene. La demanda de alimentos "con historia" o "de proximidad" responde a esa necesidad de claridad en un mercado cada vez más complejo.
Un fenómeno con historia
Aunque pueda parecer un problema moderno, la existencia de alimentos sustitutivos no es nueva. En épocas de escasez, como guerras o crisis económicas, era habitual recurrir a alternativas más baratas para reemplazar productos básicos. Desde el café de achicoria hasta los panes elaborados con mezclas poco convencionales, la creatividad alimentaria siempre ha existido.
La diferencia es que antes respondía a la necesidad. Hoy, en cambio, ocurre en un contexto de abundancia. Y eso es lo que plantea la gran pregunta que deja en el aire el análisis de Contreras: si tenemos acceso a más alimentos que nunca, ¿por qué cada vez nos resulta más difícil reconocerlos?
La respuesta apunta a un sistema en el que la apariencia y el mensaje pesan tanto como el contenido. Y en ese escenario, identificar lo que comemos se ha convertido, paradójicamente, en un desafío.
