Pia, endocrina: "Lo que percibimos como falta de voluntad es un programa biológico de supervivencia"
Roser insiste en que la clave no está en hacer dietas estrictas ni en eliminar alimentos, sino en entender cómo funciona el cuerpo.
Durante años, a muchas personas que intentaban adelgazar se les ha repetido la misma frase: “solo tienes que tener más fuerza de voluntad”. Sin embargo, la ciencia empieza a desmontar esa idea. Según la endocrinóloga alemana Pia Roser, especialista en metabolismo y obesidad, a quien entrevista el diario Welt, lo que muchas veces interpretamos como debilidad personal es, en realidad, el resultado de procesos hormonales y hábitos profundamente arraigados.
La médica lo resume con una frase clara: “Nuestro comportamiento alimentario no es un acto de pura voluntad, sino una mezcla de bioquímica y biografía”. Es decir, lo que comemos y cuándo lo hacemos depende tanto de nuestras hormonas como de lo que hemos aprendido a lo largo de la vida.
Uno de los conceptos que describe es el llamado “hambre mental”. Se trata de esos antojos que aparecen sin que el cuerpo necesite realmente energía: picar algo en la oficina, abrir una bolsa de patatas por la noche o comer dulce después de una discusión. No responde a un estómago vacío, sino al sistema de recompensa del cerebro.
Ahí entra en juego la dopamina, un neurotransmisor que refuerza comportamientos placenteros. Con el tiempo, el cerebro aprende a asociar ciertos alimentos o situaciones con una recompensa inmediata. El resultado es que basta el olor de una pizza, una foto de comida o una rutina determinada para activar el deseo de comer, incluso estando saciados.
Además, vivimos rodeados de estímulos constantes: snacks en el trabajo, anuncios, redes sociales llenas de recetas y productos ultraprocesados. Todo eso alimenta ese “hambre mental” y dificulta escuchar las señales reales de saciedad.
Por eso, Roser insiste en que la clave no está en hacer dietas estrictas ni en eliminar alimentos, sino en entender cómo funciona el cuerpo. "Lo que percibimos como falta de voluntad es un programa biológico de supervivencia", señala. Las restricciones severas, explica, suelen activar un mecanismo de supervivencia: aumentan las hormonas del hambre, disminuyen las de saciedad y el metabolismo se ralentiza. El resultado es el conocido efecto yo-yo.
Una de las estrategias más sencillas es cuidar la primera comida del día. No se trata de desayunar obligatoriamente a una hora concreta, sino de que la primera ingesta sea realmente saciante. Los alimentos ricos en proteínas y fibra ayudan a estabilizar el azúcar en sangre y a liberar hormonas de saciedad, lo que reduce los antojos posteriores.
Verduras, huevos, cereales integrales, fruta, pescado o carne magra son algunas de las opciones que menciona. El objetivo es llegar a las comidas principales con hambre real y salir de ellas satisfechos, sin necesidad de picar continuamente.
También advierte sobre el papel del ejercicio. Aunque es fundamental para la salud y mejora el metabolismo, por sí solo no suele provocar grandes pérdidas de peso. Su efecto más importante es a largo plazo: aumenta la masa muscular, mejora la sensibilidad a la insulina y ayuda a regular el apetito.
En el fondo, su mensaje es sencillo: no se trata de luchar contra el cuerpo, sino de entenderlo. Reducir los estímulos, comer alimentos menos procesados y respetar las señales de saciedad puede ser más eficaz que cualquier dieta de moda.