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04/03/2016 07:13 CET | Actualizado 04/03/2016 11:44 CET

Una tarde con Iñárritu

Noviembre de 2003. Preestreno de una película titulada 21 gramos. Yo ya escribía sobre cine, estudiaba y vivía gracias a él, así que me adentré en la sala y me dejé embelesar. La cinta estaba firmada por un cineasta que se había revelado con Amores perros, capaz de desconcertar e hipnotizar en iguales proporciones.

Los vericuetos del destino son inexplicables. Los humanos lo creemos todo incontestable y hasta predecible, cuando en realidad la vida nos atrapa a cada paso, en cada recodo y con cada arista. A veces, las dimensiones de la sorpresa son asumibles, dentro de lo habitual, pensamos; pero otras muchas veces, la mayoría, son totalmente inesperadas.

Noviembre de 2003, una tarde fría en Madrid. Por eventualidades del azar, me encuentro haciendo cola para una proyección. Disponía de tiempo libre y, aunque con él podría haberme imbuido en la videoteca o en cualquier conversación, la casualidad quiso que quedara una entrada, la última, para el preestreno de una película titulada 21 gramos. Yo ya escribía sobre cine, soñaba con el cine, estudiaba sobre el cine y vivía gracias a él, así que sólo podía adentrarme en aquella sala y dejarme embelesar.

La cinta estaba firmada por un director que me fascinaba desde hacía tiempo, un cineasta que se había revelado ni más ni menos que con Amores perros, capaz de desconcertar e hipnotizar en iguales proporciones. Sus alegorías caninas habían entrado en mi mente con tanta fiereza que había sucumbido como pocas veces antes a su estructura poliédrica, a su ritmo vertiginoso y desacompasado, a su temática áspera y sugestiva y, sobre todo, a esa incomprensible poética surgida en un contexto de extrema violencia.

Sus alegorías caninas habían entrado en mi mente con tanta fiereza que había sucumbido como pocas veces antes a su estructura poliédrica, a su ritmo vertiginoso y desacompasado, a su temática áspera y sugestiva.

Por aquel entonces, cuando Cannes se rindió a sus pies e Internet no era la fuente omnipotente que es ahora, mucho se había especulado acerca del devenir de los propios animales que salen en la película, mostrados presos de la sangre, de las vísceras, del ímpetu y de la muerte. La misma cinta indicaba que ningún animal había resultado herido, pero alguien me había sugerido de mala manera -me hago cargo- que quizá alguno de ellos hubiera fenecido en el rodaje. Yo frisaba la veintena y, he de admitir, la alargada sombra de Lola Gaos apaleando a un perro en Furtivos se había instalado en mi cabeza desde hacía lustros.

Con todo, me senté a ver el recital que es 21 gramos, esa película repleta de severidad, de inclemencia y de redención. Tan absorta estaba en la cinta, que no me percaté, nunca lo hago, de quién estaba a mi vera, tan pronto sentado en la escalera como apoyado en una columna. En primera fila, y ante el emocionante desenlace, mi respiración, convertida casi en convulsiones, llamó la atención a aquel espectador; aunque pensé que mis suspiros quedarían ahogados por el sonido de la proyección, resulta harto complejo disimular una emoción que acaba envolviendo todo el cuerpo.

Terminó la proyección y, con los ojos empañados, vi reavivarse todas las luces. Un presentador se acercó hacia la pantalla y, bajo ella, una mesa parecía esperar un debate. Poco a poco mi vista se fue acomodando y, para mi sorpresa, mi compañero de viaje cinematográfico, quien tan calladamente había soportado mis finales sollozos, se puso en pie y se dirigió hacia aquel escenario. Alejandro González Iñárritu, el ganador de dos premios Oscar consecutivos al Mejor Director, había estado dos horas y cinco minutos a mi lado. Evidentemente, nada me había hecho presagiar que tendría la suerte de departir con el cineasta una hora más tarde, cuando la sorpresa ganó terreno a la emoción, y la duda, la eterna dura, volvió a rondar mi mente.

Alejandro González Iñárritu, el ganador de dos premios Oscar consecutivos al Mejor Director, había estado dos horas y cinco minutos a mi lado.

Estando con él de manera llana y totalmente impensada, mis labios pronunciaron la pregunta sobre la que había evitado especular. Así, repentinamente, me encontré a mí misma curioseando acerca de cómo habían rodado las escenas de violencia canina en Amores perros. Mi pregunta no le sorprendió en absoluto, pero mi expresión seguro que sí, ya que su respuesta no pudo ser más jocosa: "Murieron todos, los matamos uno a uno".

Comenzó a reírse, y su reacción me divirtió. Decidí seguirle el juego: "Si murieron todos, esto es una razón de peso para demonizarle". Me quedé seria y él volvió a reírse, apresurándose a facilitarme una descripción del rodaje, de las protecciones empleadas, del modo en que narcotizaban a los perros. Todo. Salí de nuestra conversación cinéfila tan absorta que, desde entonces, guardo un imborrable recuerdo del director mexicano.

Por ello, el domingo, más bien el lunes de madrugada, cuando descubrí que el nombre de González Iñárritu volvía a retumbar en el Dolby Theatre, emparentándose con los de John Ford y Joseph Leo Mankiewicz, no pude sino esbozar una sonrisa de orgullo, pensando que, por un momento, en aquella sala, también González Iñárritu los había conquistado a todos, uno a uno, y sin narcóticos.