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25/06/2013 07:28 CEST | Actualizado 24/08/2013 11:12 CEST

El otro mundo de Javier Tomeo

Con Javier era inútil tratar de mantener una charla más o menos convencional. La normalidad, la sensatez y lo previsible le provocaban grandes bostezos. Le resultaban invisibles las cosas que todos veíamos. Le fascinaba lo que se encontraba en el margen del margen.

Javier Tomeo se acaba de marchar al otro mundo pero él siempre fue de otro mundo. Le conocí hacia 1989, en la librería Cálamo de Zaragoza. Él tenía 56 años pero, ya de entrada, me pareció un niño asilvestrado, tierno, delirante y genial. Javier ha muerto a los 80 años pero nunca se sintió un anciano.

Fue hijo único y vivió con sus padres hasta que murieron, con 95 o 96 años. Un día Labordeta le llamó a casa y cogió el teléfono su madre. Al preguntar por Javier, José Antonio escuchó cómo la mujer le preguntaba a su marido: "¿Está el chico en casa?" Javier debía tener entonces unos 68 años. Javier solo abandonó la casa de sus padres cuando se casó con una holandesa. Pero volvió enseguida: la convivencia con su esposa resistió muy pocos días. Me puedo hacer una idea: en los años 90 Javier se solía alojar en mi casa, con frecuencia en compañía de mis padres. Cada vez que mi madre ve un reloj despertador se acuerda de Tomeo: una mañana, en nuestra casa, Javier le quitó las pilas al despertador para que dejara de sonar, incapaz de hacerlo callar de otro modo. Como compañero de piso Javier era un disparate total pero con él resultaba muy complicado aburrirse. Era el antianodino. Le debo momentos y sensaciones muy fuera de lo común y amigos tan imprescindibles como Ismael Grasa, al que metió en mi vida.

Javier hacía brotar el absurdo con tanta naturalidad que el absurdo te dejaba de parecer absurdo. Él era aún más surrealista que su propia literatura. Una mañana fue a la estación del Portillo para coger el tren de vuelta a Barcelona. Al rato me llamó desde una cabina de la estación de Calatayud. Estaba indignado: "¡¡Pero qué vergüenza. No hay derecho, hombre, no hay derecho!!" "¿Pero qué ha pasado Javier?", le dije yo. "¿Que qué ha pasado? El tren, que en lugar de llevarme a Barcelona me estaba llevando a Madrid y me he tenido que bajar en Calatayud", me contó él. Entonces, yo le dije: "Javier, quizá te hayas equivocado de tren. Me parece que has cogido el de Madrid". Y él: "Que no Luisito, que te digo yo que no. Esto de Renfe es una vergüenza". Lo mejor de todo es que no ironizaba ni bromeaba. Lo decía porque sentía de verdad que era lo que le había pasado. El cómo le funcionaba el cerebro a Javier Tomeo es un completo misterio. Yo no he conocido nada igual. A menudo comento con Antón Castro que se podría escribir un gran libro alrededor de ese misterio.

Javier se confundía todo el tiempo al nombrar las personas y las cosas y sufría despistes fantásticos. Manolo Vicent me contó que en un viaje se encontró con Tomeo y comenzó a hablar con él. Vicent se encontraba muy halagado de que Javier le conociera y diera la impresión de que apreciaba su obra. Hasta que, al despedirse, Javier le soltó: "Hasta pronto, Verdú". Le había confundido con Vicente Verdú. Javier era un superdotado en el arte de rebautizar, incluso a sus propios libros. A una de sus mejores ficciones, La agonía de Proserpina se refería como El agobio de Proserpina. Esa historia, por cierto, Javier la escribió con Verdú en la cabeza. Pero no con Vicente sino con Maribel, una de sus eternas debilidades.

Javier adoraba sus raíces aragonesas. Las manifestaciones de ese amor eran muy suyas: si Conchita Martínez o el Real Zaragoza jugaban un partido decisivo se escondía en algún cine o dentro de su cama porque estaba seguro de que era gafe y que, si los veía, perdían. Javier decía que él jamás podría liarse con una chica aragonesa porque tendría la impresión de cometer incesto.

Con Javier era inútil tratar de mantener una charla más o menos convencional. La normalidad, la sensatez y lo previsible le provocaban grandes bostezos. Le resultaban invisibles las cosas que todos veíamos. Le fascinaba lo que se encontraba en el margen del margen y sus ojos se le abrían como a nadie cuando cerca de él pasaba una mujer guapa. Siempre estaba dispuesto a perder los papeles por una mujer. Tal vez eso fue lo único previsible de un ser humano inverosímil y, para siempre, imposible de olvidar.