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24/04/2014 07:01 CEST | Actualizado 23/06/2014 11:12 CEST

La niña de mi vida

El primer amor infantil suele mantener durante toda la vida un encanto casi irresistible. Ocurrió en 4º de EGB. Su nombre era Pilar Palomar Murillo. Diez años más tarde nos cruzamos las miradas y nos reconocimos. La última vez que nos vimos teníamos diez años y ahora habíamos cumplido los 20.

El 15 de marzo, a los 62 años, murió en Madrid el actor Pedro Díez del Corral. Él fue quien, en 1963, interpretó a Guillermo, el niño de Del rosa al amarillo, la primera película que me hizo volar. Era la opera prima de Manuel Summers. Yo tenía ocho años cuando la vi en la tele, en nuestra casa de Calamocha, el martes 1 de septiembre de 1970, a las 22.15. La película incluía dos historias de amor, una entre niños y otra entre ancianos. En el episodio infantil, Guillermo se embelesa con Margarita, algo mayor que él. Durante un tiempo es correspondido pero todo se tuerce cuando, a la vuelta del verano, Margarita no le hace caso porque se ha echado novio.

Lo que me sucedió esa noche fue, sencillamente, que descubrí el amor. El niño que se fue a la cama cuando acabó la película no era yo, era Guillermo. Tenía el corazón roto pero seguía loco por Margarita. Yo jamás había sentido algo así. Eso, sin duda, era lo que llamaban amor. Fue como una revolución dentro de mi cuerpecito de ocho años. Me dormí soñando con ella y, al día siguiente, me desperté soñando con ella. Esa mañana, mientras jugaba con un balón de goma, se me pasó por la cabeza un disparate: ir a Madrid, buscar a Margarita, reconquistarla y declararle mi amor eterno. No fui a Madrid. Pero deseaba con toda mi alma tropezarme en Calamocha con alguna chica que desatara en mí una revolución como aquella. En 4º de EGB, ocurrió. Su nombre era Pilar Palomar Murillo. Acababa de llegar a Calamocha porque su padre era el nuevo capitán de la Guardia Civil. Nos hicimos inseparables. Yo, en las fiestas de la clase, imitaba a Alfonso Sánchez y a Félix Rodríguez de la Fuente y, cuando Pilar reía, me venía arriba. Un día le robé a mi hermana un anillo de juguete y se lo regalé. Ella era la estrella de mis días. Pero, al final del curso, sobrevino la tragedia: Pilar me contó que a su padre le habían destinado a Tarazona y que se marchaban del pueblo. Ahora yo sí que sabía de verdad lo que era un corazón destrozado.

Diez años más tarde, en Zaragoza, en las fiestas del Pilar de 1982, fui a una verbena con unos amigos de Calamocha. Comenzamos a charlar con un grupo de chicas. Una de ellas dijo: "Ah, Calamocha. Yo viví un año allí cuando era niña. Mi padre era el capitán de la Guardia Civil". En ese momento, nos cruzamos las miradas y nos reconocimos. La última vez que nos vimos teníamos diez años y ahora habíamos cumplido los 20. Pilar me pareció adorable y guapísima. Y me soltó esto: "Ay, con lo enamorada que yo estuve de ti". Quedamos al día siguiente, en una cafetería al lado del cine Elíseos. Nos contamos las vidas y fue muy agradable. Pero ya no nos volvimos a ver.

Del rosa al amarillo y su poderoso influjo volvieron a aflorar hacia 2002, cuando yo tenía 40 años y la infancia regresó a mí con una potencia inesperada. Hacía tiempo que no se sabía nada de Cristina Galbó, la actriz que interpretó a Margarita, y decidí buscarla, procurar entrevistarla y escribir un relato. Averigüé dónde vivía su padre en Madrid y yo mismo fui a echar en el buzón de esa casa una carta para Cristina. A las pocas semanas ella me envió una postal desde París, donde vivía. Sus palabras eran muy amables y confesaba sentirse halagada de que yo quisiera escribir sobre ella. Pero también me aclaraba que el cine formaba parte de una época de su vida que intentaba olvidar. Cristina tenía entonces 52 años. Nunca quedé con ella.

En el verano de 2011 mi amigo José Luis Campos comenzó a preparar la fiesta prevista para el sábado 30 de junio de 2012 en la que los quintos del 62 de Calamocha íbamos a celebrar nuestro 50º aniversario. José Luis elaboró la lista de los que habíamos coincidido en la escuela y yo le dije que no olvidara a Pilar. No había rastro de ella pero le insistí y José Luis encontró su teléfono. Pilar seguía viviendo en Zaragoza. José Luis la llamó para hablarle de la fiesta pero ella, de entrada, no se mostró muy entusiasmada. A mucha gente le sucede que la idea de reunirse con antiguos compañeros de estudios le da una pereza muy comprensible. José Luis me facilitó el email de Pilar. Habían pasado casi 40 años de nuestro año de amor y casi 30 del fugaz reencuentro del 82. Con la excusa de la fiesta de los quintos, le escribí. En los meses siguientes mantuvimos una correspondencia frecuente y nos pusimos al día de nuestras cosas. Ella vivía un matrimonio feliz y tenía dos hijos. Pilar me había seguido en la tele, en la radio y en estas mismas páginas. En casi todas las cartas evocábamos aquel curso del 71. Fue muy curioso comprobar que nuestros recuerdos coincidían, que la memoria no nos engañaba. A medida que se acercaba el 30 de junio, parecía que Pilar se iba animando a participar en la fiesta. Mientras tanto, su hermana, su sobrina y su hijo de 15 años acudían a algunas sesiones de La buena estrella en la Universidad y me saludaban de su parte. Pero Pilar nunca aparecía.

En las cartas yo le animaba a vernos antes del día de los quintos. Para evitar cualquier malentendido absurdo le insinuaba que podíamos quedar con toda su familia, en algún bar cerca de su casa, a 20 minutos en autobús de la mía. Pilar me escribía: "Algún día nos veremos". Hasta el 30 de junio yo mantuve la esperanza de que viniera a Calamocha. Pero esa misma tarde de sábado, a punto de salir hacia el pueblo, Pilar me llamó para decirme que se quedaba en Zaragoza. Se mostró muy sincera y no buscó pretextos fáciles: simplemente, se le había apoderado la timidez. Fue un chasco, pero no perdimos el contacto por email. Enseguida me escribió que, aunque no había ido a la fiesta, le habían entrado ganas de dar una vuelta por Calamocha. Me anunció que era muy posible que ese mismo verano cogiera el coche con su hermana y entraran en Lechago a hacerme una visita. Pero eso tampoco ocurrió.

Desde entonces, perdimos la costumbre de escribirnos. Aunque, muy de vez en cuando, lo volvemos a hacer para felicitarnos el cumpleaños, para ver qué tal o, en mi caso, para tratar, ya sin apenas confianza, de que nos veamos. Sé muy bien que la nostalgia tiene mucho peligro y que, como decía Rafael Azcona, a menudo desprende una peste a nardos putrefactos. Pero a mí me haría gracia quedar con la primera chica por la que perdí la cabeza y que nos riéramos un rato de lo que fuimos. Total, en autobús, vivimos a 20 minutos.

Hace unos meses Pilar me mandó una foto en blanco y negro que sabía muy bien que me iba a gustar: era ella, con nueve años, al lado de su madre, delante del Puente Romano de Calamocha. Esa era mi Pilar, tal y como la recordaba. Quizá, al enviarme la foto, Pilar me deslizaba que esa imagen era lo único que iba a ver de ella. Pero yo no pierdo la ilusión de que, algún día, me pueda volver a reír con la niña de mi vida.

Este artículo se publicó originalmente en el diario Heraldo de Aragón.

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