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04/07/2012 18:30 CEST | Actualizado 03/09/2012 11:12 CEST

¡Feliz Bosón!

Del bosón de Higgs se están diciendo muchas estupideces, la principal es que es la "partícula de Dios". Esto demuestra que no solo no se sabe física sino ni siquiera inglés, porque la traducción correcta de la ocurrencia inicial habría sido la "partícula dios".

Imaginemos un grupo de arqueólogos del futuro lejano que encuentran los restos de una gran relojería datada en el siglo XIX. Tratan de descubrir para qué servía aquella variedad de artilugios que, aunque son muy diferentes entre sí, parecen tener algo común. Sobre todo, desean saber cómo funcionarían, porque les parecen mecanismos muy complejos. Se les ocurre que una vía es lanzar unos relojes contra otros para estrellarlos. Tras las primeras tímidas colisiones, saltan piezas por todas partes que les permiten deducir algunas cosas. Se animan y hacen las colisiones cada vez más violentas, de manera que analizando los trozos, engarces, rubíes, engranajes y demás resultados del desaguisado van construyendo el modelo esquemático del funcionamiento de los relojes. Con infinita paciencia e ingenio, llegan a descifrar con gran precisión cómo funcionan los relojes, pero saben que les falta la causa primera que hace funcionar el mecanismo. Deciden llegar a la máxima energía de colisión y, finalmente, salta el conjunto de áncora y resorte. El enigma queda resuelto, aunque son conscientes de que saber cómo funcionaban los relojes antiguos casi abre más incógnitas de las que desvela, pero consideran que es un avance decisivo para comprender muchas cosas. Cambie el lector las palabras relojería por universo, arqueólogos por físicos, ingenieros y cosmólogos, relojes por partículas atómicas, modo de funcionamiento por modelo estándar, acelerador de relojes por LHC y, finalmente, el áncora y el resorte, origen de todo, por bosón de Higgs.

El universo está formado por partículas y radiación, relacionados entre sí por la famosa fórmula E=mc2. La radiación está muy bien descrita y las partículas también, pero éstas mantenían pertinazmente un secreto. Las propiedades que describen cada partícula no son muchas aunque sí algo extrañas, sin embargo, la más familiar de todas y seguramente la más decisiva, la masa, no se sabía cómo diablos la adquirían. Hace muchos años, un conjunto de físicos en el que destacó quizá simplemente por lo abreviado de su apellido, Higgs, hicieron una hipótesis curiosa. La masa de las partículas atómicas no era más que la resistencia que encontraban al moverse en un campo pletórico de otras partículas. Imaginemos la sala principal de un gran centro de convenciones completamente vacía. La atraviesa una persona y su soledad hace que resuenen sus pasos, aunque en el fondo da igual porque nadie la observa. Supongamos ahora que la sala está abarrotada de congresistas de un partido político y el que trata de atravesarla es el líder. Su movimiento se ve entorpecido por el continuo arremolinamiento de conmilitones en torno a él. Su peso político se puede medir por la resistencia que oponen a su avance. Si hubiera sido una partícula elemental, el campo de bosones de Higgs le habría proporcionado su masa.

El CERN (Centro Europeo de Investigaciones Nucleares) es el mayor laboratorio del mundo de investigación básica. Trabajan miles de administrativos, técnicos, ingenieros y físicos de todo el mundo aunque los que paguen sean fundamentalmente los países europeos en cuota anual proporcional a su PIB. Los resultados de sus investigaciones están abiertos a todos. A lo largo de 27 kilómetros se aceleran partículas que se hacen colisionar en unos detectores del porte de catedrales subterráneas. La tecnología que exige eso está, simplemente, en la frontera de muchos campos del saber. El coste es espectacular y la pregunta que todos se hacen es si merece la pena dedicar esas fortunas, y más en tiempos de crisis, a un empeño tan titánico como la detección del bosón de Higgs del que no se intuye provecho alguno. Pues merece la pena de sobra por varias razones. La más prosaica es porque las empresas que ganan los concursos del CERN no solo se embolsan el presupuesto acordado sino que, automáticamente, se sitúan como líderes mundiales en esa tecnología concreta. La ventaja para Europa es clara. Otra es que, de vez en cuando, allí surgen cosas tan inesperadas como la World Wide Web, la famosa aplicación www sobre internet desarrollada para poner a disposición de todos los físicos del mundo los datos obtenidos en cada momento. En cualquier caso, la ventaja última del CERN es que comprender la intimidad de la naturaleza siempre ha reportado beneficios para la humanidad. Siempre. ¿Quién imaginó utilidad alguna a los fenómenos eléctricos, a los microorganismos y un sinfín de curiosidades naturales? Quizá algún visionario, pero nadie las investigó pensando en que serían fuente de riqueza.

Del bosón de Higgs se están diciendo muchas estupideces, la principal es que es la "partícula de Dios". Esto demuestra que no solo no se sabe física sino ni siquiera inglés, porque la traducción correcta de la ocurrencia inicial habría sido la "partícula dios" por su vaga analogía con el mito generador de materia. Si algo confirma el bosón de Higgs es la apreciación de Laplace ante Napoleón cuando éste se extrañó al hojear el opúsculo del matemático que describía los movimientos celestes de que no veía a Dios en ninguna parte. Laplace arguyó que en ningún momento había necesitado hacer uso de tal hipótesis. El descubrimiento en los años setenta de las fluctuaciones cuánticas del vacío, o sea, la generación espontánea de energía sin causa alguna, y los subsiguientes descubrimientos de la física dan solidez marmórea al reciente aserto de Hawking de que el concepto de Dios es innecesario para describir el universo. El bosón de Higgs, lejos de estar relacionado con esa idea, lo que hace es reafirmar la irrelevancia de tal hipótesis.

Quizá el bosón de Higgs nos ayude a descifrar misterios como el de la materia y la energía oscuras del universo, nos desentrañará mecanismos de cómo se desarrolló el Big Bang, incluso, puede que nos lleve a desarrollar tecnologías que en este momento ni siquiera intuimos, pero lo que es seguro es que la noticia de su detección hace más dichoso y esperanzado a todo el género humano.

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