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24/12/2014 07:04 CET | Actualizado 22/02/2015 11:12 CET

Ultramachismo

Resulta curioso que no haya habido un calificativo superlativo para el machismo. Nunca hubo un sufijo que elevara aquello que nombraba como parte de la rutina cuando la excedía, ni un prefijo que anticipara que lo que nos encontraríamos al final del sustantivo sería algo grande, muy grande y terrible.

Resulta curioso que no haya habido un calificativo superlativo para el machismo. Nunca hubo un sufijo que elevara aquello que nombraba como parte de la rutina cuando la excedía, ni un prefijo que anticipara que lo que nos encontraríamos al final del sustantivo sería algo grande, muy grande y terrible. Ha sido suficiente con la propia palabra "machismo" para denominar cualquiera de sus manifestaciones. Nadie ha echado en falta ningún matiz que revelara ese algo más de una realidad aceptada e integrada dentro de la normalidad.

El machismo no es nuevo, siempre ha existido. Es cierto que con manifestaciones distintas conforme la sociedad ha sido más crítica con sus manifestaciones, pero esa es una de las trampas de la cultura para impedir llegar al núcleo de la cuestión: hacer la crítica sobre el exceso de algunas expresiones, y no sobre la propia desigualdad. El machismo es la desigualdad, es decir, la estructuración de las relaciones sociales a partir de lo masculino como referencia, y con los hombres en una posición que les permite distribuir los tiempos, espacios y funciones, y dar significado a todo ello para concluir que lo trascendente es lo que ellos asumen, hasta el punto de otorgarse la potestad de decidir y controlar los espacios asignados a las mujeres.

Hace años, los piropos eran cosa de galantes, determinados chistes, de graciosos, la sobreprotección de las mujeres en los espacios públicos, de caballeros... En cambio, hoy una gran parte de la sociedad considera que se trata de conductas machistas. La realidad ha cambiado, pero sólo en su parte más superficial.

En cualquier periodo histórico ha habido violencia contra las mujeres en todas sus manifestaciones, desde el control dentro de las relaciones de pareja a través de las coacciones y amenazas, hasta los homicidios y la violencia sexual. Sin embargo, a pesar de esa objetividad en la diferente intensidad de sus manifestaciones, no ha habido una modificación en la denominación de esas conductas, ni en la de las personas que las realizaban. El lenguaje no ha variado y, por tanto, la realidad que representaba, tampoco. No ha habido ningún sufijo que construyera algo parecido a "machismísimo", "machismón" o "machismazo"..., ni tampoco se ha recurrido al prefijo para hablar de "hiper-machismo", "extra-machismo" o "super-machismo", por ejemplo.

Y no es casualidad.

Las diferentes manifestaciones del machismo no se han denominado de una manera especial porque el machismo lo es todo. Como hemos comentado, siempre se ha jugado con la trampa de hacer creer que el machismo es la expresión inaceptable que supera el umbral de lo admitido en cada momento, de aquello que era considerado normal, gracioso, galante, educado... Pero en realidad, el machismo es la desigualdad en sí misma. Por dicha razón, desde la posición de referencia que da significado a la realidad, los homicidios, las violaciones o las agresiones graves no son tomadas como un exceso de esa normalidad creada, sino como "conductas patológicas" llevadas a cabo bajo el efecto del alcohol, las drogas, los trastornos mentales o la pérdida de control. De ese modo, directamente las sitúan fuera del machismo, no como una parte de él.

No se ha querido, ni se quiere, diferenciar el machismo excesivo, porque hacerlo significa reconocer la normalidad que hace lo mismo, pero con menor intensidad. Aceptar esa situación es reconocer que es ella la que da pie a que se entre en una dinámica de violencia y discriminación que lleva, en los casos que así lo decida el agresor, a las expresiones más graves del machismo.

Todo es machismo, y el machismo lo sabe. Por eso, quienes han tenido la posibilidad de configurar el lenguaje y la realidad no lo han hecho sobre las manifestaciones graves de la violencia machista, a diferencia de lo que ha ocurrido en otros ámbitos, ahora tan de actualidad dentro del fútbol y el deporte, con la denominación "ultra" (aficionados ultras, ultra-derecha, ultra-izquierda...), o al llamar a los más violentos "radicales".

El machismo lo es todo, pero dentro de ese todo hay actitudes, ideas, valores y conductas que forman el ultramachismo, y quienes lo ejercen son los "ultras del machismo". Debemos ser conscientes de esa realidad, porque la trampa está ya tendida para que caigamos en ella y no cuestionemos esta reacción que se está produciendo.

Y la trampa preparada cuenta con una doble estrategia. Por un lado, la de siempre, para presentar las manifestaciones del ultramachismo ajenas a su esencia, y producto de locos, borrachos y drogadictos, de manera que nadie cuestione la realidad que las sustenta a partir de ellas. Y por otro, actuando en sentido contrario. Es decir, jugando a generar un clima de enfrentamiento y agresividad por medio de la incitación al odio a través del lenguaje perverso que instrumentaliza la idea de justicia, igualdad, libertad, dignidad..., para defender posiciones violentas y los privilegios de quienes han ocupado una posición de superioridad que ahora, por primera vez en la historia, ven seriamente amenazada; no por otros abusadores y violentos, sino por la sociedad, por los hombres y mujeres que anhelan la Igualdad como antes se deseó y buscó la Justicia o la Libertad.

Por eso, el ultramachismo tiene dos frentes, al igual que ocurre en otros grupos de ultras, por un lado los que llevan las pancartas y repiten las consignas para mantener el clima de odio y enfrentamiento, la sensación de ataque hacia ellos y la cohesión interna a través de la idea del enemigo común representado en las mujeres; y por otro, los que ejecutan las ideas y pasan a la acción por medio de la violencia directa y las agresiones. El primer frente del ultramachismo es el posmachismo, el cual hace una crítica general a la Igualdad y toma casos puntuales para construir una realidad paralela que presenta a las mujeres como la causa de todos los problemas de los hombres, y a estos como víctimas de las medidas dirigidas a lograr la igualdad y a erradicar la violencia de género. Y desde una aparente neutralidad que habla de que "todas las violencia son importantes", o de un ataque directo que afirma que las denuncias de las mujeres en violencia de género son falsas en el 80% de los casos, que las madres lavan el cerebro a los hijos e hijas para enfrentarlos a los padres, que los hombres se suicidan porque las mujeres les quitan todo... Toda esa estrategia al final logra crear un clima de odio, y captar a muchos hombres que, al escuchar estos mensajes, se sienten atacados tras la separación, o aglutinar a muchos machistas violentos que harán todo lo que esté en sus manos y en sus puños para intentar seguir haciendo daño a sus exparejas.

La realidad es muy distinta y objetiva: 600.000 mujeres sufren violencia de género por sus parejas cada año (Macroencuesta, 2011), entre 60 y 70 mujeres son asesinadas de media, las denuncias falsas, según la Fiscalía General del Estado, representan el 0'010%... y así todos los demás argumentos. Pero da igual, ellos no buscan tanto el impacto fuera de sus filas como el odio y la cohesión dentro de ellas. Por eso les vale la manipulación, porque la mayoría de quienes están con ellos escuchan lo que necesitan oír para darle sentido a su realidad.

El ultramachismo está aquí, y los ultras del machismo andan por todas partes intentando avivar el conflicto, porque en el conflicto se saben fuertes a través de la violencia.

La sociedad ha tomado medidas contra otros ultras. Si no lleva a cabo acciones contra los ultras del machismo será muy difícil que entre tanto odio no surjan hombres que decidan resolver su problema de manera directa por medio de la violencia. Confiemos en que no se minimice lo que ya sucede, y que se implementen medidas para prevenir la violencia de género dejando sin espacio a los ultras del machismo.

Llamemos a las cosas por su nombre, y a los hombres violentos por el suyo. La paz y la convivencia nos va en ello.

Este post fue publicado inicialmente en el blog del autor

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