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Un sociólogo explica la moda de experimentar con el propio cuerpo en redes: "En un mundo incierto, el cuerpo es nuestra carta de visita definitiva"

Un sociólogo explica la moda de experimentar con el propio cuerpo en redes: "En un mundo incierto, el cuerpo es nuestra carta de visita definitiva"

El cuerpo deja de ser únicamente un cuerpo para convertirse en contenido.

Foto de archivo de un adolescente usando el móvil para acceder a redes sociales
Foto de archivo de un adolescente usando el móvil para acceder a redes socialesGetty Images/Matt Cardy

Durante semanas, un joven se graba inyectándose péptidos que prometen regenerar tejidos, mejorar la piel y estimular la hormona del crecimiento. Al otro lado del mundo, otro creador de contenido se sienta frente a una montaña de tacos y trata de ingerir más de 8.000 calorías en menos de una hora. Entre ambos no parece haber nada en común. Uno persigue la optimización del cuerpo; el otro lo lleva al límite del exceso. Pero, en realidad, forman parte del mismo fenómeno: convertir el propio cuerpo en un laboratorio abierto al público.

YouTube y TikTok se han llenado de vídeos protagonizados por personas que deciden experimentar consigo mismas mientras millones de usuarios observan el proceso en tiempo real. Ayunos extremos, dietas imposibles, privación del sueño, dosis elevadas de suplementos, moléculas no aprobadas o desafíos alimentarios que rozan lo absurdo se presentan como experiencias personales con apariencia de ensayo científico.

Los títulos hablan por sí solos: “Solo comí líquidos durante treinta días”, “No dormí durante una semana”, “Probé la molécula más potente para perder grasa” o “Consumí 100.000 calorías en cien horas”. El cuerpo deja de ser únicamente un cuerpo para convertirse en contenido.

Del diario íntimo al espectáculo biológico

No se trata solo de exhibicionismo ni de la búsqueda desesperada de clics. Detrás de estos vídeos hay una transformación más profunda en la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos. Para el sociólogo y economista Guillaume Vallet, quien conversa con el diario Le Monde sobre este tema, el auge de estas prácticas tiene mucho que ver con la incertidumbre contemporánea.

“En un mundo incierto, donde reina la sensación de desposesión, el cuerpo es nuestra carta de presentación definitiva. Por lo tanto, aquello para lo que se crea constituye una demostración, una prueba de lo que queremos ser a los ojos de los demás”, explica.

El cuerpo aparece así como el último territorio sobre el que todavía creemos tener control. Si la economía es inestable, el futuro impredecible y las instituciones generan desconfianza, al menos podemos modificar nuestros hábitos, medir nuestros pasos, contar calorías o documentar una transformación física. El problema es que esa búsqueda de control puede acabar convirtiéndose en una obsesión pública.

El cuerpo como proyecto permanente

Esta tendencia bebe de varias corrientes culturales. Está el legado del culto al rendimiento físico de los años ochenta y noventa, la filosofía del biohacking que promete optimizar la salud y retrasar el envejecimiento, y el movimiento del “yo cuantificado”, que transformó la vida cotidiana en una colección de métricas: horas de sueño, frecuencia cardiaca, niveles de glucosa o número exacto de pasos diarios. Todo puede registrarse. Todo puede mejorarse. Y ahora, además, todo puede retransmitirse.

Ya no basta con correr una maratón o adelgazar. Hay que demostrarlo ante una audiencia. El experimento privado se convierte en una prueba pública de disciplina, resistencia o capacidad de sacrificio.

Entre la ciencia y la improvisación

Muchos de estos creadores presentan sus vídeos con una estética que recuerda a la divulgación científica: protocolos detallados, tablas comparativas, referencias a estudios o seguimiento diario de síntomas. Sin embargo, numerosos expertos alertan de que esa apariencia de rigor puede resultar engañosa.

David Boccara, cirujano plástico y experto de la Agencia Nacional Francesa para la Seguridad de los Medicamentos y Productos Sanitarios, advierte al diario francés citado de que muchos de los productos utilizados carecen de evidencias sólidas sobre su seguridad. 

“El riesgo merece la pena”

Otro elemento que explica este fenómeno es la desconfianza hacia los sistemas tradicionales de salud. Algunas personas recurren a sustancias o protocolos alternativos convencidas de que la medicina convencional no ha sabido dar respuesta a sus problemas.

Otras simplemente consideran que experimentar consigo mismas es un precio asumible a cambio de obtener resultados. En muchos casos, el razonamiento es parecido: todos asumimos riesgos a diario, así que cada individuo debería decidir cuáles está dispuesto a aceptar.

La necesidad de existir ante los demás

El antropólogo David Le Breton cree que estas prácticas también responden a una necesidad profundamente humana: sentirse visto. “Existe un deseo de experimentar bajo la mirada de los demás; es un juego simbólico con la muerte, un intento de existir a los ojos de los demás”, explica.

El sufrimiento, el esfuerzo o el exceso dejan de ser experiencias íntimas para convertirse en pruebas de autenticidad. Uno se somete a inyecciones durante semanas. Otro intenta ingerir miles de calorías. Ambos buscan demostrar algo: que son capaces de resistir. Quizá por eso estos vídeos generan tanta fascinación. Funcionan como una mezcla de reality show, diario personal y espectáculo extremo.

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