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27/06/2014 07:16 CEST | Actualizado 26/08/2014 11:12 CEST

Ana María Matute: el retorno de los unicornios

En esta época de liquidez galopante y de afectos volátiles, Ana María será siempre la abuela que nunca falla, la tejedora de infancias que son patrias, la roca que lidia con el oleaje sin sufrir apenas heridas, la voz de esa otra realidad que no vemos y que con frecuencia es más valiosa.

Desde muy pequeño aprendí que la literatura era una puerta que me permitía el acceso a otros mundos, la mayoría mejores que el mío o, en cualquier caso, algunos, capaces de explicarme lo que del mío no entendía. Desde entonces he ido sumando puertas y voces que me han susurrado al oído la contraseña que me permitía abrirlas. Y he ido distinguiendo entre los escritores y las escritoras que se limitaban a darme la llave, y aquellos y aquellas que me han llevado de la mano por los territorios que habían imaginado. Ana María Matute pertenecía a esta última especie. La descubrí, imagino que como muchos lectores recientes, gracias a Olvidado Rey Gudú. Después fui rescatándola y persiguiéndola, incapaz ya de prescindir de sus duendes del bosque y de las palabras que en ella eran pura artesanía.

En un mundo tan viril como el de los escritores de éxito, y tan patriarcal como el que durante siglos ha sido el de la autoridad que otorgaban las letras, la Matute logró hacerse un hueco a golpe de biografía y de voz capaz de superar largas travesías en el desierto. Fue, para ejemplo de muchos y de muchas, una mujer sólida, con criterio, vehemente incluso, aunque su música fuera la de la ternura y su tacto el exquisito de quien bien sabe que la inteligencia es el mejor arma de seducción. Nada que ver con el ruido dominante en los personajes que hoy son mirados y admirados en esta sociedad en la que no deja de creer el número de idiotas.

Guardaré para siempre en mi memoria su enredadera de pelo blanco, sus blancas camisas, sus ojos inquietos de niña eterna, sus manos en las que siempre parecía sostener una varita mágica invisible. En esta época de liquidez galopante y de afectos volátiles, Ana María será siempre la abuela que nunca falla, la tejedora de infancias que son patrias, la roca que lidia con el oleaje sin sufrir apenas heridas, la voz de esa otra realidad que no vemos y que con frecuencia es más valiosa que la que estimamos importante. Estará siempre en la estantería del cuarto de mi hijo, saltando entre cuentos urdidos desde la contemplación del lector como un ser inteligente. Habitará en el paraíso de unicornios que un día descubrí con ella. En el Reino de Olar donde todavía, a mis años, ando preguntándome quién soy y qué deseo. Resistiéndome a creer que, como ella escribió en el final de una de sus últimas novelas, "los unicornios nunca vuelven".

Es artículo se publicó originalmente en el blog del autor, Las Horas.

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