Cuando la clandestinidad se convirtió en futuro
"El XXX Congreso escenificó públicamente la vuelta de la totalidad de la dirección de la UGT a España".

Algunas fechas señaladas aceleran el reloj de la Historia. Sucedió el 15 de abril de 1976, cuando ugetistas del interior de España y representantes de todas las federaciones del exilio y la emigración de UGT se reunieron en Madrid para celebrar su XXX Congreso. Fue un desafío para la propia organización, para el régimen y contribuyó a modificar rumbos que parecían trazados de antemano y que presagiaban la construcción de un determinado entramado sindical.
En aquellas fechas, todo parecía indicar que la reforma sindical que promovía el Gobierno de Arias Navarro podía tener recorrido. La represión contra los sindicalistas se encontraba en un punto álgido, como respuesta al considerable aumento de las movilizaciones. Los cambios en el Sindicato Vertical auguraban un funcionamiento controlado por el Régimen, con la apertura de algunos espacios de “libertad” para la incorporación de las centrales sindicales. El franquismo sin Franco se resistía a abandonar lo que había considerado la joya de su control social: el corporativismo sindical.
Otras centrales sindicales se sentían fuertes en las empresas y en los centros de trabajo y no despreciaban la posibilidad de utilizar la plataforma del Vertical para, como habían hecho los vecinos portugueses, controlar el aparato institucional y consolidar su ya importante presencia. UGT, que había celebrado XII congresos en el exilio y había entretejido una sólida red de apoyos internacionales, había desarrollado los cambios necesarios durante los primeros años de la década de los setenta para garantizar una futura fuerte implantación en España. Con su profundo respeto a su funcionamiento estatutario y a los procedimientos orgánicos, planeaba celebrar el que sería el último congreso del exilio en la ciudad de Bruselas. Pero algunos líderes de UGT comenzaron a sopesar lo que significaría arriesgarse a celebrar ese congreso en Madrid. Consultaron a las bases sobre esa osadía y el resultado fue, como expresó en su respuesta la sección de Neuss (República Federal de Alemania): “La UGT a Madrid, la UGT a Madrid”.
La vorágine de contactos con las organizaciones internacionales, con las federaciones del exterior y del interior, la búsqueda del local adecuado, los escollos de una Administración dictatorial y todas las actividades derivadas de la organización de un congreso en clandestinidad fueron acometidos con ilusión y en un breve espacio de tiempo.
El líder sindical Nicolás Redondo había sido convocado el día anterior para dar explicaciones ante la Dirección General de Seguridad, pero se solventaron todos los escollos y el 15 de abril de 1976 se inauguró el XXX Congreso en Madrid bajo la consigna “A la unidad sindical por la libertad”. La expectación era máxima. Los “grises” en la puerta no tenían precisamente la función de garantizar la seguridad de los participantes. Por fin, en la confluencia de las calles madrileñas de Almansa y Federico Rubio Galí, en el destartalado restaurante Biarritz, del madrileño barrio de Cuatro Caminos, -casualmente el mismo local en el que se celebró antes de la guerra civil el último congreso de UGT en el interior-, los delegados de UGT volvían a reunirse para celebrar su primer congreso después de la muerte de Franco.
Los esfuerzos habían dado su fruto. Centenares de puños en alto, con la imagen de Pablo Iglesias en el centro de la sala, reivindicaban su pasado histórico.
El XXX Congreso escenificó públicamente la vuelta de la totalidad de la dirección de la UGT a España, una potencia militante que algunos sectores habían minusvalorado y un abrumador apoyo internacional. Un centenar de periodistas presentes dieron altavoz a los más de ochocientos delegados del Congreso y a los más de sesenta representantes extranjeros, que trabajaron al unísono para romper la clandestinidad.
Las resoluciones que se adoptaron marcaron la evolución del panorama sindical en el futuro democrático español. Ninguna decisión respecto al modelo sindical iba a tomarse sin tener en cuenta la opinión de la clase trabajadora en su conjunto y, en esa opinión, la Unión General de Trabajadores constituía una voz fundamental. La nueva Ejecutiva elegida, encabezada por su secretario general, Nicolás Redondo, sería la encargada de que esa voz se escuchara con nitidez. Hace cincuenta años, los afiliados de la Unión General de Trabajadores iniciaron, con su audacia, el camino ya sin retorno hacia la libertad sindical.
