Daños colaterales
Como si rechazar esta enésima ruptura de lo que queda en pie del maltrecho Derecho internacional fuese "defender a los ayatolás" y su tiranía en Irán y sobre los iraníes, especialmente sobre ellas, las mujeres iraníes.

La "extracción" de Maduro (y de su esposa) de su residencia en Caracas —eufemismo con que se describe su secuestro ilegal— se cobró, conforme a la información disponible, más de un centenar de vidas entre quienes tenían encomendada la misión de protegerle (la mitad de ellos, cubanos; la otra mitad, venezolanos). "Daños colaterales" (Collateral Damages), es la expresión que despacha tal coste humano con gélida displicencia, como si de cosas o reses se tratase.
La operación, nada “quirúrgica”, por la que darle muerte al “líder supremo” de la "Revolución iraní" —eufemismo que refiere la posición de Alí Jamenei (sucesor de Khomeini), 38 años de poder absoluto en la opresiva teocracia iraní— asumió acabar con la vida de centenares de personas, incluida la familia (hija y nieta, entre otros) del ayatolá asesinado. "Daños colaterales", apenas una nota a pie en la ofensiva pretextada como "ataque preventivo".
Que los EEUU (CIA) aleguen que el régimen iraní se hallaba "a una sola semana" de disponer del arma nuclear engrosa el historial de argumentos demostradamente falsos con los que ha encubierto anteriores agresiones ("armas de destrucción masiva" en Irak; War on Terror en Afganistán). "Daños colaterales" que, muchas veces en la historia, se han llevado por delante la línea que diferencia la mentira de la verdad, que, como es conocido, es la primera víctima en la conflagración armada.
La coyunda de sangre y fuego en la que la presidencia Trump y el Gobierno israelí de Netanyahu han embarcado al mundo, en una espiral sin guion previo ni "estrategia política" reconocible respecto del país atacado —Irán, actor regional con un territorio que suma los de los tres Estados miembros de entre los más grandes de la UE, con 93 millones de habitantes—, con todas sus consecuencias todavía impredecibles pero sin duda negativas para la estabilidad regional y la seguridad global, exhibe ya un inasumible "daño colateral".
Ese "daño colateral" exige, a quienes ostenten responsabilidades políticas sobre una ciudadanía sobrecogida por el temor y la ansiedad ante los desarrollos bélicos a los que podamos abismarnos, que "elijan bando".
Como si rechazar esta enésima ruptura de lo que queda en pie del maltrecho Derecho internacional fuese "defender a los ayatolás" y su tiranía en Irán y sobre los iraníes, especialmente sobre ellas, las mujeres iraníes. Como si condenar ese régimen opresivo y la represión cruel de quienes con coraje se manifiestan en las calles, arriesgando cárcel, pena capital o muerte extrajudicial, equivaliese a condonar cualquier intervención militar carente de cobertura en la legalidad internacional, e incluso, como es el caso, contraria al propio Derecho constitucional de los EEUU, cuya Constitución de 1787 reserva al Congreso (bicameral) la autorización para hacer la guerra. Y es de "guerra" de que hablan Trump, su ministro “de la Guerra” (War Secretary) y el PM Netanyahu.
"Daño colateral" es también forzar a los terceros actores —especialmente sangrante el caso de quienes invocan "vocación de relevancia" en la gobernanza global, a la que aspira la UE— a someterse a ese debate entre la implacable prueba de la coherencia moral y ese detestable "doble rasero" (Double Standard) en el que se despeña toda credibilidad del discurso alineado con "el agresor frente al agredido" y la "proporcionalidad y legalidad" de la respuesta frente a cada agresión.
Si ese discurso funciona con Ucrania frente a Putin, con 20 paquetes de sanciones e ilimitado apoyo humanitario ("Directiva de Protección Temporal" para 11 millones de personas desplazadas desde Ucrania hacia la UE), financiero (SAFE, 15.5000 millones para la Defensa de la UE e Ucrania frente a Rusia; Ukraine Facility, 33.000 millones en préstamos a Ucrania) y militar (armamento, munición, inteligencia). Así pues, si esto ha funcionado en Ucrania, son muchos quiénes denuncian por qué no lo ha hecho ante el Genocidio en Gaza o en el rechazo explícito a agresiones militares contra países reconocidos en la comunidad internacional —sea Venezuela, sea Irán—, con el declarado propósito de deponer o derrocar gobernantes despreciables por la fuerza de las armas y las bombas.
Porque sí, los EEUU pueden, y sólo porque puede lo hace, cualquiera puede preguntarse qué razonamiento oponer, con mínima consistencia intelectual y moral, ante cualquiera que imponga su voluntad desnuda simplemente porque crea que su fuerza militar le avala para aplastar regímenes que contradigan o incomoden sus intereses estratégicos cubiertos bajo la logomaquia de "amenaza existencial".
"Daño colateral" es, en definitiva, el descarrilamiento de la autoridad y legitimidad de un orden internacional basado en reglas de general aceptación y aplicación asegurada por una arquitectura compartida de obligaciones y responsabilidades en caso de su violación.
Eso es el Derecho internacional que enseñamos en las Facultades de Derecho: un ordenamiento jurídico dimanante de fuentes específicas; Resoluciones de la Asamblea General de la ONU y de su Consejo de Seguridad, Tratados, Convenios y Acuerdos válidamente celebrados conforme a la codificación del Derecho de Tratados, Convenios de Viena de 1969, principios internacionales de ius cogens y costumbre internacional en la generación de obligaciones y responsabilidades.
"Daño colateral" de incalculables proporciones es exactamente eso a lo que asistimos: la voladura, la explosión dolosamente dinamitada, de todas las estructuras y hechuras de la confianza ciudadana en reglas de convivencia entre Estados reconocidos en la comunidad internacional, con fronteras estables, rechazo a la guerra de agresión, y con la diplomacia (y en su caso el arbitraje o la Justicia internacional) como herramienta de resolución de disputas.
"Fuerza bruta", "Ley del más fuerte, que es la Ley de la selva", remedo de ese estado hobbesiano (monstruoso Leviatán) que creíamos superado en el curso de los acontecimientos humanos, ese mismo con que arranca la Declaración de Independencia de los EEUU de 1776.
