Derecha y extrema derecha: una clara incompatibilidad
"La fórmula que María Guardiola persigue, de equilibrio y punto medio entre los dos aspirantes a socios de gobierno, será muy difícil de encontrar por la sencilla razón de que no existe".
Las vacilaciones ideológicas de María Guardiola en Extremadura, precisamente en la fase actual de formación de un nuevo gobierno que tan solo podría formase -si no variasen las condiciones actuales– mediante un pacto explícito o tácito entre el Partido Popular y VOX sirven perfectamente para iluminar la franca incompatibilidad existente entre la derecha liberal, que se declara heredera de la Revolución Francesa y coautora de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y la extrema derecha, que es en realidad una reviviscencia de las ideas totalitarias y reaccionarias que se pusieron a la cabeza de los horrores hitlerianos de la Segunda Guerra Mundial, con el saldo dramático de unos 60 millones de muertos -dos tercios de los cuales eran población civil- y el asesinato a sangre fría de seis millones de judíos y miembros de otras minorías étnicas en el horripilante Holocausto.
Las vacilaciones de Guardiola, anhelante de poder pero también de preservar en lo posible su imagen pública, han versado esta vez sobre el feminismo. En su deriva ha llegado a abrazar verbalmente el feminismo de VOX. Y la realidad es que, aunque como es obvio la causa feminista tiene muchos matices, usan su nombre dos posiciones simples que se contradicen y que son por tanto incompatibles entre sí: una de ellas responde a una visión reaccionaria de la femineidad que convierte a la mujer en siervo del varón y la condena a reducir su actividad a las relaciones familiares, sin ingresar en el mercado laboral ni mantener una vida social propia –“la mujer en casa con la pata quebrada”; la otra posición aboga por la igualdad de géneros, que no solo ha de reconocerse sino que debe promoverse para que la mujer y el hombre tengan igualdad de oportunidades ante la vida. Lógicamente, esta visión madura de la igualdad de sexos se vincula al reconocimiento de una variedad libérrima de géneros, más allá de antiguos estereotipos y tabúes.
Aunque, como digo, esta distinción primordial, previa a cualquier política, está cargada de matices, es inexorable en política hacer una primera elección entre las opciones políticas liberales, centradas en la autodeterminación personal de los ciudadanos y en la plena igualdad de derechos entre todos ellos, con abstracción del género, la raza y las creencias, y la aceptación de los viejos cánones reaccionarios, que muchos entresacan de los mandatos bíblicos, que reducen a la mujer a un mero complemento instrumental del varón.
No hace falta decir que abrazar, como ha hecho Guardiola, el “feminismo de VOX”, es un dislate. La extrema derecha europea rechaza el concepto, como condena en la práctica la diversidad sexual, a pesar de que en ocasiones haga oportunistas concesiones para parecer más atractiva y atraer de paso a quienes terminarán siendo víctimas de su intransigencia inquisitorial.
Así las cosas, pierden el tiempo los sectores de la derecha que pretenden una alianza entre el PP y VOX que permita a ambos actores ir de la mano como si sus convicciones sobre los asuntos esenciales del debate fueran conciliables o semejantes. Es decir, como si pensaran parecido sobre el papel de la mujer en el concierto social, sobre la integración de inmigrantes que son víctimas de una persecución o buscan una oportunidad económica que les permita salir de la miseria, sobre la necesidad o no de avanzar en la lucha contra el cambio climático para evitar que el planeta acabe siendo destruido, sobre el papel del Estado que los unos quieren fuerte y autoritario para que pueda imponer los dogmas en tanto los otros desean que sea asistencial y capaz de redimir a los peor instalados en un marco de solidaridad y justicia social.
Resumiendo por tanto el dilema, la fórmula que María Guardiola persigue, de equilibrio y punto medio entre los dos aspirantes a socios de gobierno, será muy difícil de encontrar por la sencilla razón de que no existe. Y esta realidad ha sido descubierta hace tiempo por otros países europeos. Hay que repetir una vez más que Alemania, por ejemplo, conoce por triste experiencia propia cuáles son las cuadernas del armazón del fascismo (en España también hemos disfrutado de un régimen hermano durante casi cuarenta años), y la consecuencia es la negativa radical de la derecha democrática a pactar con Alternative für Deutschland (AfD). Esta actitud, que ningún verdadero demócrata debería cuestionar, obliga a los partidos alemanes a suscribir pactos transversales de gobierno. La socialcristiana Angela Merkel firmó cuatro coaliciones con e socialdemócrata SPD y en la actualidad el centro derecha de Friedrich Merz, presidente de la CDU y canciller de Alemania, gobierna el país también en gran coalición, mientras el nuevo líder del SPD, Lars Klingbeil, ostenta la vicecancillería.
Es evidente que no sería fácil en España formalizar un gobierno entre el PP de Feijóo y el PSOE de Sánchez, pero nadie está autorizado a decir que es imposible porque hay claros ejemplos de ello, como acaba de verse. De cualquier modo, la opción a la que debe enfrentarse el Partido Popular de Feijóo es si claudica y abraza las intolerables pretensiones de VOX, o si se niega frontal y definitivamente a someterse al neofascismo, a participar en un régimen del estilo del que actualmente gobierna Hungría o Eslovaquia. Países, por cierto, que acaban de recibir la visita amable y protocolaria del Secretario de Estado de Donald Trump, hoy vergonzantemente reconvertido en el líder mundial de los neofascistas.
El HuffPost no se hace responsable ni comparte las opiniones expresadas por los autores o colaboradores de esta publicación.