'El escondido y la tapada', comedia, amor y juventud
Jóvenes intérpretes liderados por profesionales experimentados poniéndole color, gracia y sabor a los versos de una comedia amorosa escrita por Calderón.

El escondido y la tapada, comedia – sí, comedia – de Calderón de la Barca, es la confirmación de que el proyecto de La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico está justificado. Entrar en dicha compañía es duro, nada fácil y muy competitivo. Pero edición a edición aumenta el número de solicitudes. Por razones crematísticas, ya que asegura durante el tiempo formativo un salario. Pero, también, porque asegura una buena formación para aprender o mejorar en la interpretación de los clásicos, que incluye llevar a la práctica esas enseñanzas con buenos profesionales.
Esta vez, ha sido de la mano de la dramaturga Carolina África, que ha versionado el texto haciéndolo cercano, de Beatriz Argüello, que la dirige con buen ojo, y de un asesor en la dicción de verso como es el actor Ernesto Arias, haciendo que parezca que se habla así o se podría hablar así de forma habitual y corriente.
Entre estos profesionales y el joven elenco han sabido dar aire a esta comedia de enredo amoroso. Un aire que hace disfrutar, y mucho, al público, entre otras cosas porque han encontrado la manera de hacer inteligible el verso, desde el momento que comienza la función, y una trama en la que abundan espacios, pero, sobre todo, personajes y las relaciones cruzadas que se establecen entre ellos.

La historia es una historia de amores no correspondidos y, también, no queridos por los familiares de las dos parejas de enamorados que protagonizan la obra. Entre otras cosas, porque media un asesinato. Es verdad que, en un lance callejero de los que se estilaban en el Siglo de Oro entre caballeros con el objetivo de defender el honor (de una mujer). Es este asesinato lo que hace que el asesino se tenga que esconder. Y es este asesinato, lo que hace que la que le quiere, que no es la mujer de la que el asesino está enamorado, se tenga que tapar.
El primer acierto de esta producción es haber mantenido la obra en la época en la que se escribió. No hay actualización de personajes y se mantiene la vestimenta de época. De hecho, son ellos los que darán color y sabor a la función, pues la escenografía que representa las habitaciones de las casas, hechos en bloques que se pueden mover, girar o combinar, y el resto de los elementos son de un color beige neutro que destacan en la caja negra del escenario. Esta es la primera clave, porque pone el acento en lo que en esta producción cree importante: la palabra, cuidada al máximo, y en cómo decirla y hacerla en escena. Es decir, en el trabajo actoral.

¿Se le puede poner algún pero a dicho trabajo? Si uno se pusiera pejiguero, se podría decir que a los que hacen de padres y personajes de más edad les falta como avejentarles un poco en aspecto y en formas y maneras para marcar la diferencia de edades. Y eso que esta producción no ha caído en el error de ponerlos con bastones, temblorosos y encorvados arrastrando palabras y haciéndoselas temblar. Evitando toda falsedad con las que se suelen interpretar a las personas mayores en escena últimamente. Estos personajes, que no son tan mayores, son activos incluso en el amor, o eso se deja intuir en el montaje.
Otro pero podría ponérsele a que se alarga en demasía la trama. Estirando el chiste y el juego entre a quién se esconde y a quién se tapa. Lo que hace que haya algún que otro momento, sobre todo en su parte central o un poco más adelante, en la que decae o pierde ritmo con el riesgo de perder a parte del público. Un ritmo ágil y cambiante que, por otro lado, es difícil de mantener en una comedia que dura una hora y cuarenta y cinco minutos.
Un aspecto que de alguna manera se compensa por la belleza del verso. En sus juegos y combinaciones de palabras, sus rimas y su musicalidad. Muchas veces usadas con la intención de decir más allá de lo que se sacaría de una lectura superficial, es decir, con subtexto, acerca de a quién se quiere, porque se quiere a esa persona y lo que se está dispuesto o dispuesta a hacer por ese amor, las dudas. Un amor mediado, a veces por sentimiento y otras por puro pragmatismo.

Aunque no hay que preocuparse por si estas reflexiones se ponen intensas. En ese momento entrarán los criados y con sus comentarios aligerarán la comedia. Cuando no lo hace la simple situación que Beatriz Argüello, con la colaboración del elenco, juega con alegría y sabiduría de la que fue cura antes que fraile. Es decir, que de la que ha sido actriz, y una actriz que ha hecho muchos clásicos con grandes profesionales, antes de pasarse a la dirección de escena.
El resultado de todo este trabajo es una comedia hecha para pasarlo bien, sí, pero también para hacer que se escuche a Calderón y sus reflexiones o pensamientos acerca del sentimiento amoroso. Y se le escuche con risas y gracia, que ya se sabe que es la mejor manera de hacer que la letra, el texto, entre. Parece que el público que asiste coge este guante, porque ríe, se mantiene atento a lo que pasa en escena y al final se levanta y aplaude. No es de recibo, esta producción, sin ser complaciente, sin jugar a pan y circo, sabiendo que tiene un clásico entre manos, está hecha del mejor modo para que el respetable disfrute, salga alegre y contento.
