El proyecto Rufián
Es inútil que los portavoces de IU, de Sumar, de Compromís o de Podemos, entre otros, aduzcan argumentos conceptuales para justificar su negativa al pacto en una única formación.
Cuando en junio de 2019, un treintañero llamado Gabriel Rufián, catalán de raíces andaluzas y sin embargo pacíficamente independentista, ocupó el cargo de portavoz del Grupo parlamentario republicano en el Congreso de los Diputados, sustituyendo al pacífico Joan Tardá, cundieron la sorpresa y el escepticismo. Pero aquel joven descarado de lengua viperina frecuentaba muy a menudo los espacios del sentido común y se hizo poco a poco un lugar prominente en el hemiciclo, sin que en ningún momento perdiera el sentido de la orientación: representaba a un partido catalán antiguo cuyo líder ha estado en la cárcel hasta hace poco por haber participado en la nada edificante intentona independentista del 11 de octubre de 2017, aunque, tras haber sido indultado, parece claro que su disposición actual es la de mantener sus creencias en el espacio realista de la constitucionalidad. Rufián, al decir hace poco que se sentiría muy honrado si en alguna ocasión recibiera el encargo de representar los ciudadanos de Algeciras, por ejemplo, consolidaba su imagen liberal y abierta, capaz de participar totalmente y sin reservas en la fiesta de la democracia española por el procedimiento del diálogo y el consenso.
Tal ha sido el derroche de sinceridad, buen sentido y franqueza del parlamentario Rufián que hoy día es uno de los más, si no el que más, populares de la cámara. Rufián siempre tiene ocasión de lanzar a su auditorio las verdades del barquero, que suelen coincidir con las demandas sociales que tan a menudo son ignoradas por los teóricos grandes actores. Rufián, en fin, se ha convertido en un demoledor líder social, que domina las redes con inteligencia, que sepulta con inclemencia la estupidez, que confronta a los tontos con sus propias contradicciones, que recuerda de vez en cuándo para qué están estos señores reunidos tan frecuentemente en los fastuosos locales de la Carrera de San Jerónimo, frente al hotel Palace.
Rufián es lógicamente consciente de cuál es su posición —solo los necios tienen la facultad de levitar— y en este momento crítico del proceso democrático español, cuando asistimos al acceso inquietante de VOX mientras declinan de forma ya indisimulable los dos grandes partidos del viejo bipartidismo, ha dicho con su ironía habitual lo que procedía: que algo habrá que hacer. Pese a las evidencias tendencias apuntadas, y aunque estemos a un paso de que alguno cometa la blasfemia democrática de proponer un tándem formado por Feijóo y Abascal al frente del Gobierno, todas las formaciones de izquierdas situadas a babor del PSOE han acudido desunidas a las urnas a aragonesas. Hemos tenido que asistir al bochornoso espectáculo de un debate preelectoral, moderado con su infinita sabiduría por Xabi Fortes, en el que aparecieron nada menos que ocho candidatos. Es decir, ocho capitanes de otros tantos chiringuitos. La división de la izquierda en una coyuntura tan resbaladiza formaba un paisaje surrealista.
Esta es la gran cuestión en este momento. Es inútil que los portavoces de IU, de Sumar, de Compromís o de Podemos, entre otros, aduzcan argumentos conceptuales para justificar su negativa al pacto en una única formación. Ya se sabe que son fuerzas diferentes, pero también habría que saber que han pasado los tiempos en que una fuerza solo actúa políticamente cuando puede cumplir escrupulosamente todo su programa. En un régimen pluripartidista, tanto las decisiones de poder como las de oposición tiene que pactarse, y ningún actor está en condiciones de reclamar que todos sus “principios fundamentales del movimiento” han de regir por alguna razón, más de índole sagrada que civil.
En el aquí y el ahora españoles el escándalo no es que los partidos mitiguen el alcance de sus programas para conseguir consensos estabilizadores sino que los muy numerosos problemas de los españoles no encuentren solución porque no se consiguen las mayorías necesarias para hacerles frente. Por decirlo más claro, el particularismo insistente de Podemos en Aragón queda absolutamente en ridículo cuando, después de verter tanta vehemencia en defender su viaje en solitario, ha de terminar reconociendo que ha sido incapaz de obtener escaño alguno.
Rufián es la persona que mejor dice estas cosas. Y él mismo sería capaz de ponderar si el intento aglutinador le necesita al frente o basta con su impulso para que la tentativa tenga éxito. Lo cierto es que produce una gran decepción ver cómo los ya citados chiringuitos de la izquierda menguan día a día mientras el fantasma del fascismo va agrandando su sombría dimensión en el horizonte.