El verano que conocimos ya no existe
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El verano que conocimos ya no existe

"Nuestro país, nuestras ciudades, nuestras casas, están diseñadas para un clima que ya no existe. Y tenemos la obligación de reinventarnos". 

Un termómetro apunta a 45 grados en pleno centro de MadridNurPhoto via Getty Images

Hace tiempo todo el mundo sabía cómo rebobinar una cinta VHS. Era un conocimiento práctico, casi universal. En 2026 no es que se nos haya olvidado pero ya no resulta muy útil. El mundo ha cambiado y lo que antes nos facilitaba la vida hoy resulta inservible. Algo parecido pasa con las estaciones del año porque el verano que conocíamos ya no existe.

No es una cuestión de nostalgia, ni melancolía. Tampoco es que antes todo fuera mejor, qué va. Se trata de una constatación mucho más incómoda: todo lo que aprendimos sobre el verano ya no sirve. Se ha quedado obsoleto. Ya no está claro ni cuándo empieza ni cuándo acaba. Los récords de temperatura se pulverizan cada día y el impacto en nuestra vida cotidiana no se parece, ni por asomo, al de hace unas décadas.

El verano ha mutado de forma traumática. El imaginario colectivo que construimos durante generaciones ha saltado por los aires. El verano era una promesa, un estado de ánimo de los buenos. Ya no evoca sobremesas interminables, horarios relajados, piscinas, terrazas y cierta suspensión temporal de las obligaciones. Ahora, desgraciadamente, cuando escuchamos la palabra verano, lo primero que nos viene a la cabeza es otra cosa. Horas dando vueltas en una cama cada vez más empapada en sudor, asfalto hirviendo, vagones de metro irrespirables, calles desiertas sin una sola sombra, aulas convertidas en saunas…

Ojalá fuera una anomalía. Un año malo en los registros. Me temo que no. Nos enfrentamos a una nueva normalidad: calor extremo que llega antes, dura más y es más intenso. Un hattrick de desesperación. Para que nos hagamos una idea: en 2014, la televisión francesa TF1 se atrevió a imaginar cómo serían las olas de calor que azotarían Europa en 2050. No ha hecho falta esperar a mitad de siglo ni recurrir a la ciencia ficción. El mismo mapa de calor que proyectaron para el continente es el que vemos estos días en cualquier parte meteorológico. Un tsunami térmico que golpea a una Europa que no está preparada ni material, ni económica, ni psicológicamente. Y España no es una excepción.

La distopía ya está aquí y llegó antes de tiempo. El pasado mayo, ¡mayo!, hubo más de 100 muertes asociadas directamente al calor. La cifra más elevada desde que hay registros. Aún en primavera y el calor ya estaba haciendo estragos. Y en los cuatro primeros días de verano, la primera ola de calor se cobró 212 vidas, según el Instituto de Salud Carlos III.

Además del evidente problema de salud pública -en verano muere más gente por calor que por accidentes de tráfico- la subida constante y extrema de las temperaturas pone patas arriba nuestras vidas. Y lo hace entendiendo de barrios, códigos postales, contratos de alquiler y clase. El calor maltrata especialmente a quienes solo tienen su trabajo para salir adelante. Provoca desde problemas de convivencia -la falta de descanso nos vuelve más ariscos e irritables- hasta pérdidas económicas, caída del rendimiento académico, ansiedad…

No es un poco más de sudor o incomodidad. El nuevo verano amenaza directamente nuestra forma de vida. Y las previsiones no las firma un colectivo ecologista radical, las firma la Fundación de la aseguradora AXA en su informe sobre adaptación climática. Madrid se juega perder un 20% de su PIB y transformarse climáticamente en Marrakech, encadenando dos meses con sensaciones térmicas superiores a los 33ºC y sumando 62 noches tropicales más al año.

Nuestra manera de entender la educación, el trabajo, el descanso, el tiempo libre e incluso el espacio público ya no sirven. Todo está en jaque. Porque nuestro país, nuestras ciudades, nuestras casas, están diseñadas para un clima que ya no existe. Y tenemos la obligación de reinventarnos. La única buena noticia es que el daño absoluto no es un destino inevitable. Si este nuevo verano es hijo del cambio climático, nieto de décadas de emisiones descontroladas y el resultado de un modelo económico que ha tratado a la atmósfera como un vertedero gratuito, ahí es donde hay que meter mano.

Toca electrificarlo todo. Mejor ayer que mañana. Nos hará más libres, menos dependientes de la industria fósil y más limpios. A la vez hay que reverdecer las ciudades. Aplicar la regla 3-30-300: que cualquiera pueda ver, al menos, tres árboles desde su ventana, vivir en un barrio con un 30% de cubierta vegetal y tener una zona verde a menos de 300 metros de su casa. La sombra y los parques no son caprichos estéticos, son infraestructuras climáticas. También debemos democratizar el confort térmico, que el aire acondicionado asequible no sea solo una aspiración sino una realidad para millones de familias. Necesitamos construir redes de refugios climáticos y adaptar las viviendas para que dejen de ser trampas térmicas y vuelvan a ser hogares donde poder hacer algo más que sobrevivir a duras penas. Todo pasa por entender que el fresquito no puede ser un privilegio del mercado, tiene que ser un derecho civil, universal y accesible

El verano que conocimos ya no existe, es verdad. Pero el que viene no está escrito del todo. Aún estamos a tiempo de decidir si será una condena colectiva o una realidad habitable.

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