Europa, el último dique
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Europa, el último dique

"Sigue siendo el único gran espacio político que intenta limitar el poder, proteger a los más débiles y evitar que la fuerza sea el argumento final".

Donald Trump durante su intervención en el Foto de Davos, en Suiza.GIAN EHRENZELLER vía EFE

Europa no está de moda. Nunca lo ha estado del todo. No promete victorias rápidas ni fabrica líderes providenciales. Funciona a base de equilibrios, procedimientos y límites. A veces incluso se equivoca, como en la reciente votación sobre el acuerdo UE–Mercosur, donde acabó enviando un mensaje de desconfianza a una región que debería ser su aliada geopolítica natural. Pero, aún con sus errores, Europa sigue siendo un poder que desconfía de sí mismo. En un mundo que vuelve a admirar al que impone, esa desconfianza parece debilidad. En realidad, es una rareza política cada vez más escasa.

España cumple este año cuarenta años dentro de la Unión Europea. Entró en 1986 cuando Europa era sinónimo de estabilidad, normalización democrática y horizonte compartido. Hoy permanece cuando Europa ya no promete futuro, sino resistencia. No es una historia épica. Al contrario, es un modelo adulto de responsabilidades compartidas. Y conviene recordarlo ahora, cuando el mundo vuelve a comportarse como si las reglas fueran un estorbo y no un salvavidas.

El cambio de época, aparentemente ineludible ya, se percibe con claridad en Davos. Allí se enumeran riesgos globales con la serenidad de quien ha asumido que ya no controla el tablero. El deterioro de la posición internacional de Estados Unidos ha dejado de ser una hipótesis académica: es un hecho visible. La vuelta de Donald Trump lo ha acelerado todo. Alianzas tratadas como transacciones, amenazas normalizadas, reglas convertidas en moneda de cambio. El poder ya no se disfraza de liderazgo moral o relato legitimador: se exhibe como fuerza bruta, en la versión más decadente posible.

No nos engañemos, Trump no es solo un dirigente estridente. Es el síntoma de una concepción autoritaria del poder que desprecia los contrapesos y considera la ley un obstáculo. El desgaste institucional interno en Estados Unidos corre en paralelo a su despliegue externo. En Davos quedó claro: ausencia de aliados tradicionales, discursos defensivos y un vacío que otros se apresuran a ocupar. Por otro lado, China no se presenta como benévola, sino como previsible, una cualidad que gana valor cuando la arbitrariedad se convierte en método.

En este contexto, Groenlandia se ha convertido en símbolo. El deshielo abre rutas, expone recursos y redefine equilibrios estratégicos. Es decir, el territorio deja de ser espacio político para convertirse en activo. Quiere esto decir que el siglo XXI, que evidentemente no ha inventado el imperialismo, lo ha hecho más técnico y más frío. Así pues, ya no hacen falta banderas: bastan contratos, presión económica y control tecnológico. Lo que vuelve no es el pasado, sino una versión optimizada de la política de poder.

Entre tanto, Europa observa este mundo con una mezcla de desorientación y aprendizaje forzado. Durante décadas creyó que la interdependencia produciría moderación, que el comercio generaría convergencia y que la racionalidad acabaría imponiéndose. Hoy sabe que no. El orden internacional basado en reglas no se derrumba con estrépito: se vacía cuando se aplica de forma selectiva. Mientras se conserva el lenguaje, se abandona la práctica. Y esa incoherencia es lo que erosiona la credibilidad del sistema.

Ese diagnóstico ya no es solo de élites. Las encuestas Eurobazooka de Le Grand Continent muestran un giro profundo en la opinión pública europea. Una mayoría considera hoy que Estados Unidos se ha convertido en un factor de incertidumbre más que de protección. Más de la mitad cree que Europa debe confiar principalmente en sí misma para garantizar su seguridad. Y una proporción abrumadora interpreta cualquier intento de acción militar sobre Groenlandia como una agresión contra Europa en su conjunto. No es antiamericanismo. Es realismo cívico.

Por eso el Consejo Europeo ya no discute solo de mercado interior o crecimiento. Discute de defensa, de energía, de autonomía estratégica. No por entusiasmo ideológico, sino por necesidad. En consecuencia, Europa ha entendido que sin capacidad no hay valores que proteger. Ser europeísta hoy no es ser ingenuo. Es asumir que limitar el poder exige, paradójicamente, disponer de poder. Que la norma sin respaldo es retórica.

Las declaraciones del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras el último Consejo Europeo apuntan en esa dirección: más inversión común, soberanía tecnológica y capacidad de actuación conjunta. No como repliegue, sino como condición para seguir siendo una Europa abierta. La paradoja es evidente: solo una Europa más fuerte puede permitirse seguir creyendo en las reglas.

Veamos cómo aparece aquí la tensión central de esta nueva era imperial: Estados Unidos presiona, Rusia agrede, China expande su influencia. Y Europa, atrapada entre gigantes, debe decidir si acepta la irrelevancia o asume su propia autonomía. Dominique de Villepin lo ha formulado sin rodeos: o soberanía europea, o sumisión. Fingir normalidad sería la peor estrategia.

Ya en lo doméstico, España debería entender bien esta lección. Europa no fue para nosotros un atajo ni una concesión. Fue una disciplina exigente que nos estabilizó, nos obligó a cumplir y nos dio una voz que solos no habríamos tenido. Hoy, cuando algunos presentan a Europa como un problema, conviene recordar que para muchos sigue siendo un refugio. Igual que lo fue para España hace cuarenta años.

Europa es lenta, compleja y a menudo frustrante. No responde bien a los impulsos ni a los atajos. Pero sigue siendo el único gran espacio político que intenta limitar el poder, proteger a los más débiles y evitar que la fuerza sea el argumento final. Sigue siendo un faro en el que los derechos humanos, el estado de derecho y la concepción social de la vida mantienen un nivel decente de salvaguarda. En un mundo que vuelve a creer en los imperios, defender Europa no es nostalgia. Es realismo. Y quizá la última forma razonable de rebeldía democrática.

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Vicente Montávez es portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en la Comisión Mixta para la Unión Europea y diputado por Madrid.

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