La caída de Rusia
"Rusia ni siquiera está en condiciones de mantener el conflicto ucraniano, por lo que no puede dedicar esfuerzo alguno a otros menesteres estratégicos"

El 24 de febrero de 2022, Putin daba un paso decisivo en su confrontación con la Unión Europea al iniciar la invasión de Ucrania alegando derechos históricos. Los mismos que había exhibido en 2014 para adueñarse de Crimea, un antiguo regalo de Stalin a Kiev. El entonces presidente norteamericano Biden salió inmediatamente a recabar toda la ayuda occidental para que los ucranianos organizasen su defensa. Con tanto éxito que, aunque Putin consideró que aquella operación militar sería cuestión de días o de semanas, la realidad es que todavía dura un encastillado empate técnico y que la gigantesca Rusia sigue mostrando su impotencia en el desigual combate que mantiene con un pequeño país centroeuropeo.
El precio que ha debido pagar Rusia por tal agresión es alto. La comunidad internacional ha dado la espalda a Moscú, y tan solo Corea del Norte le ha prestado un apoyo tangible aunque lógicamente limitado en armas y en efectivos. Las ayudas que Putin ha recibido de China y de la India han sido en todo caso discretas y vergonzantes, ya que los dos países más poblados de la tierra tienen objetivos muy complejos que no quieren frustrar al respaldar absurdas pretensiones de Moscú.
El impertinente Trump, poco partidario de fortalecer el vínculo trasatlántico y de afianzar una OTAN falta de recursos, muestra mucho menos entusiasmo que Biden en el auxilio que los países occidentales prestan a Ucrania pero está encantado con las sanciones impuestas a Rusia, que reducen la potencia objetiva del país, retardan su desarrollo y lastran sus avances en tecnología.
Además, en la práctica, las políticas implementadas por Trump están aislando a Rusia hasta el punto de comprometer la estabilidad de la que fuera ‘gran potencia’ y hoy se inscribe en el capítulo paupérrimo del tercer mundo.
El aislamiento de Rusia es además creciente. En la madrugada del domingo 8 de diciembre de 2024 se produjeron la caída de Damasco y el fin la dinastía de los Asad en Siria, un país históricamente asociado a Rusia. La única ayuda real de Moscú a sus antiguos aliados fue brindarles refugio en el exilio (Bachad Háfez al-Hásad y su familia son vistos de tanto en cuanto callejeando por Moscú). Putin no levantó la voz ni hubo un gesto de contrariedad.
Ya en el verano de 2025, Israel, embarcado en el genocidio contra Gaza, encontró tiempo, ánimo y fuerza para lanzar un ataque aéreo sobre Irán, un aliado de Moscú. En mayo, el OIEA había advertido de que Irán había aumentado drásticamente sus reservas de uranio enriquecido al 60%, apenas por debajo del grado necesario para fabricar armas nucleares, llegando a más de 408 kilogramos, un aumento de casi el 50% desde febrero. La agencia advirtió que tal cantidad bastaba para dotar múltiples armas nucleares si se enriquecía un poco más. Y el 22 de junio, bajo el nombre en clave Operación Martillo de Medianoche (Operation Midnight Hammer), bombarderos y submarinos estadounidenses atacaron la planta de enriquecimiento de uranio de Fordow, la instalación nuclear de Natanz y el Centro de Investigación y Tecnología Nuclear de Isfahán. Rusia protestó pero no movió un dedo. Como es sabido, Washington se prepara para intervenir para facilitar la caída del régimen de los ayatolás, en tanto Moscú observa impertérrito y silente.
El último paso efectivo en esta escalada contra los aliados de Moscú sido el dado en Venezuela. Los presidentes Putin y Maduro han sido considerados aliados ideológicos y socios económicos y, junto a Cuba y Nicaragua, formaban la punta de lanza de la influencia rusa en el área del Caribe. Venezuela es el país con más reservas petrolíferas del mundo y, pese a la carencia de tecnología que le impide explotarlas eficientemente, el petróleo venezolano podía aliviar las sanciones internacionales contra Moscú. El 3 de enero, en una operación milimétrica del Ejército USA, Maduro y su esposa eran secuestrados y conducidos a territorio norteamericano para responder por presuntos delitos de narcotráfico. La situación no está resuelta ya que Washington no ha querido desmantelar el régimen chavista (hay quien recuerda el caos en que se sumió a Irak cuando USA destruyó las instituciones del país) pero hay pocas dudas sobre el cambio radical que se producirá en Venezuela. Y en Cuba, cuyo régimen no sobrevivirá sin el petróleo y el apoyo venezolanos. Sin embargo, Putin no ha movido un dedo ni ha abierto la boca. Solo el ministro ruso de exteriores, Serguéi Lavrov, condenó lacónicamente lo sucedido. Días después, los Estados Unidos se apoderaban de un petrolero que supuestamente formaba parte de la flota clandestina rusa con la que se abastece subrepticiamente de petróleo. Rusia exigió la devolución y reveló que había buques militares rusos en las proximidades, pero ni se restituyó el petrolero (antes al contrario: al poco tiempo se capturaba otra nave similar) ni se volvió a hablar de aquel asunto, que Rusia enterró rápidamente.
La realidad parece ser muy cruda para Putin: Rusia ni siquiera está en condiciones de mantener el conflicto ucraniano, por lo que no puede dedicar esfuerzo alguno a otros menesteres estratégicos. Paradójicamente, el único actor que puede poner fin a la guerra en Centroeuropa sin que ello represente una humillante derrota para el Kremlin es Trump, y Putin no quiere enfadar a su antagonista. Según el politólogo alemán Melvin, en declaraciones a Deutsche Welle, el silencio de Putin se basa en que no quiere «ofender» a Trump.
Seria paradójico que, a pesar de que Occidente está indignado por la constante falta de respeto de Trump al Derecho Internacional, sea la antigua gran potencia oriental, Rusia, la que está saliendo más perjudicada de esta etapa alocada que el magnate norteamericano ha inducido con su atrabiliaria e inquietante personalidad.
