La claudicación de von der Leyen
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La claudicación de von der Leyen

"No es lícito asesinar extrajudicialmente, ni lanzar una guerra ofensiva sin unos argumentos muy sólidos, ni masacrar a la población civil en busca de unos objetivos territoriales".

Ursula von der Leyen y Donald Trump.Andrew Harnik

Muchos periódicos abrieron ayer sus ediciones con información de un polémico discurso de Úrsula von der Leyen, que ha entrado a terciar en la polémica suscitada por la guerra unilateral declarada por Israel y los Estados Unidos contra Irán. La frase en litigio ha sido esta: “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá. Siempre defenderemos y mantendremos el sistema basado en reglas que ayudamos a construir junto con nuestros aliados, pero ya no podemos confiar en él como la única forma de defender nuestros intereses ni asumir que sus normas nos protegerán de las complejas amenazas a las que nos enfrentamos. Por lo tanto, necesitamos construir nuestro propio camino europeo y encontrar nuevas formas de cooperar con nuestros socios”. Es un texto ambiguo e inquietante que parece cuestionar el valor supremo del Estado de Derecho, de un mundo basado en leyes.

Ayer, lunes, tuvo lugar en Bruselas la cumbre anual de los cuerpos consulares con la presidenta de la institución europea, y es de suponer que el debate versase sobre este asunto, el papel de Europa, convidada de piedra en el conflicto unilateral desencadenado por una decisión arbitraria de Donald Trump, un personaje nefasto que tiene menos sensibilidad democrática que el célebre “trifinus melancolicus”, que es como los naturalistas llaman al besugo común en los famosos “Viajes Morrocotudos de Pérez Zúñiga ilustrados por Xaudaró. Sin embargo, ya se conocen con detalle las diversas posiciones de los distintos países, dispersas pero no tanto como cabía imaginar. Lógicamente, a von der Leyden le corresponde armonizar divergencias, pero de ningún modo el desenlace de un disenso puede ser una recomendación de anarquía. De que todo vale.

Después de la Segunda Guerra Mundial —no hay que ir más atrás porque nos sumergiríamos en demasiados anacronismos—, la comunidad internacional, de la mano de los vencedores, diseñó y puso en marcha un sistema institucional de resolución de conflictos que fue Naciones Unidas. Dos normas esenciales, la propia Carta de la institución y la Declaración Universal de Derechos Humanos, fueron la materia constituyente básica de un statu quo sensiblemente mejorable pero que ha servido de base a una coexistencia relativamente pacífica tanto durante la guerra fría cuanto después, hasta la primera llegada de Trump a la Casa Banca. En torno a estas normas, se ha engendrado un Derecho Internacional que, aun sin un aparato coactivo eficaz que lo respalde, constituye un acervo que delimita nuestra civilización.

Europa, punta de lanza intelectual de semejante aventura, no puede abdicar de esos principios, ni siquiera ante el caso evidente de un presidente norteamericano que los ignore sistemáticamente. No es lícito asesinar extrajudicialmente, ni lanzar una guerra ofensiva sin unos argumentos muy sólidos, ni masacrar a la población civil en busca de unos objetivos territoriales. Es un crimen disparar a ciegas en el Pacífico contra lanchas que «supuestamente» llevan estupefacientes. Es un genocidio arrasar Gaza para librarse de un movimiento terrorista. Es absolutamente ilegal atacar masiva e indiscriminadamente a países cuyo régimen es detestable o cuyo armamento es demasiado peligroso… sin negociar antes hasta la extenuación un arreglo político que evite la sangría…

Pues bien: ante la brutalidad de Trump en Irán, acompañado del genocida y corrupto Netayahu, la única voz occidental que se ha atrevido a decir que el rey está denudo (véase “El traje nuevo del emperador” de Andersen) ha sido Pedro Sánchez. Lo decía ayer en estos términos Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia entre 2005 y 2007, con franca admiración a este país, España, que ha encontrado su lugar en el mundo después de padecer una cruenta dictadura ante la indiferencia occidental (muchos todavía no hemos olvidado la afrenta).

Como era de prever, Sánchez no se ha quedado solo. Después de todo, había un precedente muy claro: el presidente de Francia Giscard d’Estaing se desmarcó de Bush en 2003 cuando el norteamericano decidió invadir Irak, arropado nada menos que por José María Aznar y por Tony Blair. Sánchez ha abierto brecha, y se han apresurado a circular por ella, con las debidas precauciones, el francés Macron, el británico Starmer e incluso —con suavidad—la italiana Meloni, trumpista donde las haya…

La negativa ante la guerra tenía —y tiene— un sólido componente moral. Pero también, como se está viendo, pretendía evitar un desastre económico al que ya estamos asistiendo. El indecente Trump, que alardeaba de no embarcarse en aventuras exteriores y de beneficiar a sus compatriotas con combustibles baratos, tendrá que explicar a los suyos a qué se debe la subida vertiginosa de la emergía, la subida de la inflación, el aumento del desempleo y la ruina de ciertos negocios, como el turismo, de los que vive por ejemplo Nueva York.

Es comprensible que von der Leyen haga complejos encaje de bolillos para que sus discursos sean aceptables para 27 interlocutores y para los grandes actores mundiales. Pero no es de recibo que para lograr imposibles consensos relativice las normas. Europa y los europeos saben, sabemos, que solo con ellas no lograremos espontáneamente una globalización habitable, pero, desde luego, si las desdeñamos, si echamos por la borda los principios, si aceptamos que matar es una opción, que destruir una etnia o una nacionalidad es un sistema para resolver conflictos, entraremos en una espiral que nos conducirá hacia la autodestrucción.

Von der Leyen tiene, en fin, la obligación de defender estas normas que Trump violenta y pisotea. Quizá después haya que aplicar la diplomacia para que las relaciones vuelvan a un cauce razonable. Pero de ninguna manera podemos admitir que Bruselas deje de creer en lo que creyeron los padres fundadores de esta entidad admirable llamada Europa.

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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