Ana, trabajadora en el aeropuerto de Palma: "No nos sirve de nada que la cerveza valga tres euros si vamos hasta el cuello para llenar la cesta de la compra"
“Nosotros no contamos con sus sueldos y también tenemos que vivir”.

España sigue vendiéndose al mundo como un destino accesible, con sol, playa y cerveza barata. Pero para quienes viven en estos ansiados destinos turísticos todo el año, esa imagen contrasta con una realidad cada vez más complicada.
Por ejemplo, en Mallorca, la imagen de tomar algo en una terraza frente al mar se ha convertido casi en un símbolo de ese atractivo turístico que cada año atrae a millones de personas a la isla.
Sin embargo, para los mallorquines esa postal tiene cada vez menos que ver con su realidad diaria, ya que detrás de esa imagen de ocio y disfrute se esconde una vida cada vez más cara, donde los gastos básicos no dejan de subir mientras los sueldos permanecen prácticamente estancados.
Ana, residente mallorquina de 56 años, madre de dos hijas y trabajadora en el aeropuerto de Palma, lo vive desde dentro. Su día a día está marcado por esa contradicción: trabajar en uno de los motores del turismo y, al mismo tiempo, sufrir sus consecuencias económicas.
Llenar el carro de la compra: todo un reto
Ana no duda en señalar lo que, para ella, es el verdadero problema de fondo. “No nos sirve de nada que la cerveza valga tres euros si vamos hasta el cuello para poder llenar la cesta de la compra en el súper”, censura la mallorquina.
En su experiencia, la diferencia entre lo que se vende al turista y lo que vive el residente es cada vez más evidente. “Está muy bien que quien viene de vacaciones lo vea todo barato, pero nosotros no contamos con sus sueldos, y también tenemos que vivir. Nosotros tenemos que pagar la compra, la luz, el alquiler o la hipoteca”, subraya Ana.
Esa distancia entre la imagen que se vende a los de fuera y la realidad que sufren los locales genera una sensación de desconexión: “A veces parece que se habla de una isla que no es la misma en la que vivimos nosotros”.
Precios que suben, sueldos que no
El encarecimiento del coste de la vida es, para Ana, el principal problema al que se enfrentan muchas familias.
“Cada vez que vas al supermercado te dejas más dinero y sales con menos bolsas”, comenta la residente, insistiendo en que no se trata de algo puntual, sino de una tendencia que “no para de ir a peor”.
Un aumento de precio que afecta a todos los productos básicos, desde la alimentación hasta los suministros. “Ha subido todo, absolutamente todo. Y lo notas porque cada semana gastas más para lo mismo”, explica, denunciando una presión se acumula mes a mes y acaba afectando a la economía familiar.
Además, Ana también critica que, mientras el coste de la vida no deja de subir, los salarios no evolucionan, ni mucho menos, al mismo ritmo. “Yo tengo un trabajo fijo, estable y, aun así, hay meses en los que llego muy justa”, reconoce.
Según la mallorquina, los precios en la isla están diseñados pensando en el nivel adquisitivo del visitante extranjero. “Se ajustan a lo que puede pagar alguien que viene de fuera, no a lo que gana alguien que vive aquí”, asegura.
“Pero es que no puedes seguir ese ritmo, es imposible. Todo está pensado para otro tipo de bolsillo y, sobre todo, para otro tipo de sueldos”, afirma Ana, evidenciando una brecha económica cada vez más marcada.
Llegar a fin de mes, el verdadero desafío
Más allá de los titulares turísticos, la preocupación principal de Ana es clara: la estabilidad económica familiar. “Lo importante para nosotros no es lo que cuesta una cerveza, es poder vivir tranquilo todo el mes”, señala.
En su caso, con dos hijas, la presión es mayor. “No solo sube la comida, también los gastos del colegio, de las extraescolares, cada mes hay que tener en cuenta imprevistos… y cada vez cuesta más cuadrarlo todo”, explica, exponiendo una situación genera una tensión constante que afecta a muchas familias.
“Es que no es solo que suba la compra o la luz, es todo lo que se va sumando y hace que vivir aquí sea cada vez más difícil”, lamenta la madre mallorquina. “Está muy bien que la cerveza sea barata para quien viene unos días, pero es que nosotros vivimos aquí todo el año y no podemos beber solo cerveza”, añade.
Aun así, Ana insiste en que no se trata de rechazar el turismo, sino de encontrar un equilibrio: “No se trata de que no venga gente, sino de que se piense también en los que estamos aquí todo el año. Si la vida diaria no es sostenible, todo lo demás deja de tener sentido”.
