'LEXIKON' o la necesidad de un público atento, despierto y dispuesto a jugar y a reírse
El Conde de Torrefiel estará un mes en el CDN con una propuesta que sacará de su zona de confort al público y a los profesionales.
¿LEXIqué? LEXIKON, así se llama la nueva obra que El Conde de Torrefiel ha estrenado en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional (CDN). Es posible que ni el título ni la compañía digan mucho al público masivo. A pesar de ser una de las compañías españolas más apreciadas dentro y fuera de nuestro país, sus temporadas suelen ser cortas. Es decir, allá donde van se las programa muy pocos días. Con frecuencia dentro de festivales, en los que agotan entradas.
Esta obra es un estreno absoluto, que vuelve a demostrar, al contrario de lo que se piensa, que el teatro más frágil y delicado, el que hay que cuidar más, es el contemporáneo que no hay que confundir con todo el teatro que se hace hoy. Son obras y propuestas que acaban de nacer. Que, incluso estrenadas, siguen creciendo y desarrollándose. No es que un Lope o un Calderón lo haga cualquiera, pero se trata de formas teatrales maduras, por mucho que se tuneen de modernidad, que han adquirido un saber estar en un teatro con mejor o peor fortuna.
Así que bienvenido sea el cuidado que le ha dado el CDN a esta compañía para hacer LEXIKON. Una obra que a ratos parece sin terminar o inacabada. No se entienda esto como falta de pulido de la obra. Sino como que la compañía sigue buscando algo que se le escapa, que le cuesta agarrar, y con ellos a los espectadores.
A esa sensación contribuyen determinados elementos. Fundamentalmente, la dificultad para hilar las siete historias que se cuentan durante la función. La necesidad, si es que existe, de unirlas en un mismo espectáculo y encontrar el tradicional arco dramático en escena.
Por eso cuando se revisan las críticas se encontrarán opiniones que van desde las que la consideran una nadería, por parte de los que rechazan este tipo de espectáculos, y las que lo consideran como un disparadero de asociaciones e imágenes sin control ni concierto, por parte de los más entusiastas.
Ninguna de las dos posiciones ayuda al público a entender las propuestas de El Conde de Torrefiel. De alguna manera resulta inasible lo que hacen porque todavía no se tienen las palabras que permitan describirlo o contarlo. Por lo que siempre que se habla de ellos se cae en tópicos, a veces tan antiguos como vanguardia como si el teatro o el arte fuese una batalla y existiese la retaguardia, y parece que hay que posicionarse a favor o en contra.
Como recuerdan en esta obra las sociedades y las personas que las forman están tan sometidas al uso que se hace de las palabras, a las relaciones establecidas entre ellas, que es difícil superarlas. Unas relaciones tan bien financiadas por los poderes fácticos, que, hay que recordarlo, siempre son conservadores. No permitiendo que se salgan de las reglas establecidas, que para eso hay una Real Academia Española de la lengua que vigila el uso.
Así, esa matraca tan hispana y latina de que la vida es sueño se convierte en esta obra en que el sueño, y más si se va al volante, no es vida. Más bien todo lo contrario. El dormirse conduciendo pone en riesgo la propia existencia. Subvirtiendo el significado que se repite una y otra vez refiriéndose a la conocida obra de Calderón, que no es una crítica a este autor, sino al uso social y político que se le da a la obra del autor. No, la vida no es sueño, la vida es estar despierto para poder contarlo.
Quizás esta sea la clave para entenderlo todo. El Conde de Torrefiel, es decir, Tanya Beyeler y Pablo Gisbert, son ese tipo de personas que están despiertas. Como la protagonista de la primera de las historias titulada Basquiat, lo que le permite contar lo que ve en esa noche y que alimenta de creaciones culturales excelentes, como un cuadro de Basquiat o una peli de Tarkovsky.
Esa actitud que también le piden al espectador. De mantenerse despierto. De ahí que en la historia llamada R.A.E, sobre un posible desopilante discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua del escritor Vila-Matas, se muestre el envés de esa máscara gigante con la que se representa al autor. Para que se vea que tras ella no hay otra cosa que dos actores moviendo una marioneta. Que se vea el truco y la potencia que se consigue con una tecnología tan sencilla en un escenario negro y un texto.
O que despierten y vean que la exquisitez cultural alemana, ejemplificada con la documenta de Kasel, es una pulsión social y política por ordenar y clasificar de una determinada manera que comparte toda la población. Y que esa forma de ver el mundo se ha expandido gracias a la colonización por descendientes de alemanes de grandes instituciones y fortunas, en parte responsables del caos actual y el tecnofeudalismo que viene.
Y así, va pasando la obra y las historias que cuenta. En la que los textos se dicen de una manera concreta y anodina. Una prosodia que cuando se reproduzcan estas obras en el futuro, se hayan incorporado al repertorio, si es que ocurre, se tendrá que estudiar como ahora se estudia la forma en la que se dice el verso clásico.
Los párrafos anteriores, y otras muchas cosas que no se han contado, pueden hacer pensar que se trata de un espectáculo muy intenso. Muy sentido. Pero si hay algo que es frecuente encontrar en las obras de esta compañía son remansos de humor. Un humor no tan complicado como podría suponerse, pues junto a los adultos, se oye reír a una niña que alguien se ha llevado a ver la obra, sin ser un espectáculo infantil, ni recomendado para ellos.
Ese espíritu, el infantil, tan abierto como atento al juego, es lo que exige LEXIKON al espectador. No ser un ente pasivo que recibe ideas, pensamientos, buenas maneras. Al que se le programa para ser y estar de una determinada forma en una sociedad y para vigilar que las cosas se hagan de esa forma de ser y estar.
El Conde de Torrefiel lo sabe. Por eso, se revelan. Por ejemplo, poniendo a los narradores de las siete historias de espaldas al patio de butacas. Al contrario de lo que suele suceder en el teatro, son uno más de los espectadores de la pieza, y a la vez son actores de esta. Por eso, invitan a ver una película durante la función, ¿pero no se está en el teatro?, que presentan con una coartada cultural y científica ¿son necesarias estas coartadas?, para que cada cual proyecte en ella lo que quiera.
Por eso al final, no salen a saludar y recibir aplausos, sino a desvelar quiénes son los interpretes de la última pieza, titulada La guerra es la paz y enfrentar al espectador a un futuro posible si sigue pensando que subirse a escena es repetir un texto y acompañarlo de unas acciones a las que dicho texto se ha unido de por vida. De lo ridículo que resulta su repetición mecánica.
Todo esto y mucho más es LEXIKON. Como se ha dicho, todavía un producto frágil, al que hay que tratar con mucho cariño, hasta que madure, se establezca por su cuenta, se independice. Al que hay que estar atento y mirar bien despierto, porque lo que proponen es un nuevo léxico, un diccionario en el que las palabras se liberan de los significados y las relaciones en las que han sido encerradas y que tantas instituciones pretenden conservar. Con esa liberación, liberan al espectador y le hacen responsable de las palabras y del uso que hace de ellas. ¿Es esa libertad lo que tanto se teme del teatro contemporáneo?