¿Una buena persona defiende a la ultraderecha?
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¿Una buena persona defiende a la ultraderecha?

"Si nadie aspira a ser mala persona, nadie debería votar a malas personas, odiadores y propagadores de bulos".

El líder de VOX, Santiago AbascalEFE

Cuando preguntas a una madre o a un padre qué van a ser sus hijos de mayores, puede haber muchas respuestas, pero una es muy común: “que sean buenas personas”. Incluso se enfatiza: “eso es lo principal”. Es complicado que una persona adulta no se considere, al menos a sí misma, una buena persona. De hecho, suele aspirarse a ser mejor. Y es que la expectativa y percepción individual de la mayoría de la ciudadanía sobre nuestra propia bonhomía es muy positiva.

En principio, nadie aspira a ser racista, homófobo, machista u odiador profesional. Sin embargo, no dejan de crecer las opciones políticas que difunden odio y que basan su discurso en atacar a los colectivos más vulnerables. Valores que defienden la vuelta a un pasado que fue terrorífico para la mayoría de la sociedad.

¿Por qué cada vez hay más personas dispuestas a defender en la esfera colectiva principios muy alejados de lo que consideran aceptable en el ámbito personal? Concretando, ¿por qué una persona que no querría hijos machistas vota a VOX? ¿Por qué alguien que no aspira a ser racista vota a Junts, a PP o a VOX?

¿Por qué si nadie aspira a ser mala persona hay cada vez más gente dispuesta a meter en las urnas la papeleta de los sembradores de odio hacia migrantes, mujeres, pobres, gais, lesbianas, transexuales o defensores del medio ambiente?

En una sociedad cada vez más infantilizada e individualista crece el número de personas que exigen un modelo social y económico que coincide con las propuestas progresistas de la socialdemocracia. Mejores servicios públicos, garantía de acceso a la vivienda, lucha contra la desigualdad… En cambio, cuando tienen que cumplir con su responsabilidad como ciudadanos o no lo hacen, es decir, no votan, o escogen las papeletas que trabajan por recorrer el camino contrario.

Por poner un ejemplo: Trump, el gran odiador. ¿Cuántos ciudadanos que se consideran a sí mismos buenas personas votaron a Trump y a sus políticas del odio y el miedo? Y, ahora, ¿qué piensan de sí mismas cuando ven el terror de sus vecinos migrantes a salir a la calle, la violencia mortal del ICE, las burlas hacia el colectivo LGTBI o la defensa del machismo estructural? ¿Creen que no son responsables de tanta maldad y tanto miedo?

Defiendo firmemente que lo son. Cada persona es responsable de la papeleta que escoge. Incluso de no coger ninguna. Es cierto que no todo es blanco o negro. Pero, en general, ¿alguien cree que odiadores como Trump, Abascal, Feijóo, Orriols o Nogueras traerán un futuro de esperanza? ¿Alguien confiaría en el Señor Tenebroso para avanzar hacia una sociedad mejor?

Analizo los últimos resultados en Extremadura y en Aragón y no dejo de pensar en cuánta gente hay ahora mismo a mi alrededor que se considera buena persona, pero ya ha sido o va a ser capaz de meter en la urna la papeleta de cualquiera de esos partidos que nos quieren miedosos, pesimistas, angustiados y odiadores, muy odiadores.

Todas ellas fomentan un país de personas que se justifican en el ‘pero’. Los del ‘yo no soy racista, pero…’, ‘yo estoy de acuerdo en que las mujeres tienen que tener los mismos derechos, pero es que el feminismo…’ los de ‘yo no soy homófobo, pero es que últimamente…’

Es el momento de dejar los peros y empezar a actuar en lo colectivo de la misma forma que lo haríamos individualmente. Si te indigna que exploten a tu vecina por no tener papeles, no apoyes a quien promete que votará en contra de la regularización de personas migrantes. Si te horroriza que ya hayan asesinado al menos a siete mujeres este año por violencia de género, no votes a los que la niegan. Si defiendes los servicios públicos, no votes a quien promete menos impuestos. Si aspiras a una jornada laboral de 37 horas, no votes a los que la rechazan en el Congreso.

Puede parecer un argumento maniqueo, pero es imposible que la suma de malas personas con sus malas ideas traiga algo más que caos, odio y miedo. Ya existe: ahí están los Trump, Milei y Ayusos de cualquier punto del planeta que usan la democracia y el malestar que ellos mismos provocan con sus bulos para que los de siempre tengan mucho más poder. Lo logran con el beneplácito de miles de ciudadanos, hábilmente enfadados por bulos y algoritmos, pensando que ser mala persona está de moda. Lo peor es que creen que sus derechos van a permanecer intocables, e incluso a mejorar, si apoyan opciones políticas con una falta de ética tan alejada de sus propios principios individuales. Y es mentira.

Por supuesto que desde la izquierda también debemos hacer autocrítica ante tanto malestar. Quedan afrontar y encarar muchos debates que son incluso incómodos para la izquierda, pero no resta importancia a que cada ciudadano y ciudadana debe asumir su propia responsabilidad. Lo que no es válido ni defendible en la esfera privada tampoco lo es en la pública. Si nadie aspira a ser mala persona, nadie debería votar a malas personas, odiadores y propagadores de bulos. Así es como se comienza a frenar el fascismo que no quiere una sociedad mejor ni de buenas personas.

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Valle Mellado es portavoz socialista de Formación Profesional y diputada por Tarragona.

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