Zapatero, una cuestión de confianza
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Zapatero, una cuestión de confianza

"La desconfianza funciona así, como un papel que se arruga. Puedes intentar estirarlo, sí, pero las marcas permanecen".

Imagen de archivo del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.Getty Images

La confianza democrática no se destruye de golpe. No es una explosión. Es más bien un desgaste. Como el óxido en el metal: empieza siendo casi invisible, avanza lentamente y, cuando finalmente se ve el daño, ya ha corroído lo esencial.

En la serie Years&Years, Vivienne Rook llega al poder diciendo barbaridades en prime time. Propone hacer test de coeficiente intelectual para permitir el voto. Habla de asesinar refugiados en la frontera como quien comenta el tiempo. Y, aún con todo, millones de personas la eligen. No porque crean en ella. No porque la consideren brillante. Algo más sencillo. Se ha roto algo más profundo: la confianza en que las instituciones, los medios o la política sirvan para algo que no sea proteger a los de siempre. 

Ese es el terreno fértil para el autoritarismo. No es la fe ciega. Es el cinismo.

Se atribuye a Steve Bannon, el que fuera intelectual de cabecera de la internacional reaccionaria, la frase que mejor resume la estrategia de buena parte de la derecha contemporánea: flood the zone with shit / llenarlo todo de mierda. El objetivo no es parecer honesto, ni siquiera negar las fechorías. Lo importante es que todo el mundo acabe pensando que todo está igual de podrido y que, por lo tanto, solo queda resignarse y escoger al más fuerte, al más cruel o al que más grita. 

La desconfianza funciona así, como un papel que se arruga. Puedes intentar estirarlo, sí, pero las marcas permanecen. 

La derecha española lleva años desplegando una política de la sospecha permanente, del acoso y derribo mediático y judicial. Lo vimos con el independentismo catalán y vasco. Lo sufrimos en las cacerías huecas a todos los “ayuntamientos del cambio”. Lo vivimos en Podemos. Y lo seguimos viendo ahora. Porque su propósito no ha sido únicamente destruir adversarios concretos. Iba más allá. Se trata de embarrar todo y dar un aviso a navegantes: piénsatelo dos veces antes de entrar en política. 

La desconfianza es como un espejo que se rompe. Aunque recompongas las piezas, nunca volverá a devolverte una imagen completa

En este escenario, es importante señalarlo, surge la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero. Por eso las reacciones iniciales de incredulidad y de preocupación. A la espera de las investigaciones judiciales, que aparentan más solidez que los exabruptos del juez Peinado y su tropa, hay cosas que ya sabemos. Zapatero no es como el resto de los expresidentes de España: no ha orquestado operaciones de terrorismo de Estado, no tiene a la práctica totalidad de su equipo ministerial pringado de corrupción, ni montó una policía paralela para perseguir adversarios políticos. Del mismo modo tampoco es, ni ha sido, un faro moral

Quizá convendría preguntarse qué Zapatero es el que está hoy en el disparadero. Si el del matrimonio igualitario, la retirada de las tropas de Irak y la desarticulación de ETA o el de la reforma del artículo 135 para anteponer el pago de la deuda a los servicios públicos. Si el de los discursos capaces de movilizar a muchos votantes progresistas o el del pensionazo, la reforma laboral lesiva para los trabajadores o el indulto de última hora a los banqueros. Todo eso también es Zapatero. Y, resulta evidente, que es por lo primero, y no por lo segundo, por lo que su nombre aparece bajo la lupa de un juez. 

Pero no nos engañemos. La lupa no obliga a nadie a moverse como pez en el agua en determinados entornos empresariales, dinámicas económicas y relaciones de poder que el común de los mortales no rozaremos en toda nuestra vida. Y ahí es, aunque no se demuestre nada ilegal, donde algo ha hecho crack. 

Miles de personas en shock, no queriendo creer. Deseando que no sea verdad. Decepcionadas. Sintiendo que les han vuelto a fallar. Ya sea porque todo lo que dicen de Zapatero es cierto o porque hay todo un sistema de engranajes engrasado y orquestado para intentar que lo creamos.

Y nadie de izquierdas, por mucho cargo que haya ostentado ni muy buen orador que sea, tiene derecho a echar más leña al fuego de la decepción y la desconfianza. Porque es una tela de araña de la que cuesta salir. Cuanto más te mueves, más atrapado quedas

Además, no se contiene en las instituciones. No son simples hilillos de plastilina, es una mancha de aceite que se expande sin control. Empieza en los medios y en los parlamentos y termina instalándose en el descansillo de tu edificio, en el grupo de WhatsApp o en la mirada que lanzas en el metro. 

La desconfianza nos vuelve más ariscos, más gruñones. Nos encierra en nosotros mismos. Dejamos de creer en el otro, dejamos de pensar en comunidad y activamos el modo supervivencia. Nos impulsa a creer que cualquiera está dispuesto a pisarnos, que no cabe esperar nada bueno del de al lado, da igual que sea tu vecino de toda la vida o alguien que acaba de llegar. En definitiva, el maridaje perfecto para la ensalada autoritaria que algunos llevan años preparando.

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