La ciencia es más que un plan: es una decisión política
La Asamblea de Madrid introduce mejoras parciales, pero el modelo sigue evitando los cambios estructurales en financiación, evaluación y orientación pública.

La política científica suele presentarse como un terreno técnico. Un espacio de expertos, indicadores y documentos estratégicos. Pero decidir qué ciencia se financia, y cuál no, cómo se sostiene y para qué sirve, es una de las decisiones más políticas que puede tomar una administración. Porque cuando hablamos de ciencia no hablamos de algo lejano o abstracto. Hablamos de tu salud, de tu empleo, de si las empresas innovan o se quedan atrás, de si el talento joven se queda o se va.
La investigación pública demuestra, cuando se la cuida, que es una de las mejores inversiones que puede hacer una sociedad. Cada avance en tratamientos médicos, cada mejora en eficiencia energética, cada innovación que permite a una pyme ser más competitiva no surge de la nada. Es el resultado de años de financiación sostenida, de equipos estables y de una apuesta continuada por el conocimiento. La ciencia necesita tiempo, estabilidad y recursos constantes. Cuando eso falla, no hay solución rápida que lo compense.
Por eso importa lo que ha ocurrido en la Comunidad de Madrid con el nuevo Plan Regional de Investigación Científica e Innovación Tecnológica (PRICIT). No tanto por el documento en sí, que también, sino por lo que revela sobre el modelo de ciencia que se está construyendo. El plan aprobado para el periodo 2026–2029 se presenta desde el Gobierno como un avance. Pero esa lectura es, en gran medida, nominal. Porque si se atiende a su propio diseño técnico, la realidad es otra: el plan nace con más de 240 millones menos de lo que el propio sistema consideraba necesario. Y conviene recordarlo: incluso ese escenario cercano a los mil millones ya nos parecía insuficiente. En 2022, desde Más Madrid planteamos una inversión de 1.500 millones para empezar a situar a la región en una senda real de transformación. Frente a eso, lo que hoy tenemos es un plan que no solo se queda corto, sino que consolida esa falta de ambición.
Pero el problema no es sólo cuánto se invierte, sino cómo se construye ese compromiso. Porque lo que se presenta como financiación para cuatro años no es, en gran medida, más que una previsión. Solo el primer ejercicio está realmente presupuestado. El resto son estimaciones. Y esa diferencia no es menor: es la que separa una política pública de una declaración de intenciones.
A esto se suma otro problema que ya forma parte del patrón de la política científica en la Comunidad de Madrid: los retrasos y la falta de ejecución. Este plan llega tarde. Y no es una cuestión administrativa. Cada retraso en convocatorias, cada año sin programas activos, cada decisión que no se materializa tiene consecuencias reales: carreras investigadoras que se interrumpen, talento que se pierde, proyectos que no arrancan. La ciencia no funciona a golpe de anuncio.
A partir de ahí, las incoherencias se acumulan. El plan identifica con precisión dónde están las debilidades del sistema: la innovación empresarial, la transferencia, la internacionalización, pero no orienta los recursos para corregirlas. Se habla de alcanzar el 3% del PIB en inversión en I+D, pero la trayectoria que se plantea no lo respalda. Se deja pendiente un salto imposible en el último tramo. No es una senda creíble: es una ficción contable.
Se habla de evaluación, pero no se publican las memorias necesarias para hacerla posible. Se fijan indicadores sin metas en ámbitos clave. Incluso se asumen retrocesos como objetivo en algunos de ellos. Y esto es especialmente grave porque conecta con uno de los déficits estructurales del sistema: la falta de transparencia y de seguimiento real. Se aprueban planes, se anuncian medidas, pero muchas veces no hay forma de saber con claridad si se ejecutan, en qué grado o con qué resultados.
Y, sin embargo, Madrid no parte de cero. Al contrario. Es una región con una concentración extraordinaria de recursos científicos, con universidades públicas de referencia y con la presencia de organismos estatales clave. El problema es que ese potencial se utiliza como escaparate, pero no se acompaña con una inversión proporcional. Se capitalizan los resultados de un sistema que no se financia suficientemente.
El último episodio llega cuando el plan se somete a la Asamblea de Madrid. Porque es ahí donde el discurso deja paso a las decisiones. Desde Más Madrid presentamos cinco propuestas de resolución dirigidas a corregir los principales déficits del plan: reforzar la financiación con carácter vinculante, consolidar el talento con condiciones dignas y estabilidad, orientar la ciencia hacia el interés público, introducir medidas reales de igualdad y establecer un sistema de evaluación riguroso y transparente.
El resultado de esas votaciones es muy revelador. Solo las dos primeras, las relativas a financiación y talento, salieron adelante, y lo hicieron sin el voto favorable del Partido Popular. El resto, precisamente las que abordaban cambios más estructurales: orientación pública de la ciencia, igualdad y evaluación, fueron rechazadas. Al mismo tiempo, las propuestas que sí impulsó el Gobierno y que fueron aprobadas se centraban en la colaboración con el sector empresarial y en la proyección internacional. Es decir, se refuerza aquello que no altera el modelo, mientras se bloquea aquello que permitiría transformarlo.
Y aun así, incluso las mejoras aprobadas se enfrentan a un problema de fondo: en un sistema donde la ejecución es irregular y la transparencia limitada, aprobar medidas no garantiza que se cumplan. Sin mecanismos claros de seguimiento, sin evaluación independiente y sin rendición de cuentas efectiva, las decisiones parlamentarias corren el riesgo de quedarse, una vez más, en el papel.
El patrón es claro. No hay un problema de diagnóstico. Sabemos dónde están las debilidades del sistema. Sabemos qué habría que reforzar. El problema es otro: cuando llega el momento de decidir, la ambición se reduce y los cambios estructurales se posponen.
Porque la ciencia no es solo una política sectorial. Es una herramienta para responder a los grandes retos sociales: la salud, la vivienda, la transición ecológica, la desigualdad. Pero para eso hace falta algo más que planes. Hace falta financiación real, estabilidad, evaluación rigurosa y una orientación clara hacia el interés público. La alternativa existe. Pasa por asumir que el talento no se retiene sin condiciones dignas, que la innovación no crece sin inversión sostenida, que la igualdad no se logra sin medidas concretas y que la política científica no funciona sin rendición de cuentas.
Porque la cuestión, en el fondo, es sencilla. Madrid no tiene un problema de diagnóstico en ciencia. Tiene un problema de decisión. La ciencia no es un gasto. Es una inversión en presente y en futuro. Y o se toma en serio hoy, o mañana no habrá futuro que gobernar.
Alicia Torija López, diputada por Más Madrid en la Asamblea de Madrid
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