Un debate inaplazable sobre el manifiesto ciberfascista del CEO de Palantir
Cuesta aceptar —siquiera con la imaginación de nuestra peor pesadilla— un mundo en que el arma nuclear haya podido caer en manos privadas.

El debate suscitado por la (auto)publicación (18 de abril) del "Manifiesto" de 22 puntos firmado por Alex Karp, CEO de Palantir, gigante tecnológico de Silicon Valley, trasciende la controversia sobre la posibilidad de embridar legalmente a los tecno-oligarcas y su modelo de negocio.
El contenido de sus tesis no solo confirma la amenaza que poderes no estatales -y, por lo tanto, situados extramuros y ajenos a cualquier lógica de legitimación democrática -imponen al Estado de Derecho (resistiendo cualquier regulación con inmensos medios coercitivos), a los derechos más preciados (con su abrasiva ofensiva contra la privacidad, la confidencialidad de las comunicaciones e incluso la dignidad personal y la autonomía de la voluntad) y a la democracia (sacudiendo los cimientos de la deliberación racional entre alternativas posibles), sino que confirma un pronóstico largamente presentido: el de que las grandes corporaciones y plataformas tecnológicas albergan, en efecto, un designio directamente político.
Un proyecto de dominación que nada tiene que ver con la ordenación civilizatoria de la convivencia en sociedades abiertas, sino en la imposición, a través de sus herramientas digitales y la decisiva e imparable revolución de la IA, de una sola visión y una sola concepción, de lo posible y de lo conveniente; una concepción fabricada y estrictamente ajustada a la medida de sus intereses, que no son los generales.
La noción de "ciberfascismo" —es decir, tecnofascismo— surge como un intento de dar cuenta explicativa del riesgo que para el futuro de la entera humanidad supone una IA orientada a la generación y justificación de un poder concentrado en élites autoritarias, volcadas en el lenguaje y práctica de la guerra.
No se pierda de vista que Palantir es una empresa que produce software de IA destinada a la defensa, a la vigilancia masiva (Mass Surveillance) a la seguridad y a la industria armamentística. Pero tampoco que, por vez primera (ya iba tardando), la dirección corporativa de esa empresa privada se asoma a la puerta abierta de la comunicación política, tomando partido, optando por abrazar públicamente, sin disimulos ni ambages, por la impugnación autoritaria de la democracia representativa, argüida, en su discurso, como fuente de debilidades intrínsecas frente a competidores cuya ventaja reside precisamente en su desprecio a los derechos, a la libertad, a la formas y a las Instituciones.
En otras palabras, Palantir ya nos abisma a un momento que temíamos porque acaso lo sabíamos más pronto que tarde inevitable, en el curso de una revolución tecnológica —la presente, en la globalización— de una profundidad y un vértigo sin precedentes en la historia de la humanidad: la fase en que la IA toma el mando, impone las decisiones políticas estratégicas, juega a los dados de sus algoritmos el destino de miles de millones de seres humanos —cada uno de ellos, único e irrepetible— como si fuesen, en su masa, un coste marginal prescindible, un daño colateral en un cálculo ajeno: un cálculo que no es "humano" y, sin embargo, se presenta en términos tan inapelables como inexorables en sus efectos.
Tanto la OTAN como buen número de ministerios de Defensa de los 27 EEMM de la UE son clientes de Palantir, consumen sus productos tecnológicos, y están expuestos por tanto al impacto en sus decisiones de tan abrasiva ofensiva ciberfascista. El discurso duro, reaccionario, del manifiesto de Karp confronta "democracias débiles" con "dictaduras fuertes" para concluir, sin más, que las dictaduras ganan y las democracias pierden una guerra que ya está teniendo lugar, librándose en el ciberespacio y cosmogonías de la IA.
Cuesta pensar en qué momento la humanidad declinó su responsabilidad de sujetar a reglas —y a la deliberación supuestamente colectiva de las que las leyes proceden —tan inmenso poder. Cuesta aceptar —siquiera con la imaginación de nuestra peor pesadilla— un mundo en que el arma nuclear haya podido caer en manos privadas, y una mafia nuclear encarnada en oligarcas sin escrúpulos ni controles externos hubiera podido embarcar a la entera humanidad en un Armagedón sin retorno.
Y, sin embargo, esta es la hora en que la IA está liberada a actores privados y empresas-actores, pues, no estatales, no sujetos a escrutinio democrático ni a legitimación alguna que no la del poder intrusivo y el dominio de sus propios algoritmos.
Si la democracia, tal y como la hemos conocido y experimentado históricamente, y, más particularmente, la idea europea de democracia (articulada en los valores de rango constitucional del art.2 TUE, que incluyen dignidad personal, derechos humanos, igualdad y no discriminación, protección de minorías y promoción del pluralismo), puede aspirar a un futuro en que la ciudadanía siga siendo titular de soberanía popular, es inaplazable el debate acerca del fundamento, la razón y los confines del poder regulatorio —el de la UE, sin ir más lejos— sobre gigantes tecnológicos y oligarcas desatados como Palantir, su CEO y su —por desgracia, no ilusorio, por más que parezca un delirio megalómano y obsceno— Manifiesto ciberfascista de 18 de abril.
