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19/03/2016 10:31 CET | Actualizado 19/03/2016 10:32 CET

Mi padre no está en el día del padre

dia del padreDudo mucho de que mi padre me esté viendo desde algún sitio. Me imagino que si está en algún lugar tendrá otras cosas más importantes de las que preocuparse. Pero, si lo hiciese, no creo que se lo tomara más en serio por ser 19 de marzo.

Hace unos días leí una frase del músico Quique González con la que me sentí muy identificado. Decía que reconforta saber que tu padre se ha ido de este mundo estando orgulloso de ti. Supongo que es un mecanismo de defensa. En esos momentos de pérdida y de recuerdo sólo sientes frío, así que tienes que agarrarte a algo para no congelarte. Y no es poca cosa pensar que, con tus más y tus menos, él se fue con la conciencia tranquila de haber criado a alguien que merece la pena. Aunque, de vez en cuando, te acechen las dudas de si realmente fue así.

Mi padre murió hace más de dos años y medio y desde entonces no había escrito ni una sola letra sobre ello. Tampoco acostumbro a hablar del tema con nadie, más allá de dos o tres personas, porque cuando tienes 27 o 28 años y dices que tu padre está muerto, aunque sólo sea de pasada, la gente no suele saber reaccionar. Lo notas en sus caras: desvían la mirada, tensionan el cuerpo, mueven nerviosos los labios.

Al final acaban diciendo algo. A veces "lo siento". Otras "ánimo". Otras, las peores, te dicen que la pérdida tiene que ser dura o te sueltan una retahíla sobre las dudas de si existe el más allá mientras tú escuchas con cara de circunstancias. Otros se lían con discursos sensibleros, fijándose bien en si sueltas una lagrimita o si, por el contrario, escuchas impasible. Como queriendo medir cómo de cerrada tienes la herida. Pero pocos consiguen seguir la conversación con normalidad o, simplemente, callarse y escuchar.

Así que, por comodidad de todos, muchas veces es mejor evitar el tema. También en días como este, cuando se celebra la festividad del padre. Si la gente no sabe qué decirte un día normal, la verborrea se multiplica en ocasiones así. Algunas veces me han preguntado cómo lo llevo y he contestado que bien. Y es verdad. El 19 de marzo no significa para mí nada diferente a cualquier otro día. Exceptuando las manualidades escolares, creo que nunca regalé nada a mi padre en un día así. A veces ni siquiera le felicité. Y, cuando lo hice, en ocasiones él me miró extrañado, sin percatarse de qué día se trataba.

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Dudo mucho de que mi padre me esté viendo desde algún sitio. Me imagino que si está en algún lugar tendrá otras cosas más importantes de las que preocuparse. Pero, si lo hiciese, no creo que se lo tomara más en serio por ser 19 de marzo.

Me acuerdo de él todos los días. Todos. Pero no más hoy que cualquier otro. Mi padre no está en el Día del Padre. Mi padre está en las páginas de El Norte de Castilla que hay encima de la mesa cuando vuelvo a la casa de mi madre. Todas las mañanas se sentaba en el salón y leía ese periódico de arriba a abajo. Y, bastante a menudo, soltaba algún "cojones", algún "joder" o algún "coño" cuando no le gustaba lo que veía. Otras veces compartía: "¿Has visto esto?". Y teníamos conversaciones de minuto y medio sobre lo que fuera. Él no era muy hablador y yo menos, así que no había lugar a largas y reposadas discusiones.

Mi padre no está en el día del padre. Está en los rombos del logotipo de Renault, la fábrica en la que trabajó 33 años, desde los 25 hasta los 58. Es imposible ver esa marca y no acordarse de él y de las batallitas que contaba sobre los compañeros de la cadena de montaje, los jefes y encargados, y las tardes de visita juntos cuando era el día de puertas abiertas en la factoría. Tampoco es fácil olvidar las lecciones de conducción que me impartía con paciencia infinita cuando, recién sacado el carné, rayaba su coche contra las columnas del garaje. Una y otra vez. Y otra. Y otra. "Sigue, no te preocupes del coche que, si se rompe, para eso está", decía, como si allí no hubiese pasado nada.

Está claro que mi padre no está en el día del padre. Está, aunque sin estarlo, en las reuniones familiares, que desde que se murió parecen una versión de mala calidad de las de antes. Él no destacaba por sus palabras, sino más bien por su silencios. Los mismos que ahora resuenan hasta la incomodidad cuando nos juntamos. Hablaba lo justo y, quizá por eso, todos prestábamos especial atención a lo que decía.

Y está, sobre todo, en su huerto, donde se pasaba los días enteros mientras no paraba de decir "yo aquí gozo". Por allí paseábamos juntos, me enseñaba los rudimentos de la tierra, le intentaba ayudar con las ideas que tenía, mientras compartía conmigo los proyectos que pensaba llevar a cabo. Por allí también intentó, sin éxito, que aprendiese a patinar. Lo que sí consiguió es enseñarme a montar en bici y, muchos años después, mostrarme lo que es el vacío absoluto, cuando quise hacer las mismas tareas que hacía él y me di cuenta de que nunca lo conseguiría. Que como ayudante podría tener un pase, pero por mí mismo nunca sería capaz de hacer crecer una enredadera, saber si un árbol tiene pulgón o diferenciar un manzano de un ciruelo.

Es en esos momentos cuando su ausencia duele. Sin necesidad de que sea 19 de marzo.