Atrapado en su propia casa por 25 céntimos el paquete: "Tenía colas en la puerta y la calle llena de coches"
A veces, recibía hasta 400 paquetes diarios.
Atrapado en la puerta de casa. Dennis tiene 40 años y se ha llevado más de una década repartiendo paquetes tras abrir un punto de entrega en su propia vivienda. "Vivía un poco como un ermitaño entonces", recuerda Schigt. "Fue muy duro, apenas tenía contactos sociales. Ese fue el factor decisivo para que dijera sí", reconoce en declaraciones al diario holandés Bd.
Ahora, ha abandonado el trabajo, y el sótano de su casa se va quedando huérfano de paquetes. No obstante, ha llegado a recibir más de 400 diarios. La razón de abandono: siempre tiene que estar disponible para abrir la puerta y no se cobra mucho. "Cada vez me cuesta más. Cada vez se te exige más", confiesa.
Un ritual matutino
El ritual matutino que llevaba era agotador. Los paquetes llegaban por la mañana, con empresas como GLS, DPD, Vinted Go Pakketwinkel y Mondial Relay. A continuación comenzaba el proceso de clasificación, escaneo y almacenamiento. Entre semana, los clientes podían recoger sus pedidos desde las 15.00 hasta las 19.00.
El problema, dice, es que los clientes quiere más facilidades. "Me escriben que quieren pasar a la una. Mientras yo hago otras cosas. O quieren venir el sábado", explica. "A menudo he dicho: 'vale, venga'. Pero dejé de hacerlo, porque en algún momento abusarían de ello. Ya no miraba las solicitudes que recibía los sábados hasta el lunes".
En algunas ocasiones, los clientes han sido "difíciles". "Recientemente, tuve que ir al hospital durante dos días. Lo primero que me dijo una chica cuando volví fue que era francamente indignante que hubiera estado fuera tanto tiempo. Eso me puso de muy mal humor". "La peluquería, la compra, el médico: todo tenía que estar listo antes de las diez", asegura.
400 paquetes al día
Tal y como él mismo cuenta, el verano pasado fue realmente agotador. Otros puntos de recogida habían cerrado por vacaciones, y recibía más de 400 paquetes por día. "En aquel entonces, a veces tenía hasta cuatrocientos paquetes al día. A las tres ya había una cola de gente en la puerta. Toda la calle estaba llena de coches", cuenta. Todo cambió con la queja de un vecino, y entonces, vio la oportunidad de retirarse.
Ahora, no sabe qué va a hacer con su vida: . "Tengo beneficios. Un orientador laboral me ayudará a encontrar algo que se adapte a mí. En cualquier caso, será algo fuera de la puerta. Toda esa gente en el suelo y la mezcla entre trabajo y vida privada, ya estoy harto de eso".