Barby, joven que vive en Ibiza, sobre cómo es el invierno en la isla: "Muchas veces me voy al trabajo haciendo dedo"
Una solución a la reducción de horarios y frecuencias del transporte público.
Ibiza es uno de los destinos turísticos más conocidos de España durante el verano, sinónimo de playas llenas, ocio nocturno y una intensa actividad económica. Sin embargo, cuando termina la temporada alta y llegan los meses de invierno, la isla cambia radicalmente de ritmo: el turismo desaparece, muchos negocios bajan la persiana y la vida cotidiana se vuelve más tranquila, pero también más complicada para quienes residen y trabajan allí todo el año.
Así lo explica Barby Pinello, una joven residente del barrio, que describe en sus redes sociales una isla que cambia de rostro al llegar el frío. Ella vive en Playa d’en Bossa, uno de los centros neurálgicos del turismo veraniego en Ibiza que más se transforma cuando acaba la temporada alta, momento en que los bares y locales cierran sus puertas, las playas quedan más solitarias y el pulso de la isla se ralentiza.
“El pueblo queda vacío, en d’en Bossa está todo cerrado”, dice Barby, que vive a pocos pasos del mar. Para los residentes uno de los problemas más prácticos es la movilidad, ya que los servicios de transporte público reducen horarios y frecuencias. “El bus por la mañana pasa cada media hora y por la tarde cada hora. Muchas veces me voy al trabajo haciendo dedo y todas las noches, a las once y media, también vuelvo así porque ya no pasa”, relata la joven.
También hay ventajas
El recurso del autostop se convierte en una alternativa cotidiana para poder cumplir los turnos cuando el transporte regular no da abasto. Esta situación coincide con las quejas y avisos sobre la reducción de líneas y servicios en los meses fríos que acostumbran a repetir tanto usuarios como asociaciones locales, que reclaman una mejor conexión durante todo el año para garantizar la movilidad de los residentes y evitar que la isla funcione únicamente al ritmo de la temporada turística.
Pero el invierno no es solo inconvenientes. La caída del turismo reduce de forma notable los precios de algunos alojamientos y facilita encontrar vivienda a costes impensables en verano. “Yo estoy alquilando a 350 euros al mes, a media manzana del mar, aquí en el caminito hippie”, cuenta Barby. Los portales de alquiler y anuncios temporales muestran una oferta distinta fuera de temporada, con precios y condiciones que varían mucho respecto a los meses de mayor demanda.
Esa mezcla de tranquilidad y ahorro atrae también a quienes llegan en invierno buscando oportunidades, “hacer contactos, encontrar alojamiento y buenos trabajos para recibir bien acomodados la temporada alta”. En los comentarios a la publicación de Barby hay quien confirma esta práctica: muchos se instalan por unas semanas o meses para preparar la llegada de abril o mayo con más seguridad laboral y residencial.
La estacionalidad afecta además a los servicios auxiliares: aunque en verano la isla incrementa la flota de taxis y licencias temporales para atender la demanda, fuera de temporada la oferta se contrae y la movilidad vuelve a ser un desafío para residentes y trabajadores. Una realidad cotidiana que, fuera de las postales veraniegas, define cómo se vive la isla cuando se apagan los focos.