"El placer de Trump radica en ver cómo los demás doblan la rodilla ante su voluntad": un experto jurista dicta sentencia sobre su obsesión por la dominación
Según el análisis del jurista, Trump rechaza la reciprocidad y toda relación que no sea jerárquica implica destronamiento.
Detrás de las decisiones de ¿todos?, ¿muchos?, políticos, no solo hay intereses electorales. Son seres humanos con sus filias, fobias y comportamiento psicológico. Los expertos en estas áreas, perfiladores profesionales, tienen un filón también en estas figuras públicas, "destapando" su verdadera personalidad. Si hay un mandatario que es una "mina" en este aspecto, es el presidente de EEUU, Donald Trump.
Pero más allá de lo psicológico está la visión política derivada de ello, como analiza el profesor de Derecho, Stephen Holmes, en el diario francés Le Monde.
Holmes, profesor de Derecho en la Universidad de Nueva York y miembro del Premio Berlín de la Academia Americana de Berlín, explica que durante años, buena parte de la derecha populista europea se imaginó caminando junto a Trump en una cruzada común contra el internacionalismo liberal. Nigel Farage, Jordan Bardella, Alice Weidel, Matteo Salvini, Robert Fico, Viktor Orbán o Mateusz Morawiecki creyeron ver en Washington a un aliado ideológico.
La amenaza de Trump sobre Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, ha destrozado esa fantasía.
La reacción europea fue de silencio o evasivas al principio, pero de mayor contundencia posteriormente. Solo fue una prueba más de que la primera potencia mundial no tiene aliados o enemigos, sino intereses. Bienvenidos a la geopolítica, a la real politik. Más aún con un verso suelto como Trump, que rechaza la reciprocidad. Para él, toda relación que no sea jerárquica implica destronamiento.
Sumisión, no cooperación
Para Holmes, varios líderes europeos cometieron el mismo error. Creyeron que Trump podía ser apaciguado mediante concesiones y cooperación. Confundieron al interlocutor. Trump no busca cooperación voluntaria; exige sumisión. De ahí que las lecturas triunfalistas sobre una supuesta "rebelión" europea en el Foro Económico Mundial de Davos sean otra ilusión.
El llamado "acuerdo conceptual" sobre Groenlandia no fue una retirada, sino una "maniobra diseñada para sembrar confusión". Trump siguió reclamando "derecho, título y propiedad", y logró algo sustancial: que líderes europeos aceptaran la soberanía estadounidense de facto sobre el área donde se asienta una base militar de EEUU. Eso, en su lógica, ya es una victoria, señala el profesor.
La dominación como fin
Según el análisis del jurista, el rasgo central de Trump no es el pragmatismo, sino la coerción como culminación emocional. Forzar la aquiescencia no es un medio para alcanzar un objetivo; es el objetivo. Su placer reside en ver a otros doblarse. Por eso el apaciguamiento fracasa: ofrecerle concesiones le priva de la satisfacción que persigue.
Trump podría haber intentado una absorción gradual de Groenlandia, financiando intermediarios, explotando dependencias, fabricando consentimiento. No lo hizo. De hecho, cuando Dinamarca ofreció casi todo menos la soberanía, rechazó la oferta. La subyugación europea parecía importarle más que la isla.
La escena de humillación
Holmes considera el episodio de Davos como lo más ilustrativo. Tras reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Trump retiró amenazas arancelarias y habló vagamente de un "marco para un futuro acuerdo".
No fue una retirada. Consiguió el espectáculo: una Alianza desconcertada, cámaras encendidas y el secretario general de la OTAN rindiéndole pleitesía. El resultado es el que persigue: centralidad, sumisión y humillación pública. Fanfarrear y cambiar de posición mientras todos orbitan a su alrededor no es debilidad; es método, como relata Holmes.