El pueblo donde 21 jubilados comparten cañas y 123 millones de euros: "En casa quemo billetes de 500 euros para calentarme"
Un pueblo con varios multimillonarios de repente, pero misma vida: "Aquí no creo que nadie se compre un Porsche".
En Zingem, un pequeño municipio belga de Flandes Oriental, el ruido no lo hacen los coches de lujo ni los brindis con champán. Lo hacen las cucharillas contra las tazas y las bromas en la barra. Allí, 21 amigos habituales de bar han ganado 123 millones de euros en el Euromillones. Más de 5,8 millones por cabeza. Y, aun así, la escena cotidiana apenas ha cambiado.
"¡Felicidades, eh!", le suelta una mujer al recién estrenado millonario a la salida del Café De Korenbloem, como publica el diario belga HLN recogiendo las declaraciones espontáneas en el reportaje. Él, sesentón, responde como cualquier otro día. Mismo jersey de lana, mismo anorak. Ni joyas ni aspavientos. Es uno de los 21 del Sportpaleis, el local contiguo donde el grupo selló el boleto ganador el viernes por la noche.
Mientras en Bruselas la Lotería Nacional corta el pastel en 21 porciones iguales, en Zingem la vida sigue. En la radio suena Celebration de Kool & The Gang. En la barra, un Rodenbach y alguna caña. El chiste del día corre solo: "Se rumorea que el Sportpaleis ahora se llama Lotto Arena".
Millonarios discretos, bromas de siempre
Hablar de dinero, aquí, se hace con ironía. "¿Cuánto dura una suma así?", pregunta alguien. Respuesta seca, entre risas: "No mucho. En casa quemo billetes de 500 euros para calentarme". Nadie se ofende. Quejarse por dinero perjudica la amistad.
La mayoría de los ganadores son jubilados. Gente de sesenta y setenta y tantos que ya había tenido una vida cómoda. Un vecino lo resume con sorna: "Aquí no creo que nadie se compre un Porsche". El intento de montar un grupo de WhatsApp naufragó rápido: la mitad no usa WhatsApp.
Zingem no cambia (y no quiere)
Un hombre de unos cuarenta celebra que su padre esté entre los premiados. Cuenta que el domingo anterior, en una recepción local, había siete millonarios entre el público. "Nos lo tomamos muy en serio", dice. "Pero Zingem no va a cambiar".
En la puerta, Marianne (63), llegada desde Gante hace trece años, lo pone en palabras: "A veces sigo pensando: '¡Guau, es muchísimo!'". Reconoce que nunca antes un grupo había ganado tanto con un reparto tan alto. No ha recibido peticiones de dinero. "Todo han sido mensajes positivos".
Marianne y su marido lo tienen claro: gestión prudente, cuidar de los hijos y no dejarse llevar. Ella, ya jubilada, dejará un trabajo flexible para dedicarse al voluntariado, un plan que tenía antes del premio: ayudar a niños enfermos o con cáncer.
El club de petanca y el café de siempre
De vuelta dentro, Marc (73), que no ganó, pero los conoce a casi todos, aplaude la suerte ajena: "Si quieres ganar, tienes que jugar. Yo nunca jugué". Está convencido de que todo seguirá igual.
En el club de petanca De Korenbloem, un barracón modesto con radiadores y bolas de hierro, el presidente Abel De Clercq (81) recibe con café. Bromean con que, si hubiera jugado, ya tendrían una nueva casa club. "Aún no podemos servir champán", ríe.
Como ves, la historia de Zingem no va de yates ni mansiones. Va de amistad, de rutinas y de una fortuna que no desordena el pueblo. Veintiún jubilados comparten algo más que millones: la decisión de no cambiar. Aquí, el mayor lujo sigue siendo el de siempre: sentarse juntos a tomar algo.