Fran, propietario de un bar de un pueblo de 493 habitantes de Granada: "Las expectativas se han multiplicado por quince"
“Hice una apuesta atrevida y me ha salido bien”, relata.
En un momento en el que muchos jóvenes miran a las grandes ciudades en busca de oportunidades, cada vez son más los que deciden emprender justo en dirección contraria: volver al origen y asentarse en pueblos donde parecía que ya todo estaba escrito. La hostelería rural vive un discreto renacer gracias a quienes apuestan por proyectos propios, productos de calidad y una nueva forma de dinamizar municipios pequeños que se resisten a perder pulso.
En ese mapa de valentía encaja la historia de Fran Ortega, un joven de 23 años que ha apostado por quedarse donde nació y darle la vuelta a un local que llevaba tiempo cerrado. El pasado mes de julio, abrió sus puertas el nuevo Café-Bar Azahar en Restábal, un pequeño pueblo del Valle de Lecrín con tan solo 493 habitantes. Desde entonces, el local se ha convertido en un punto de encuentro para vecinos, ciclistas y visitantes de la comarca.
El negocio ocupa un local histórico de la calle San José que hasta hace poco estaba traspasado. Fran y su mujer han modernizado la propuesta y apostado por un producto sencillo y fresco, con especial atención al pescado que traen de mayoristas. “Hice una apuesta atrevida y me ha salido bien. Las expectativas se han multiplicado por quince”, expresa el dueño muy contento en declaraciones recogidas por Ideal.
Un producto de calidad
Ahora, clientes fijos del pueblo y foráneos de municipios cercanos han convertido al local en una parada habitual. Las reseñas públicas coinciden en destacar el tapeo generoso y la calidad del producto, con especial mención al pescado fresco que Fran trae directamente de Mercagranada y trabaja casi a diario, convencido de que ofrecer materia prima cuidada y bien tratada no es un lujo reservado a la ciudad, sino una obligación también en un pueblo pequeño.
Eso sí, Fran relata también las dificultades que hay detrás de la idea: encontrar vivienda fue duro, ya que las casas en la zona suelen necesitar reformas y los precios del alquiler y compra son elevados, así como buena parte del relevo generacional se marcha por falta de oportunidades. Aun así, él prefirió convertir en oportunidad la ausencia de actividad y seguir en el pueblo. El bar, además, sirve de incentivo para otros pequeños negocios locales.
Un “día fuerte” de fin de semana puede llegar a rondar las cincuenta comidas, según cuenta el propietario. En la barra del Azahar se mezclan generaciones: vecinos que recuerdan la actividad agrícola del pasado, visitantes que llegan buscando senderos y mesas al sol, y la pequeña familia del hostelero, con el bebé de la casa como el cliente más joven del pueblo. Para Fran, quedarse no fue refugio sino una decisión propia basada en el deseo de ofrecer producto local, buen trato y un espacio donde la vida del pueblo vuelva a hablar.