Jaime Salvá, arquitecto, sobre la estación de Atocha: "Una suerte de linterna que desde fuera ayuda a 'leer' la estación"
Uno de los espacios ferroviarios más reconocibles a nivel mundial.

La estación de Atocha no solo es una de las grandes puertas de entrada a Madrid, sino uno de los espacios ferroviarios más reconocibles a nivel internacional. Su combinación de arquitectura histórica, ampliaciones contemporáneas y un inusual jardín tropical interior la ha convertido en un referente más allá de su función como infraestructura. No es casualidad que el diario británico The Telegraph la haya incluido recientemente entre las 20 estaciones más espectaculares del mundo, un reconocimiento que invita a mirarla con más atención.
Inaugurada en su gran versión histórica a finales del siglo XIX, la estación se consolidó como un nodo esencial del ferrocarril madrileño y ha ido transformándose con el tiempo hasta convertirse en el complejo que conocemos hoy. En la última gran intervención llevada a cabo entre 1984 y 1992, el premio Pritzker Rafael Moneo firmó la ampliación que reorganizó el conjunto para integrar la alta velocidad y redefinir los espacios interiores.
Esa intervención convirtió parte de los antiguos andenes en un singular vestíbulo con invernadero tropical: un jardín interior que aloja en torno a los 7.000 ejemplares y varias centenas de especies, y que funciona como pulmón y reclamo visual. “Es una pieza de respiro y orientación: un vacío vivo que organiza la experiencia”, explica el arquitecto Jaime Salvá, director de un estudio con base en Palma de Mallorca, en declaraciones a Arquitectura y Diseño.
Un ejemplo de “inteligencia urbana”
Para Salvá, Atocha interesa por su doble condición: “la gran nave histórica de hierro y vidrio (con una escala casi de catedral) y, al mismo tiempo, la forma en que las intervenciones contemporáneas han conseguido ordenar un entramado muy complejo sin que el usuario lo sienta como tal”. Una cualidad que, a su juicio, permite que la estación funcione de manera fluida, manteniendo una experiencia clara y legible para quien la recorre.
Un detalle exterior que, según Salvá, pasa a menudo desapercibido pero resulta decisivo es el volumen cilíndrico adosado a la fachada: “Una suerte de linterna que desde fuera ayuda a ‘leer’ la estación y a orientarse; y ya dentro mete luz y hace más amable una zona que, en muchas estaciones, sería simplemente un lugar de paso”. Para él, son esas decisiones sutiles y sin estridencias las que elevan la experiencia cotidiana del viajero.
Más allá de los recursos plásticos o botánicos, Salvá subraya la “inteligencia urbana” del proyecto de Moneo: no se trata de un objeto aislado, sino de una articulación de capas de movilidad, accesos y cambios de cota que buscan continuidad y legibilidad. Esa capacidad para integrar escala histórica y exigencias contemporáneas es, en su opinión, lo que permite a Atocha competir en memoria e identidad con las grandes estaciones del mundo.
En días de maleta y prisas, Atocha puede seguir siendo solo un lugar de paso para muchos. Pero la inclusión en la lista de The Telegraph y las lecturas que hacen arquitectos como Salvá sirven para recordar que, en muchas estaciones, la arquitectura actúa también como máquina de orientar, cobijar y alojar memoria colectiva. La próxima vez que entres en la nave, quizá merezca la pena levantar la vista y admirar la estructura, la transición de alturas y el jardín.
