Karla, profesora de Primaria, vive en Mallorca pero trabaja en Ibiza, gasta 600-700 al mes en aviones: "Si no fuera por la ayuda de la familia, no sería posible"
“Al final una se acostumbra a todo, pero esto te deja exhausta”, asegura.

Cada vez son más las personas que, empujadas por el encarecimiento de la vivienda y la falta de alternativas asequibles, se ven obligadas a separar su lugar de residencia del de trabajo. Una realidad cada vez más visible en sectores como el empleo público, donde la adjudicación de plazas y los precios del alquiler fuerzan a asumir largos desplazamientos diarios para poder mantener la estabilidad laboral y familiar.
Este es el caso de Karla Andrade, que tiene plaza como profesora de Primaria en el CEIP Cas Serres de Ibiza, pero mantiene su residencia en Palma de Mallorca. Desde que aprobó las oposiciones en 2023, su solución al doble problema de los precios de la vivienda y la adjudicación de destinos ha sido madrugar y tomar un avión cada jornada laboral: sale de casa antes del amanecer, llega a Eivissa por la mañana y coge un autobús hacía el colegio.
Al finalizar las clases, repite el mismo recorrido a la inversa para regresar a casa, culminando una jornada larga y cansada. "La verdad es que es una vida muy estresante y si hay algún imprevisto o la guardia se alarga, tengo que volver en el siguiente avión y termina el día y casi no he visto a mis hijos", comenta la docente a Diario de Ibiza, dejando entrever el alto coste personal que supone mantener este ritmo de vida.
La opción más asequible
Según Karla, el gasto en billetes de avión ronda los 600–700 euros al mes y, aunque pueda parecer mucho, realmente esta es la opción más viable. La decisión de no trasladarse responde a razones económicas y familiares: alquilar en Ibiza, donde los precios y la disponibilidad de vivienda digna son especialmente complicados y rondan los 1.200 euros, le supondría pagar cantidades que ella no puede asumir sin renunciar a su hogar en Mallorca.
La conciliación familiar se convierte así en uno de los mayores retos de esta situación, especialmente teniendo en cuenta que Karla es madre de dos niños pequeños y pasa gran parte del día fuera de casa. “Si no fuera por la ayuda de la familia, no sería posible”, reconoce, subrayando la importancia del apoyo del entorno para poder sostener una rutina tan exigente, marcada por la falta de tiempo y el desgaste emocional que implica vivir entre dos islas.
La conexión aérea entre Palma y Eivissa facilita ese trasvase diario, ya que se trata de una ruta corta y con numerosas frecuencias diarias, lo que hace viable, desde el punto de vista operativo y a veces económico, el viaje diario frente al coste de un alquiler en Ibiza. Además, Karla valora el respaldo del equipo directivo de su centro: “Cas Serres es una escuela genial y, a pesar del trajín, me entienden y hacen todo lo que pueden para ayudarme”.
Para docentes como Karla, la suma de mercado de la vivienda, criterios administrativos y obligaciones laborales dibuja una realidad que afecta tanto a la calidad de vida como a la estabilidad del profesorado. “Al final una se acostumbra a todo, pero esto te deja exhausta”, concluye ella, que seguirá alternando vuelos y aula mientras no cambien las condiciones que harían posible un traslado más sostenible.