Obligado a demoler su cabaña para vivir en una simple tienda de campaña a -30ºC: "Confío más en los coyotes que en la gente"
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Obligado a demoler su cabaña para vivir en una simple tienda de campaña a -30ºC: "Confío más en los coyotes que en la gente"

"Los dos últimos años han sido un infierno". "Intento tener un poco de dignidad, algo de orgullo y mantenerme a salvo. Eso es todo lo que intento: sobrevivir".

No hay nada peor que sufrir rigor invernal a bajo cero con una cabaña mal acondicionada. Buenon sí, acondicionarla y que te digan que no es válido.Getty Images/iStockphoto

Se llama Rob. Señala su pequeña casa de madera como si aún no asumiera lo que está a punto de perder. Está todavía en pie, escondida en una zona boscosa al sur de Guelph, en la provincia canadiense de Ontario. Dentro hay una cama, una estufa de leña con salida de humos y lo poco que conserva de una vida estable. 

Pero esa estructura, construida para sobrevivir al invierno, tiene los días contados. El ayuntamiento le ha ordenado demolerla. La alternativa oficial es tan simple como brutal: volver a una tienda de campaña en temperaturas que pueden caer hasta los -30 ºC.

"Los dos últimos años han sido un infierno", resume Rob ante las cámaras de CTV News. Tiene una lesión cerebral y problemas de salud mental. Perdió su vivienda, intentó refugiarse con familiares —no funcionó— y también pasó por el sistema de albergues. "Me falló", dice sin rodeos. Durante un tiempo durmió en portales y escaleras de edificios, de donde acabó siendo expulsado.

Una cabaña levantada por pura supervivencia

Cuando el frío empezó a apretar, una tienda de campaña ya no era suficiente. Fue entonces cuando su yerno, Jesse Damery, trabajador de la construcción, decidió actuar. Sabía que no era legal. 

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El terreno no es suyo, no hay permisos y el refugio se levantó en un parque público. Pero la pregunta, insiste, es otra: "¿Es correcto dejar a un hombre solo en pleno invierno, sin ayuda, sin recursos y sin opciones?".

La pequeña casa no es una fantasía "alternativa". Es funcional. Tiene estufa, ventilación, una cama y espacio para pertenencias básicas. Damery asegura que investigó todas las medidas de seguridad, tanto para Rob como para el entorno. Aun así, faltan cosas esenciales: no hay baño, ducha ni lavadora. Para eso, Rob camina hasta la casa de su yerno.

Pese a todo, se siente más seguro allí que en la calle o en un refugio. "Confío más en una manada de coyotes salvajes que en algunas personas", dice sin ironía.

La orden municipal y el choque con la realidad

La tranquilidad duró poco. Un agente de ordenanzas, un policía y un trabajador de salud mental visitaron el lugar. Le dijeron que la estructura debía desmontarse. La normativa municipal sobre el uso del espacio público en Guelph permite refugios temporales, pero prohíbe estructuras fijadas al suelo o consideradas permanentes.

Damery defiende que la cabaña es "semipermanente": está apoyada sobre bloques y puede trasladarse. La ciudad no lo ve así. En un comunicado remitido a CTV News, el Ayuntamiento de Guelph subraya que debe hacer cumplir sus ordenanzas, así como el Código de Incendios de Ontario y el Código de Construcción, "para apoyar la seguridad de la comunidad". No entra en detalles por motivos de confidencialidad.

La consecuencia práctica es demoledora: tras derribar la cabaña, Rob podrá volver a instalar una tienda de campaña en el mismo lugar. Legal. Pero a -30 ºC.

Un problema que va mucho más allá de un caso

Hasta el jueves por la tarde, la pequeña casa seguía en pie. Nadie sabe por cuánto tiempo. Damery insiste en que esto es solo una solución provisional dentro de un problema estructural. "Lo estamos viviendo día a día. Mañana puede aparecer otra opción… o no".

"Eso es todo lo que intento: sobrevivir"

Rob lo resume con una frase que pesa más que cualquier ordenanza: "Intento tener un poco de dignidad, algo de orgullo y mantenerme a salvo. Eso es todo lo que intento: sobrevivir".

Su historia no es excepcional en Canadá. El sinhogarismo en Ontario se ha agravado en los últimos años, con refugios saturados, falta de vivienda asequible y un sistema que, para muchos, llega tarde o no llega. "Cuando alguien se está ahogando, no hace falta lanzarle anclas", implora Rob.

La cabaña puede desaparecer. El frío no. Y la pregunta sigue sin respuesta: ¿qué pesa más, una ordenanza municipal o la vida de alguien que no tiene dónde ir?

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