Paco Valera, biólogo en Almería: "Las empresas ganan millones con los paneles solares y no dan 500 euros para cajas nido"
Las renovables, bajo lupa: el coste oculto de la transición verde.

En plena carrera por acelerar la transición energética, España se ha convertido en uno de los grandes laboratorios de las energías renovables en Europa. Especialmente en regiones como Andalucía, donde el sol y el viento ofrecen condiciones ideales, proliferan grandes proyectos.
Sin embargo, este despliegue masivo también está abriendo un debate cada vez más intenso sobre sus impactos reales: desde el uso del territorio hasta la conservación de la biodiversidad y el papel que juegan las comunidades locales en un modelo que, según algunos expertos, avanza más rápido de lo que la planificación ambiental puede soportar.
“¿Ganan millones y no tienen 500 euros para incubadoras? ¡Vamos!”. La frase del biólogo Paco Valera resume en una sola línea una de las críticas más incómodas al actual despliegue de energías renovables en España.
En el desierto de Tabernas, en Almería, donde este investigador lleva años trabajando, la transición ecológica no solo se mide en megavatios, sino también en biodiversidad perdida.
No es una renuncia a las renovables, es un replanteamiento
Valera denuncia que las grandes empresas energéticas están levantando macroparques solares con escasa atención a la fauna local. Y pone un ejemplo concreto: la negativa de algunas compañías a financiar cajas nido para aves en peligro de extinción, una medida básica y de bajo coste para mitigar el impacto ambiental.
Lejos de rechazar la energía limpia, el biólogo insiste en que el problema es el modelo. “Sí, necesitamos una transformación respetuosa con el clima. Pero tenemos que hacerlo bien”, advierte. En su experiencia, los proyectos llegan con estudios ambientales insuficientes o acelerados por la presión normativa europea.
En regiones como Filabres-Alhamilla, los campos solares y parques eólicos crecen a gran velocidad, impulsados en parte por los objetivos del Pacto Verde Europeo. El objetivo es ambicioso: que Andalucía alcance un 82% de generación eléctrica renovable en 2030. Pero, según Valera, esa prisa está pasando factura.
La biodiversidad apenas figura en los planes
El científico explica que muchos proyectos ignoran aspectos clave como la ubicación de especies protegidas. Él mismo ha tenido que elaborar informes para frenar o modificar instalaciones en zonas de cría de aves como la ganga o el cuervo.
Una de sus críticas más duras apunta a las llamadas “medidas compensatorias”, que las empresas proponen para justificar el impacto ambiental. Es decir, actuaciones simbólicas que, en la práctica, no compensan el daño causado.
El ejemplo de las cajas nido ilustra esa desconexión. Mientras Valera recorre la zona instalándolas manualmente para salvar a especies en peligro (apenas quedan unas 60 parejas de ganga en la región), las empresas se resisten a asumir ese coste mínimo.
Para el biólogo, esto refleja un problema estructural: la falta de implicación real en la conservación. “Primero hay que evitar el daño. Solo como último recurso se compensa”, recuerda, señalando que el modelo actual invierte ese orden.
No todo vale en nombre de lo verde
El malestar no es solo ecológico. Valera advierte de un creciente rechazo social hacia estos proyectos, especialmente cuando se perciben como impuestos desde fuera. “La gente está cada vez más enfadada con Alemania y con el Pacto Verde Europeo”, señala.
En parte, porque muchas de estas instalaciones están diseñadas para abastecer a otros países, mientras el impacto se queda en el territorio. A esto se suma la sensación de que empresas internacionales operan con estándares más laxos que en sus países de origen.
El biólogo también cuestiona otras prácticas, como la sustitución de ecosistemas naturales por cultivos intensivos o instalaciones energéticas. En una región donde el agua escasea, tanto los olivos como los paneles solares requieren recursos que tensionan aún más el entorno.
Estamos a tiempo de hacerlo mejor
Frente a esta situación, el experto propone alternativas más sensatas: ubicar nuevas instalaciones en terrenos ya degradados y, sobre todo, planificar con rigor. Porque, como advierte, el riesgo no es solo ambiental, sino también económico y social.
A pesar de su tono crítico, Valera no pierde del todo el optimismo. Cree que aún es posible compatibilizar la transición energética con la conservación de la biodiversidad. Pero para ello hace falta cambiar prioridades.
“Tenemos que permitir que la naturaleza se regenere”, insiste. Y, sobre todo, asumir que no todo puede sacrificarse en nombre de la energía verde. Porque si algo deja claro su denuncia es que la sostenibilidad no se mide solo en emisiones, sino también en lo que se pierde por el camino.
