Simone, residente en Islandia desde hace 13 años: "He estado sola mucho tiempo pero nunca me he sentido sola"
Dejó el marketing, se formó como fotógrafa y acabó haciendo de la isla su hogar, atraída por la naturaleza, una vida intensa y un país donde la soledad funciona de otra manera.
La holandesa Simone de Greef no se marchó de los Países Bajos siguiendo un plan milimetrado. Se fue cuando su vida empezó a resultarle vacía. Trabajaba en marketing y viajaba con frecuencia, pero aquella rutina nómada le dejó una sensación persistente de desgaste. “Trabajaba en marketing y viajaba mucho, pero se sentía vacío porque solo veía hoteles, clientes y aeropuertos”, explica en una entrevista publicada en De Telegraaf.
Ese hastío fue el detonante del cambio. Dejó su carrera en el mundo del marketing, se formó como fotógrafa y empezó a organizar viajes guiados a lugares donde podía poner en práctica esa nueva pasión, entre ellos Islandia. Lo que en un primer momento era solo un proyecto profesional acabó convirtiéndose, con el tiempo, en una mudanza definitiva.
La imponente naturaleza islandesa tuvo bastante que ver con la decisión de Greef. “Me ha retenido aquí. Miro por la ventana y veo una montaña, un volcán... Es increíblemente bonito”, resume.
Desde hace trece años, Simone vive en Islandia y ha hecho de ese entorno extremo su modo de vida. Su día a día consiste en recorrer el país guiando viajes, contando historias, organizando rutas y durmiendo casi siempre en hoteles distintos. “Mi vida diaria consiste en acompañar viajes por Islandia. Cuento historias, lo organizo todo y normalmente duermo en hoteles”. Ella misma define ese trabajo con una expresión que le quita solemnidad: “A menudo lo llamo ‘jugar al aire libre’, porque cada aventura es diferente: el tiempo, los lugares y las personas generan siempre una nueva sensación de asombro”.
Aunque pasa buena parte del tiempo en ruta, mantiene una base estable. Tiene un apartamento en Reikiavik, está inmersa en la reforma de una casa y cuenta además con una vivienda de verano situada a unas dos horas de la capital. Durante mucho tiempo vivió sola, pero sin asociar esa etapa a la soledad. “He estado sola mucho tiempo, pero nunca me he sentido sola. Islandia es pequeña; todo el mundo se conoce y los amigos en común nunca están lejos”.
Con el tiempo, su vida personal también se ha ido asentando allí. Está casada con un islandés al que conoció en un festival de música. Él construye guitarras eléctricas. Juntos pasan largas temporadas en su casa de verano, en un fiordo aislado, o recorren zonas cada vez más remotas del país. “Con los años eso se vuelve más difícil y, sobre todo, cada vez más apartado”, admite.
No todo resulta idílico. Simone reconoce que hay aspectos de los Países Bajos que echa de menos, sobre todo en lo cotidiano. “La comida en Islandia es bastante diferente. Es cara y hay menos variedad, especialmente pescado y cordero”. Por eso viaja al menos dos veces al año a su país de origen y disfruta entonces de la diversidad de tiendas, restaurantes y de la vida en la calle.
Vivir en Islandia implica también convivir con la actividad volcánica. Simone lo asume sin dramatismos. “No puedes vivir en Islandia si te preocupa que vaya a entrar en erupción un volcán”. El país cuenta con alrededor de treinta volcanes activos y se sitúa entre las zonas más activas del mundo, aunque no estén en erupción constante.
Algunas experiencias, de hecho, rozan lo insólito. “Una de las más especiales fue celebrar mi 49 cumpleaños junto a un volcán, con champán, salchichas y nubes de azúcar”. Estaban tan cerca que el calor le chamuscó las cejas. En Islandia, incluso eso forma parte del paisaje.