Tiene 83 años y duerme en el jardín bajo la nieve: "Si estoy dentro de casa, me siento encerrada; fuera me siento libre"
"Duermo muy bien. No sé cuándo fue la última vez que me resfrié".

Anschen Berggren tiene 83 años, vive en Råå, al sur de Suecia, y si lees que desde hace más de cuatro décadas duerme fuera de casa, pensarás, por un lado, que es vagabunda, y por otro, que cómo es posible que cualquiera, pero menos de su edad, duerma en la calle, y menos aún con frío. Pero es algo voluntario.
Duerme fuera incluso cuando el jardín está cubierto de nieve. Su dormitorio no está en las acogedoras habitaciones del piso superior, sino en una pérgola abierta por los lados. "Si estoy dentro de casa, me siento encerrada; fuera me siento libre", explica al diaro Dagens Nyheter.
En su pequeña vivienda de ladrillo no falta nada: calefacción, plantas grandes que llenan de verde el salón y camas confortables arriba para invitados y familia. Pero ella prefiere otra cosa. Cada mañana, cuando nieva, barre la cama y el suelo antes de volver a tumbarse. "Hay techo, pero está abierto por los lados", dice con naturalidad.
Una promesa que dura más de 40 años
Todo empezó una noche de verano en el archipiélago de Gotemburgo. Anschen visitaba a su hermana. El clima era suave, el mar estaba en calma y decidieron dormir sobre las rocas, en una grieta cubierta de musgo, dentro de sus sacos de dormir. Se quedaron charlando hasta que el sonido de las olas las venció.
"Cuando me desperté por la mañana, había dormido tan bien que dije: 'Nunca volveré a dormir dentro de casa'". Lo que parecía una frase lanzada al aire se convirtió en una norma de vida. Al volver a su hogar, mantuvo la promesa. Primero en verano, luego en otoño, después en invierno. Más ropa, más mantas. Y así, año tras año.
Tormentas, truenos y nieve… pero nunca dentro
Dormir al aire libre en Suecia implica enfrentarse a inviernos duros. Anschen ha pasado noches de tormenta en las que la estructura crujía hasta hacerle pensar que la pérgola saldría volando. Se ha despertado cubierta de nieve. Ha saltado de la cama con los truenos retumbando sobre Råå.
Pero nunca ha entrado en casa por miedo. "No me he sentido insegura", asegura. Al contrario. Relata encuentros con reyezuelos que revolotean a su alrededor, ardillas curiosas, erizos y hasta mofetas que comen de su mano. Para ella, dormir fuera no es una excentricidad, sino una forma de estar conectada con lo que ocurre alrededor.
Cuando sus nietos eran pequeños, extendían colchones en el jardín y dormían también bajo el cielo. Incluso traían amigos. "Les parecía emocionante", recuerda.
¿Tiene beneficios dormir al aire libre?
Anschen no lo plantea en términos médicos, pero sí nota efectos. "Duermo muy bien. No sé cuándo fue la última vez que me resfrié", afirma. A sus 83 años no toma medicación diaria, ni para la tensión ni para otras patologías habituales a su edad.
No atribuye todo a dormir al raso. Su madre vivió hasta los 103 años. "Seguro que también son los genes", concede. Pero insiste en que el contacto constante con las estaciones le ha dado calidad de vida.
Cada época tiene su ritual. En verano, se duerme con el canto de los pájaros y se despierta entre flores. En la pérgola crecen uvas que cuelgan en grandes racimos. "Puedo tumbarme en la cama y comer directamente de la vid", cuenta.
En otoño, el encanto se mezcla con trabajo extra: hojas que caen sin parar y que debe barrer a diario. "Recojo un saco entero y al día siguiente tengo que volver a empezar", dice sonriendo.
"No quiero perderme nada"
Para Anschen, la clave no es la resistencia física, sino la sensación de libertad. Dormir bajo el cielo le permite notar los cambios del año, la luz que varía, los sonidos del viento o la llegada de las primeras heladas. "Hace que nada pase desapercibido".
Solo duerme dentro cuando está en un hotel o visita a familiares. Y aun así, reconoce que siempre echa de menos su cama exterior.
No sabe cuándo dejará de hacerlo, pero "habrá un día que tenga que hacerlo", admite. Hasta entonces, la pérgola seguirá siendo su habitación, incluso cuando la nieve cubra el jardín.
